Yaksok: Promesas de Neón

Capítulo 2: Luz sobre el Campus

​Si el aroma de Falling Petals era nuestro refugio, los pasillos de la Universidad de Yonsei eran nuestro campo de batalla.

​Esa mañana despertamos en el nuevo departamento. Aunque las cajas de la mudanza con Tae-Sung Kim y Choi Ji-Woo aún estaban sin desempacar del todo en la sala, la sensación de espacio y hogar nos dio un impulso renovado.

​Caminar por el campus bajo el cielo gris de Seúl se sentía como vivir dentro de un K-drama, solo que con la presión real de no llegar tarde a nuestra primera clase de Relaciones Económicas Internacionales.

​—Ha-Eun, por favor dime que el viento no destruyó mi cabello —murmuró So-Mang mientras ajustaba su mochila al subir las escaleras de piedra del edificio antiguo.

​—Te ves perfecta. Pero recuerda: hoy no somos las baristas amables —le recordé mientras sostenía mi tableta con manos ligeramente temblorosas—. Hoy somos estudiantes de intercambio brillantes que, casualmente, están en la misma facultad que ellos.

​Entramos al aula magna.

​El salón era inmenso, con gradas de madera que crujían bajo los pasos y un persistente aroma a café recién comprado y libros viejos. Nos sentamos en la parte media, intentando pasar desapercibidas.

​Pero nuestro plan de «perfil bajo» murió en el instante en que la puerta trasera se abrió.

​No era solo uno.

​Eran los dos.

​Min-Ho apareció primero, conversando tranquilamente con un profesor mientras llevaba aquel abrigo largo que lo hacía parecer el heredero de un imperio financiero.

​Y detrás de él venía Si-Woo, con sus audífonos puestos y expresión distraída... hasta que sus ojos se detuvieron en nosotras.

​—No puede ser... —susurró So-Mang hundiéndose un poco en su asiento—. Ha-Eun, dime que esto es una respuesta a nuestras oraciones y no una broma pesada del destino.

​—Annyeong... —la voz de Min-Ho nos arrancó del trance.

​Se había detenido justo frente a nuestra fila.

​—¿Las chicas de la cafetería? ¿También están en esta clase?

​Levanté la vista intentando reunir toda la calma que claramente no tenía.

​—Parece que Seúl es más pequeño de lo que imaginábamos —respondí con una sonrisa tímida—. Soy Ha-Eun Lee... aunque aquí solo intento sobrevivir a economía internacional.

​Min-Ho soltó una risa baja que, por un segundo, logró opacar el murmullo de los otros cien estudiantes.

​—Sobrevivir es más fácil cuando tienes aliados —dijo señalando los asientos vacíos junto a nosotras—. ¿Están ocupados?

​So-Mang negó tan rápido que casi se marea.

​Si-Woo se sentó a su lado sin decir mucho, aunque se quitó los audífonos. Y, honestamente, eso ya contaba como una victoria enorme para la «Operación Romeo y Julieta».

​—Clase difícil —comentó mirando el cuaderno de So-Mang—. Pero... yo puedo ayudar.

​So-Mang me lanzó una mirada de pánico emocional absoluto.

​Yo, en cambio, estaba demasiado distraída viendo a Min-Ho abrir su computadora portátil. En una esquina había un pequeño sticker negro con letras blancas:

​Faith over Fear.

​Mi corazón dio un vuelco.

​No era solo el chico de mis sueños.

​Compartíamos algo mucho más profundo.

​La «Operación» acababa de volverse peligrosamente real.

​El profesor Kim, cuya seriedad podía congelar el río Han incluso en agosto, lanzó una pregunta que silenció toda el aula.

​—¿Alguien puede darme una perspectiva que no esté en el libro?

​La discusión giraba alrededor de la ética en los mercados emergentes y cómo los valores personales podían chocar contra el capitalismo moderno.

​Sentí el codazo de So-Mang bajo la mesa.

​Ella sabía perfectamente que ese era mi tema.

​Tomé aire.

​Cerré los ojos apenas un segundo, pidiendo sabiduría en silencio, y levanté la mano.

​—Creo que el mercado no debería existir separado del alma humana —comencé, sintiendo varias miradas clavarse en mí—. Si quienes toman decisiones tienen principios... o una promesa interna, entonces la economía deja de ser solo números y se convierte en una herramienta de servicio. La fe no es enemiga del éxito; puede convertirse en su brújula.

​El profesor asintió lentamente, sorprendido.

​Pero lo que realmente detuvo mi respiración fue Min-Ho.

​No solo me escuchaba.

​Estaba escribiendo mis palabras en su libreta.

​—Interesante perspectiva, Lee Ha-Eun —concluyó el profesor.

​Al terminar la clase, Min-Ho cerró su laptop y se giró hacia mí.

​Sus ojos tenían una calidez distinta.

​—No mucha gente aquí habla de «brújulas éticas» en una facultad de economía —comentó—. Me dejaste pensando.

​Se acomodó el bolso sobre el hombro antes de continuar:

​—¿Tienen hambre? Hay un restaurante cerca del campus que sirve el mejor samgyeopsal de Seúl. Invito yo... como agradecimiento por salvarme de una clase aburrida.

​So-Mang ya se estaba poniendo la mochila antes de que terminara la frase.

​—¡Nos encanta la barbacoa coreana! —respondió emocionada.

​Si-Woo se levantó lentamente a su lado, todavía con el cable de los audífonos colgando del cuello.

​—Comida... sí. Pero no grites tanto —murmuró mirándola con total seriedad—. Corea tranquilo.

​So-Mang se puso roja inmediatamente.

​Yo tuve que contener la risa.

​Caminamos por Yonsei bajo los árboles de ginkgo mientras el viento frío movía las hojas doradas sobre el campus.

​El aire olía a tierra húmeda y a esa extraña libertad que solo existe cuando tienes veinte años y sientes que el mundo entero todavía puede cambiar.

​El restaurante era pequeño y acogedor, escondido entre callejones iluminados por letreros cálidos.

​Nos sentamos alrededor de una mesa baja de madera, dejando los zapatos a un lado. La cercanía entre todos era inevitable.

​—¿Y por qué Corea? —preguntó Min-Ho mientras servía la carne sobre la parrilla—. Pudieron ir a cualquier parte del mundo.

​Miré a So-Mang de reojo.



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En el texto hay: romance, cristiana, coreana

Editado: 22.08.2026

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