¿y si mi destino es una película?

PROLOGO

En el mundo hay niños probetas, niños de cristal, niños de penalti y niños Nobel, si niños habéis escuchado bien niños Nobel, esa soy yo Laura Smith de la Serna, conocida como Baby.

¿Por qué soy una niña Nobel? Muy sencillo, cuando el ganador del premio Nobel de medicina y la ganadora del galardón en Química deciden celebrar sus premios entre las cortinas del Salón Azul de Estocolmo, no es un error de cálculo, ni un fallo de probeta, es simplemente que de esos polvos estos lodos, es decir yo.

Mi infancia fue, no sé cómo denominarla, la típica niña a la que se olvidaban de recoger de un cumpleaños porque había una convención de farmacéuticos o que en lugar de ponerle una película Disney pasaba horas viendo la grabación de un trasplante de corazón, o como no, su preferida el trasplante completo de un brazo, ganadora del premio Nobel, que se le va a hacer unas películas reciben Oscar otras premios nobeles.

Pasé mi infancia entre la jet set de los Ángeles y probetas y ensayos en Madrid, hasta que mis padres decidieron que lo mejor era llevarme a un internado, pero no cualquiera, el internado más exclusivo de Estados Unidos, lo suficiente lejos de ambos progenitores para que no les sucumbieran las ganas de ir a visitarme.

Cuando no estaba en el internado era la acompañante de mi maleta, pasaba las temporadas vacacionales en la mansión de mis abuelos paternos, celebrando fiestas, barbacoas, galas de caridad y demás eventos sociales y las vacaciones estivales en casa de mi abuela María, una gallega que se dedicaba a vender plantas medicinales y otros remedios naturales en una aldea de Galicia.

En esa aldea de Galicia era realmente feliz, podía correr, podía tener mascotas, podía nadar en la poza del pueblo y podía tener amigos. Allí comí las mejores galletas de chocolate y los mejores tazones de leche con miel, sin mirar las calorías ni los hidratos. Mi primer beso fue en la poza con Miguel, el hijo del panadero y mi primera vez fue con Ángel un chico que había ido de vacaciones a la casa rural de la aldea. Pobre Ángel, todavía recuerdo el ojo morado que le puso Miguel.

Como era de esperar con tales padres, la niña tenía que salir lista. Sí, soy superdotada y tengo memoria fotográfica, dos cualidades que me sirvieron para ingresar en la Facultad de Medicina de Harvard dos años antes que el resto de mis compañeros.

Cuando terminé la carrera a los veintiún años por fin pude liberarme del yugo de mis padres, sí, soy Americana y la mayoría de edad está ahí. Se suponía que debía hacer el MIR, entrar en un buen hospital y convertirme en la mejor en algo, el problema es que yo no quería ese algo.

¿Qué es lo que quería? Ni idea, sólo sabía que estar lejos de la Ciencia, por eso movida por un impulso decidí viajar a Florencia.

Allí conocí a un hombre espectacular, con una inteligencia deslumbrante y un ser que si creyera en eso, que había viajado al pasado para mostrar sus inventos. Leonardo DaVinci, el mayor genio de toda la historia. Tal fue mi enamoramiento por él que decidí quedarme un año en Florencia.

Creo que mis padres ni siquiera se enteraron que pasé un año en Italia, daba lo mismo, el caso es que cuando volviese entrara en uno de los mejores hospitales el May Clinic, ya mi padre se había encargado de ello y dejara bien alto el legado familiar, una pena porque decidí marcharme a España, más concretamente a Galicia y especializarme en Medicina Natural. Estudiaba en Santiago de Compostela y vivía con mi abuela en la pequeña aldea a veinte kilómetros de la capital.

Era feliz, sí, no sabía si ese era mi destino pero de momento me gustaba y lo más importante, lo había elegido yo. Pero como todo no dura eternamente esa felicidad duró poco. Con veinticuatro años me encuentro cumpliendo la última voluntad de la abuela María.

Sí, la abuela ha fallecido y ha dejado un último deseo que por supuesto me he prometido cumplir aunque todavía no sé porque razón esa mujer decidió que una vez muerta quería hacer el Camino de Santiago y que sus cenizas fueran esparcidas en el Cementerio de los Ingleses en la Costa DaMorte. Ella ni era católica ni conocía ese lugar.

Una de mis últimas conversaciones con ella fue esa precisamente, porqué ese deseo y su contestación me dejó con más dudas todavía “hija siento que debo acabar en el lugar donde tú tienes que empezar” Vaya, muy superdotada pero no entendí una mierda.

Bien después de recoger las cenizas de la abuela María, viajar en autobús hasta Roncesvalles, recorrer 740 kilómetros, ser rociada por el botafumeiro y seguir camino, aquí estoy viendo miles de montículos de piedra en conmemoración a unos ingleses que fallecieron en un naufragio.

En todo mi recorrido hasta llegar aquí no he sentido nada especial hasta este momento, algo me impulsa a dejar aquí las cenizas de la abuela, tenía razón este lugar es especial aunque no tengo ni idea de porqué. A ver soy una niña Nobel, lo mío es ciencia, todo tiene que demostrarse con pruebas y ensayos. Lo espiritual y lo esotérico no entra en mi esquema cerebral.

Así que sin más abro la urna que llevo cargando a la espalda desde hace más de ochocientos kilómetros y las lanzo al aire. Nunca hagáis eso si no queréis tragaros a la abuela María.

Cuando consigo que algo que tenía que ser ceremonial se convierta en ridículo con mi pelo lleno de cenizas, escupiendo en las piedras para no tragarme a la abuela y viendo una enorme nube de ceniza volando por el cielo, un sentimiento de pena se instala en mi cuerpo. Me acabo de quedar sola, la única persona con la que realmente me sentía yo se acaba de marchar para siempre.




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