De cien maneras te entregué mi afecto,
tú solo mirabas mis defectos.
Busqué siempre tu aprobación,
perdí así mi valor y pasión.
Tu aprobación nunca tocó mi puerta;
por dos años la mantuve abierta,
esperando un gesto sincero,
solo recibí un golpe certero.
Cautiva de mis propios ideales,
que en silencio se tornaron letales,
tan filosos como cristales,
rompiendo mis fuerzas emocionales.
Ya no sostengo estos rituales
ni justifico tus gestos triviales.
Dejé de esperar tu aprobación
y partí en busca de mi valor.