Yaksok: Promesas de Neón

Capítulo 5: Melodías en la Oscuridad

El sábado amaneció con una luz pálida filtrándose entre las cortinas del apartamento en Mapo-gu. Pero dentro, el ambiente era puro caos.

​So-Mang estaba en medio de la sala con los audífonos puestos a todo volumen, ignorando completamente que en menos de treinta minutos Min-Ho y Si-Woo pasarían por nosotras.

​—♪ I'm a sucker for you... ♪ —cantaba a gritos mientras hacía un solo de guitarra imaginario con una cuchara y terminaba su cereal.

​—¡So-Mang! ¡Bájale a los Jonas Brothers! —le grité intentando cerrarme una de las botas—. Si-Woo va a pensar que estamos locas si te escucha desde el pasillo.

​Ella se quitó un audífono lentamente, como si hubiera escuchado la mayor ofensa del siglo.

​—Ha-Eun, Nick Jonas es el estándar. Si Si-Woo quiere impresionarme, necesita saber contra quién compite. Es cuestión de principios.

​Solté una carcajada.

​—Definitivamente necesitas ayuda.

​—Y él necesita rizos —respondió señalando el aire con la cuchara—. Muchos más rizos.

​Justo en ese instante sonó el timbre.

So-Mang pegó un pequeño salto, guardó su viejo iPod —que seguía usando «por estética»— y se acomodó la chaqueta con un nerviosismo evidente.

​Al bajar, encontramos a Min-Ho apoyado contra un SUV negro impecable mientras Si-Woo revisaba algo en su teléfono. El aire fresco de la mañana olía a lluvia reciente.

​—Buenos días —saludó Min-Ho dedicándome una sonrisa tranquila que logró desordenarme el corazón—. ¿Listas?

​El trayecto hacia el orfanato, en las afueras de Incheon, comenzó en un silencio cómodo... hasta que Min-Ho conectó el Bluetooth del auto.

​—Pongan música. Lo que quieran —dijo mirando por el retrovisor—. Hoy ustedes mandan.

​Ese fue el peor «error» que pudo cometer. Antes de que pudiera detenerla, So-Mang ya había conectado su celular. Los primeros acordes de Burnin' Up explotaron en los parlantes del vehículo.

​Si-Woo levantó lentamente la vista hacia la pantalla.

​—¿Jonas... Brothers? —pronunció con evidente confusión—. ¿Esto es rock americano?

​—No. Esto es cultura —respondió So-Mang moviendo los hombros al ritmo de la canción—. Especialmente Nick Jonas. Él tiene la voz perfecta.

​Vi cómo Si-Woo fruncía el ceño casi de inmediato.

​—Mi cabello es mejor —murmuró acomodándose el flequillo con total seriedad—. Y la batería de esta canción es simple. Yo puedo tocar eso fácilmente.

​Min-Ho soltó una carcajada sincera.

​—Parece que Nick Jonas acaba de iniciar una guerra internacional.

​No pude evitar reírme también.

Mientras So-Mang y Si-Woo comenzaban una discusión absurda sobre pop americano y percusión coreana, Min-Ho aprovechó un semáforo en rojo para mirarme por el espejo.

​—¿Y tú, Ha-Eun? —preguntó suavemente—. ¿También tienes estándares imposibles o todavía tengo oportunidad?

​Mis mejillas ardieron al instante.

​—Yo prefiero las canciones con significado —respondí intentando sonar tranquila—. Pero admito que tienen una energía contagiosa.

​Min-Ho sonrió apenas. Y por alguna razón, ese gesto valió más que cualquier canción sonando en el auto.

​A medida que dejábamos atrás los edificios de Seúl, el paisaje comenzó a cambiar. Los rascacielos dieron paso a árboles altos, calles silenciosas y un cielo gris cubriendo el camino hacia Incheon.

​So-Mang seguía conversando con Si-Woo sobre música cuando Min-Ho bajó ligeramente el volumen.

​—Gracias por venir hoy —dijo en voz baja, solo para mí—. Este lugar es muy importante para nosotros... y los niños necesitan personas que les recuerden que todavía existe luz.

​Sus dedos rozaron apenas los míos sobre la consola central. Fue un contacto breve, pero suficiente para detenerme el corazón.

​Aprovechando el momento, cambié la lista de reproducción por un tema con letras sobre romper cadenas, encontrar paz y libertad. El ritmo era intenso, pero profundamente esperanzador. Incluso

Si-Woo guardó silencio para escuchar.

​—Esta canción... se siente distinta —comentó Min-Ho observando el camino—. Como si estuviera diciendo algo real.
​—Porque lo está diciendo —respondí mirando por la ventana—. No vinimos a Corea solo para estudiar.

​Min-Ho no respondió, pero pude sentir su mirada sobre mí durante varios segundos.

​Cuando finalmente llegamos al orfanato Esperanza de Sión, el ambiente cambió por completo. El edificio era sencillo, rodeado de árboles y bancas antiguas. Sin embargo, algo en el aire se sentía pesado. Demasiado pesado.

​Min-Ho bajó primero del auto y su expresión cambió apenas cruzamos la entrada.

​—Ji-Hoon está teniendo un mal día —explicó con preocupación—. A veces los recuerdos lo sobrepasan.

​Entramos lentamente. Desde el fondo del pasillo se escuchaban sollozos y gritos contenidos. Un niño pequeño estaba sentado en el suelo abrazando un juguete roto, respirando agitadamente mientras las cuidadoras intentaban calmarlo sin éxito.

​So-Mang dejó de bromear inmediatamente. Toda la energía divertida desapareció de su rostro.

​—Ha-Eun... —susurró—. Pon la canción otra vez.

​Obedecí sin dudarlo. La música comenzó a sonar suavemente desde mi teléfono. No era fuerte ni dramática; era simplemente... paz.

​So-Mang caminó despacio hacia Ji-Hoon y se arrodilló a cierta distancia, sin invadir su espacio.

​—Está bien —susurró con ternura en un coreano suave—. No tienes que tener miedo.

​Cerré los ojos unos segundos, orando en silencio. No fue una oración elaborada, sino un clamor honesto: «Señor... trae paz a este lugar».

​El niño seguía temblando, pero poco a poco su respiración comenzó a asentarse.

Las lágrimas dejaron de caer con tanta violencia. Min-Ho observaba inmóvil desde la puerta. Si-Woo también, como si estuvieran presenciando algo que jamás habían terminado de comprender.

​So-Mang comenzó entonces a cantar suavemente una alabanza. Sin espectáculo, solo una voz sincera llenando aquel pequeño salón.



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En el texto hay: romance, cristiana, coreana

Editado: 22.08.2026

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