Después de lo ocurrido con Ji-Hoon, el ambiente entre nosotros cambió... aunque no de la forma romántica que esperarías en un drama coreano de las diez de la noche. Se sentía más bien como si hubiéramos sobrevivido juntos a una tormenta.
El viaje de regreso no estuvo lleno de miradas intensas ni silencios cargados de tensión romántica. Estuvo lleno de un hambre brutal, cansancio emocional y bromas absurdas intentando aliviar el peso del día.
—Si-Woo, admítelo —dijo Min-Ho mientras estacionaba frente a un puesto de comida callejera—. Casi te desmayas cuando So-Mang empezó a orar en voz alta. Tenías los ojos más abiertos que un personaje de anime.
Si-Woo se acomodó los audífonos, fingiendo absoluta dignidad.
—Estaba... analizando la frecuencia acústica de su voz. Es... potente. Pero sigo creyendo que mi solo de batería es más impresionante.
So-Mang soltó una carcajada y le dio un golpecito en el hombro.
—¡Ya quisieras, baterista! Aunque debo admitir algo... sobreviviste bastante bien al momento espiritual. No huiste. Estoy orgullosa de ti.
—Nunca huyo —murmuró él.
—Ajá, claro. Tus pupilas cuentan otra historia.
Min-Ho y yo soltamos la risa al mismo tiempo.
Llegamos al apartamento completamente destruidas.
Ni siquiera nos habíamos quitado los zapatos cuando So-Mang ya estaba encendiendo la cámara del Blog.
Cabello caótico, sudaderas arrugadas y pegamento de manualidades todavía pegado a la ropa: pura elegancia misionera.
—Hola a todos —dijo So-Mang mirando a la cámara—. El vlog de hoy debería llamarse: «Cómo sobrevivir a Seúl sin perder la cordura ni el cuero cabelludo». Lo de Ji-Hoon fue real... pero lo que no ven es que ahora mismo tengo hambre, sueño y una crisis existencial sobre si bañarme o dormir cuarenta y ocho horas seguidas.
—La guerra espiritual cansa, amigos —añadí apareciendo detrás con una caja de pizza—. Pero ver a Min-Ho y Si-Woo intentando procesar lo que pasó fue mi entretenimiento favorito del día.
—¡Especialmente Si-Woo! —exclamó ella—. ¡Me preguntó si orar podía provocar mareos! ¡MAREOS!
No pude contener la risa. Después bajé un poco el tono.
—Pero hablando en serio... hoy Dios nos recordó algo importante. No estamos aquí para vivir una historia perfecta. Estamos aquí para servir... aunque admito que ver a Min-Ho cargando bebés me hizo replantearme mi soltería por aproximadamente medio segundo.
—¡CORTEN ESA PARTE! —gritó So-Mang—. ¡ESO VA AL MATERIAL FILTRADO!
Más tarde, Min-Ho y Si-Woo subieron un rato para ayudarnos con unas cajas de donaciones que habían sobrado del orfanato.
El cansancio había bajado las defensas de todos. La tensión seguía allí, pero más suave, más humana.
Me acerqué a Min-Ho con una botella de agua. Nuestros dedos se rozaron solo un instante, pero suficiente para que mi cerebro traicionero empezara a inventar teorías.
Él sostuvo mi mirada unos segundos.
—Ha-Eun...
Mi corazón dio un salto ridículo.
—¿Sí? —pregunté, intentando sonar casual... y fracasando libremente.
Min-Ho entrecerró los ojos y soltó una pequeña risa.
—Tienes una mancha de salsa de tomate en la punta de la nariz.

Silencio absoluto. Me llevé la mano a la cara. Ahí estaba la evidencia, tras dos horas completas.
So-Mang explotó en carcajadas y Si-Woo intentó contenerse, aunque falló.
—¡EL IDÓNEO TE DESCUBRIÓ CON SALSA EN LA CARA! —gritó So-Mang señalándome—. ¡Se acabó el misterio! ¡Adiós elegancia! ¡Adiós aura de protagonista!
Le lancé un cojín inmediatamente.
—¡Oye! ¡Al menos yo no iba haciendo karaoke en un auto de lujo!
Si-Woo negó lentamente con la cabeza mientras miraba a So-Mang.
—Ustedes son... increíblemente ruidosas. —Hizo una pausa y luego la señaló—: Pero... supongo que el ruido no es tan malo algunas veces.
So-Mang se quedó callada por dos segundos enteros. Un récord histórico.
—Mañana en la biblioteca —continuó él—. No grites. Tengo que estudiar.
Ella recuperó el aire dramáticamente.
—¡No prometo nada, Kang!
Cuando los chicos finalmente se fueron, el apartamento quedó en silencio. Nos desplomamos en el sofá como soldados regresando de la batalla. No hubo confesiones románticas ni besos cinematográficos, pero había algo quizás más peligroso: confianza. Estábamos construyendo cimientos.
—Ha-Eun... —dijo So-Mang mientras se quitaba las pestañas postizas—. Ser baristas, estudiantes, misioneras y pseudo-influencers debería contar como deporte extremo.
Solté una pequeña risa.
—Y sobrevivir a ti debería dar créditos universitarios.
Más tarde, So-Mang revisaba clips del blog tirada sobre la alfombra.
—Ven a ver esto.
Me acerqué. En uno de los videos del orfanato aparecían Min-Ho y Si-Woo al fondo. No estaban mirando al niño; nos estaban mirando a nosotras con esa expresión rara de personas intentando entender algo demasiado grande para ponerlo en palabras.
So-Mang bajó lentamente la cámara.
—¿Sabes qué creo? —murmuró—. Hoy se les rompió algún esquema mental.
Asentí suavemente.
—Están acostumbrados a un mundo de expectativas, éxito, apariencia... ver algo tan crudo los sacudió.

Ella guardó silencio unos segundos y luego suspiró.
—¿Sabes qué es lo peor? Que llevo semanas haciendo bromas sobre Nick Jonas y Si-Woo... pero hoy entendí algo: que Si-Woo está aquí, viendo mis errores, mis gritos, mis palillos asesinos... siendo una persona real. No un crush imposible. Y eso da muchísimo más miedo.
Sonreí suavemente. La «Operación Romeo y Julieta» estaba cambiando. Ya no se trataba de alcanzar a los «idóneos», sino de aprender a ser honestas.
—¿Sabes lo más gracioso? —dije rompiendo el silencio—. Mañana volvemos a la cafetería.
—De guerreras espirituales a baristas quemándose con el vapor de leche en menos de doce horas.