(Canción ambiental / OST)
"Aunque la noche intente intimidar,
tu mano firme me vuelve a levantar.
En cada paso, bajo este cielo gris,
sabemos bien que el amor es nuestro as."
El Refugio en el Taller de Tae-Sung (Y un Desastre Creativo)
La ventana rota del estudio había dejado claro que quedarse allí ya no era una opción segura, al menos no hasta que decidieran cambiar los cristales. Por votación unánime del grupo -y con la ligera objeción de Min-Ho, quien temía por la integridad de su preciado portátil-, el refugio temporal se trasladó al amplio taller tradicional de arte y diseño de la familia de Tae-Sung Kim.
El lugar era un santuario de aromas a madera de pino, rollos de papel de arroz, pinceles finos y tinta fresca, bañado por una luz suave que entraba a través de celosías de madera. Sin embargo, la paz del lugar duró exactamente lo que tardó Si-Woo en intentar acercarse a una mesa de trabajo.
-Si-Woo, juro que si vuelves a derramar una sola gota de café sobre mis blocs de caligrafía ancestral, te desterraré al pasillo con Damián -advirtió Tae-Sung con los ojos entrecerrados, cruzándose de brazos y sosteniendo un pincel como si fuera una espada mortal.
-¡Fue un accidente, prima! La física de este vaso está en mi contra -se defendió Si-Woo con una sonrisa de niño inocente, mientras intentaba rescatar con una servilleta un charco marrón que amenazaba con arruinar una obra maestra de arte tradicional.
Las risas de Ji-Woo y Ha-Eun resonaron por todo el estudio, aliviando la tensión que aún flotaba en el ambiente tras la visita del abogado del infierno. Min-Ho, por su parte, suspiró profundamente, ajustándose las gafas mientras tecleaba a velocidad furiosa en su ordenador.

-Dejen el drama artístico por un segundo -interrumpió Min-Ho, levantando la vista con una expresión seria-. Lo que pasó hoy con Damián no fue solo una aparición para asustarnos. Estuve cruzando los datos de los correos que recibí de la corporación de los Park y las fechas de los contratos universitarios. Hay un patrón.
Tae-Sung dejó el pincel a un lado, acercándose con paso firme mientras recuperaba la compostura.
-¿Qué clase de patrón, Min-Ho? Sabíamos que los Park nos querían fuera de la Universidad Yonsei, pero esto ya raya en lo absurdo.
-No es solo presión corporativa -explicó Choi Ji-Woo, acercándose con elegancia y acomodándose las gafas con un movimiento analítico mientras examinaba unos documentos impresos-. Yo misma revisé los anexos legales de la beca de So-Mang. Alguien modificó las cláusulas de exclusividad espiritual y patrimonial hace exactamente seis meses. Es un contrato leonino atado a un pacto de silencio. Si no cumplimos con los requisitos académicos y de conducta que ellos dicten antes de que termine el semestre, So-Mang pierde todo... y el terreno familiar pasa a manos de testaferros ligados a Damián.
So-Mang, que había permanecido en silencio junto a la ventana observando las calles de Seúl, sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
-¿Un pacto de silencio...? O sea que todo este tiempo hemos estado jugando en un tablero donde las reglas ya estaban amañadas desde el principio -murmuró So-Mang, con los ojos fijos en el horizonte iluminado de la ciudad.
El Consejo de Guerra en el Café y la Sombra Legal
Para despejar la mente y procesar la avalancha de información legal que Min-Ho y Ji-Woo acababan de soltar, el grupo decidió hacer válida la famosa reserva VIP del café de la esquina que Si-Woo había conseguido con tanto orgullo horas antes.
El establecimiento era un rincón acogedor de estilo industrial y rústico, impregnado con el aroma reconfortante de granos de café tostado y pan recién horneado. Las luces cálidas en forma de bombillas colgantes creaban una atmósfera íntima, perfecta para un "consejo de guerra" clandestino de jóvenes creyentes en apuros.
-Muy bien, recapitulemos -dijo Ha-Eun mientras acomodaba varias tazas humeantes de té verde y café con leche sobre la mesa de madera-. Tenemos seis meses exactos, un demonio con debilidad por los trajes caros vigilándonos, una corporación intentando robarnos el patrimonio familiar, y exámenes parciales la próxima semana. ¿Quién da más?
-Yo puedo ofrecer un solo de batería que asuste a los cobradores de impuestos y a los espíritus chocaceros -bromeó Si-Woo con una sonrisa torcida, intentando aligerar el peso de la conversación mientras se sentaba justo al lado de So-Mang en el cómodo sofá esquinero.
Las chicas soltaron una carcajada unánime. Min-Ho negó con la cabeza, aunque una ligera sonrisa se dibujó en sus labios.
-Hablando en serio -retomó Min-Ho, volviendo a abrir su portátil sobre la mesa del café-, la única forma de contraatacar legalmente es encontrar el documento original que firmaron nuestros abuelos antes de que fuera alterado. Y para eso, necesitamos entrar al archivo central de la universidad este viernes por la noche.
-¿Entrar a los archivos centrales? Eso suena a misión imposible de película de acción coreana -opinó Ji-Woo, arqueando una ceja con escepticismo, aunque con una chispa de emoción en la mirada.
-Una misión donde la fe y la astucia van de la mano -añadió Tae-Sung con firmeza, bebiendo un sorbo de su té-. Si Dios nos ha traído hasta aquí, no es para dejarnos encerrados por un grupo de burócratas corruptos y un demonio presuntuoso.
En medio del debate sobre los pros y los contras de colarse en el archivo universitario, el bullicio del café pareció desvanecerse para So-Mang.
Sentía el peso de las miradas de todos, la responsabilidad sobre sus hombros y el miedo latente de fallarle a los suyos.
Al notar su silencio, Si-Woo se inclinó ligeramente hacia ella. Con una delicadeza que contrastaba con su habitual energía desbordante, extendió la mano y apartó con suavidad un mechón de cabello oscuro que caía sobre la mejilla de So-Mang, acomodándolo detrás de su oreja.