El sábado amaneció con una luz pálida filtrándose entre las cortinas del apartamento en Mapo-gu. Pero dentro, el ambiente era puro caos.
So-Mang estaba en medio de la sala con los audífonos puestos a todo volumen, ignorando completamente que en menos de treinta minutos Min-Ho y Si-Woo pasarían por nosotras.
—♪ I'm a sucker for you... ♪ —cantaba a gritos mientras hacía un solo de guitarra imaginario con una cuchara y terminaba su cereal.
—¡So-Mang! ¡Bájale a los Jonas Brothers! —le grité intentando cerrarme una de las botas—. Si-Woo va a pensar que estamos locas si te escucha desde el pasillo.
Ella se quitó un audífono lentamente, como si hubiera escuchado la mayor ofensa del siglo.
—Ha-Eun, Nick Jonas es el estándar. Si Si-Woo quiere impresionarme, necesita saber contra quién compite. Es cuestión de principios.
Solté una carcajada.
—Definitivamente necesitas ayuda.
—Y él necesita rizos —respondió señalando el aire con la cuchara—. Muchos más rizos.
Justo en ese instante sonó el timbre.
So-Mang pegó un pequeño salto, guardó su viejo iPod —que seguía usando «por estética»— y se acomodó la chaqueta con un nerviosismo evidente.
Al bajar, encontramos a Min-Ho apoyado contra un SUV negro impecable mientras Si-Woo revisaba algo en su teléfono. El aire fresco de la mañana olía a lluvia reciente.
—Buenos días —saludó Min-Ho dedicándome una sonrisa tranquila que logró desordenarme el corazón—. ¿Listas?
El trayecto hacia el orfanato, en las afueras de Incheon, comenzó en un silencio cómodo... hasta que Min-Ho conectó el Bluetooth del auto.
—Pongan música. Lo que quieran —dijo mirando por el retrovisor—. Hoy ustedes mandan.
Ese fue el peor «error» que pudo cometer. Antes de que pudiera detenerla, So-Mang ya había conectado su celular. Los primeros acordes de Burnin' Up explotaron en los parlantes del vehículo.
Si-Woo levantó lentamente la vista hacia la pantalla.
—¿Jonas... Brothers? —pronunció con evidente confusión—. ¿Esto es rock americano?
—No. Esto es cultura —respondió So-Mang moviendo los hombros al ritmo de la canción—. Especialmente Nick Jonas. Él tiene la voz perfecta.
Vi cómo Si-Woo fruncía el ceño casi de inmediato.
—Mi cabello es mejor —murmuró acomodándose el flequillo con total seriedad—. Y la batería de esta canción es simple. Yo puedo tocar eso fácilmente.
Min-Ho soltó una carcajada sincera.
—Parece que Nick Jonas acaba de iniciar una guerra internacional.
No pude evitar reírme también.
Mientras So-Mang y Si-Woo comenzaban una discusión absurda sobre pop americano y percusión coreana, Min-Ho aprovechó un semáforo en rojo para mirarme por el espejo.
—¿Y tú, Ha-Eun? —preguntó suavemente—. ¿También tienes estándares imposibles o todavía tengo oportunidad?
Mis mejillas ardieron al instante.
—Yo prefiero las canciones con significado —respondí intentando sonar tranquila—. Pero admito que tienen una energía contagiosa.
Min-Ho sonrió apenas. Y por alguna razón, ese gesto valió más que cualquier canción sonando en el auto.
A medida que dejábamos atrás los edificios de Seúl, el paisaje comenzó a cambiar. Los rascacielos dieron paso a árboles altos, calles silenciosas y un cielo gris cubriendo el camino hacia Incheon.
So-Mang seguía conversando con Si-Woo sobre música cuando Min-Ho bajó ligeramente el volumen.
—Gracias por venir hoy —dijo en voz baja, solo para mí—. Este lugar es muy importante para nosotros... y los niños necesitan personas que les recuerden que todavía existe luz.
Sus dedos rozaron apenas los míos sobre la consola central. Fue un contacto breve, pero suficiente para detenerme el corazón.
Aprovechando el momento, cambié la lista de reproducción por un tema con letras sobre romper cadenas, encontrar paz y libertad. El ritmo era intenso, pero profundamente esperanzador. Incluso
Si-Woo guardó silencio para escuchar.
—Esta canción... se siente distinta —comentó Min-Ho observando el camino—. Como si estuviera diciendo algo real.
—Porque lo está diciendo —respondí mirando por la ventana—. No vinimos a Corea solo para estudiar.
Min-Ho no respondió, pero pude sentir su mirada sobre mí durante varios segundos.
Cuando finalmente llegamos al orfanato Esperanza de Sión, el ambiente cambió por completo. El edificio era sencillo, rodeado de árboles y bancas antiguas. Sin embargo, algo en el aire se sentía pesado. Demasiado pesado.
Min-Ho bajó primero del auto y su expresión cambió apenas cruzamos la entrada.
—Ji-Hoon está teniendo un mal día —explicó con preocupación—. A veces los recuerdos lo sobrepasan.
Entramos lentamente. Desde el fondo del pasillo se escuchaban sollozos y gritos contenidos. Un niño pequeño estaba sentado en el suelo abrazando un juguete roto, respirando agitadamente mientras las cuidadoras intentaban calmarlo sin éxito.
So-Mang dejó de bromear inmediatamente. Toda la energía divertida desapareció de su rostro.
—Ha-Eun... —susurró—. Pon la canción otra vez.
Obedecí sin dudarlo. La música comenzó a sonar suavemente desde mi teléfono. No era fuerte ni dramática; era simplemente... paz.
So-Mang caminó despacio hacia Ji-Hoon y se arrodilló a cierta distancia, sin invadir su espacio.
—Está bien —susurró con ternura en un coreano suave—. No tienes que tener miedo.
Cerré los ojos unos segundos, orando en silencio. No fue una oración elaborada, sino un clamor honesto: «Señor... trae paz a este lugar».
El niño seguía temblando, pero poco a poco su respiración comenzó a asentarse.
Las lágrimas dejaron de caer con tanta violencia. Min-Ho observaba inmóvil desde la puerta. Si-Woo también, como si estuvieran presenciando algo que jamás habían terminado de comprender.
So-Mang comenzó entonces a cantar suavemente una alabanza. Sin espectáculo, solo una voz sincera llenando aquel pequeño salón.