El Eco de una Promesa Rota
El último acorde del concierto VIP de los Jonas Brothers aún vibraba en el aire, pero la euforia poco a poco se iba apagando bajo el cielo nocturno de Seúl.
-Creí que realmente podíamos descansar -murmuró Ha-Eun, ajustándose el elegante traje sastre beige, mientras observaba cómo las luces de la ciudad parpadeaban a lo lejos. Su voz sonaba firme, pero la tensión en sus hombros delataba el peso de lo que habían vivido.
A su lado, Min-Ho asintió lentamente, con la mirada fija en las sombras que proyectaban los cerezos en la acera mojada.
-La calma nunca dura lo suficiente, Ha-Eun. Lo sabes -respondió con esa seriedad que lo caracterizaba, cruzándose de brazos.
Unos pasos más atrás, Si-Woo giraba distraídamente entre sus dedos las baquetas de batería, como si intentara aferrarse a la única certeza que le quedaba, mientras intercambiaba una mirada cómplice y preocupada con So-Mang.
Ella, acomodándose las gafas con los dedos ligeramente temblorosos, ajustó su abrigo.
Ella lo sentía en el aire: la aparente paz que los había arropado tras la tormenta anterior solo era una tregua temporal.
El eco de sus propias promesas aún resonaba, exigiendo un tributo que no estaban preparados para pagar.
Bajo la superficie de la rutina universitaria en Yonsei, las piezas de un tablero invisible ya habían comenzado a moverse.
El aire frío de la noche de Seúl se tornó pesado, cargado de una advertencia silenciosa.
Una sombra elegante, envuelta en un traje impecable con una corbata roja y una sonrisa calculadora que desafiaba toda lógica, se cruzó en su camino.
Los ojos bicolor de Damián brillaron en la penumbra con una burla helada.
-Vaya, vaya... ¿De verdad creyeron que se habían librado de mí? -susurró el abogado del infierno, haciendo que el corazón de todos diera un vuelco.

Frente a esa amenaza inminente, un destello de luz inquebrantable cortó la oscuridad.
Desde lo alto, con la armadura dorada brillando y las imponentes alas desplegadas, la presencia de Miguel descendió sutilmente para trazar una línea que la oscuridad no podría cruzar fácilmente.
La música había terminado.
El juego mental, físico y espiritual apenas comenzaba.
Y en ese tablero de Seúl, cada paso tendría un precio.