Yaksok: Promesas de Neón

Capítulo 1: El aroma de las respuestas

​El sonido de la campana de bronce sobre la puerta de la cafetería Falling Petals se había convertido en el nuevo metrónomo de nuestras vidas.

​Hacía apenas tres semanas que So-Mang Kim y yo, Ha-Eun Lee, habíamos aterrizado en Incheon con más maletas cargadas de fe que de ropa.

Y ahora, aquí estábamos: vistiendo delantales beige, acomodándonos a una rutina acelerada y tratando de descifrar pedidos de café en un coreano que todavía tropezaba con cierta torpeza en nuestras lenguas.

​-Ha-Eun, concéntrate -susurró So-Mang mientras limpiaba la barra con una prisa que rozaba el nerviosismo-. Mi radar me dice que están a dos minutos de cruzar esa puerta. La clase de Economía Internacional en Yonsei terminó hace exactamente quince minutos.

​Ajusté el nudo de mi delantal y miré el reloj de pared. Sentía el corazón golpeando con fuerza contra mis costillas.

​No solo habíamos logrado instalarnos en Seúl, sino que también habíamos conseguido entrar a la misma universidad que ellos. Y por lo que parecía un "capricho" del destino -o más bien, una respuesta increíblemente específica a nuestras oraciones-, logramos conseguir empleo de medio tiempo en la cafetería donde Min-Ho Park y Si-Woo Kang solían sentarse a estudiar.

​-¿Revisaste el plan? -pregunté, fingiendo acomodar las servilletas de papel.

​-La «Operación Romeo y Julieta» está en marcha -respondió ella con esa chispa característicamente audaz en la mirada-. Paso uno: ser las baristas más eficientes y amables de todo Seúl. Paso dos: dejar que Dios haga el resto porque, sinceramente, si Si-Woo me pide algo más complejo que un café americano, voy a entrar en cortocircuito.

​En ese preciso instante, la campana volvió a sonar.

​El aire frío de la tarde se coló en el local, trayendo consigo el murmullo de Gangnam y unas risas que habríamos reconocido en cualquier parte.

​Entraron ellos.

​Min-Ho caminaba al frente, con esa elegancia natural que hacía que el entorno pareciera moverse más lento a su alrededor. Detrás, Si-Woo venía escuchando música con sus audífonos puestos, riendo por un comentario que le acababa de hacer su amigo.

​-Ahí vienen los «idóneos» -murmuró So-Mang, enderezando la espalda de inmediato-. Que Dios nos ayude, porque hoy empieza oficialmente el capítulo más dedicado de nuestras vidas.
​Min-Ho fue el primero en acercarse a la caja. Y entonces, sus ojos oscuros se encontraron directamente con los míos.

​-Annyeonghaseyo... -saludó con una voz pausada y profunda que por un segundo me hizo dudar de cómo se decía «leche» en coreano-. ¿Eres nueva aquí?
​Miré a So-Mang de reojo. La aventura acababa de dar su primer paso real.

​De cerca, Min-Ho imponía aún más que en las fotografías que habíamos analizado en la habitación. Tenía un porte impecable y un suave aroma a sándalo que destacaba incluso sobre el grano recién molido.

​-No te había visto antes -continuó con amabilidad.

​Mis dedos se aferraron con firmeza al borde del mostrador. Podía sentir la mirada fija de So-Mang desde la máquina de espresso, debatiéndose entre darme ánimos o disfrutar en silencio de mi pánico.

​-Ne... sí. Soy Ha-Eun -respondí, haciendo un esfuerzo por sonar serena-. Empecé esta semana. Soy estudiante de intercambio aquí en Seúl.

​Min-Ho inclinó ligeramente la cabeza, curioso.

​-Tu coreano es bastante fluido, aunque tienes un acento interesante. ¿De dónde vienes?

​-De muy lejos -intervino So-Mang, acercándose con dos vasos vacíos y una sonrisa impecable-. Venimos de un lugar donde los sueños son grandes y el café se toma bien fuerte.

​Min-Ho dejó escapar una breve sonrisa.

​-Soy So-Mang Kim, por cierto -añadió ella sin perder el impulso.

​Si-Woo, que se había mantenido a un lado ajustando el cable de sus audífonos, levantó la vista al escuchar el nombre.

​-¿Kim? -preguntó en un español pausado, aunque sorprendentemente claro-. ¿Tu apellido es... Kim?

​So-Mang se quedó rígida por un instante. Ver a su crush intentando comunicarse en su idioma fue un golpe directo a su compostura.

​-¡Sí! Kim -respondió demasiado rápido, olvidando por completo la actitud reservada que habíamos planeado.

​-Geurae... ya veo -asintió él con una media sonrisa antes de volver al coreano-. Dugae americano, juseyo. Dos americanos, por favor.

​Mientras marcaba el pedido en la pantalla táctil, noté que Min-Ho seguía observando el pequeño gafete de madera prendido a mi delantal.

​-Ha-Eun Lee... -pronunció en voz baja, como si estuviera midiendo el sonido de mi nombre-. Bueno, Ha-Eun... bienvenida a Seúl. Espero que el café no sea lo único que termine gustándote de esta ciudad.

​Me entregó la tarjeta de crédito para procesar el pago y, al hacerlo, nuestros dedos se rozaron apenas durante un segundo. Fue un contacto breve, pero suficiente para devolverme la certeza de por qué habíamos tomado aquel avión.

​Esto no era solo un empleo para sostener el alquiler de nuestro diminuto apartamento; era el escenario donde Dios comenzaba a cruzar las líneas de nuestras vidas.

​Ellos caminaron hacia su mesa habitual: el sofá de terciopelo verde ubicado junto a la librería del fondo.

​So-Mang se colocó de inmediato a mi lado, simulando concentrarse en vaporizar la leche.

​-¡Ha-Eun! -chilló en un susurro-. ¡Si-Woo me habló en español! Fueron cuatro palabras, ¡pero cuentan! ¿Viste la manera en que nos saludaron? Realmente esto no puede ser casualidad.

​-Es solo el primer día, So-Mang -le recordé en voz baja, tratando de recobrar el ritmo mientras preparaba los dos cafés-. El plan sigue en pie: ser excelentes en el trabajo y construir una buena amistad.

​-Amén a eso -respondió mientras dibujaba con destreza un corazón en la espuma del café-. Aunque admite que ese roce de manos con Min-Ho tampoco estaba contemplado en tu perfil de «chica reservada».

​Eché un vistazo rápido hacia la mesa del fondo. Min-Ho había abierto un libro de apuntes, pero antes de concentrarse en la lectura, levantó la mirada y me dedicó un breve asentimiento de cortesía.



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En el texto hay: romance, cristiana, coreana

Editado: 22.08.2026

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