Yaksok: Promesas de Neón

Capítulo 7: Eco de Apellidos

​El lunes por la mañana, la Universidad de Yonsei bullía con la energía nerviosa típica de la semana de parciales.

So-Mang y yo atravesábamos el campus con cafés en mano, todavía intentando procesar el hecho de que el video de nuestra pijamada y un pequeño clip cantando en el auto —que So-Mang había subido inocentemente a stories— se habían vuelto virales entre los estudiantes de intercambio.

​—Ha-Eun, la gente nos mira raro —susurró So-Mang, acomodándose las gafas de sol—. Siento que en cualquier momento alguien me va a pedir que ore por su examen de cálculo... o que le consiga el número de Nick Jonas.

​—Es el precio de ser «auténticas» en internet, So-Mang —respondí, aunque yo también sentía la presión creciendo en el pecho.

​Llegamos a la biblioteca central, donde habíamos quedado con Min-Ho y Si-Woo para avanzar el proyecto de Economía.

Pero apenas entramos al área de estudio, supe que algo no andaba bien.

En nuestra mesa no estaban solo ellos.
​Había una chica: Park Seo-Ah, la famosa «Reina de Yonsei», heredera de una de las cadenas hoteleras más grandes del país y protagonista habitual de los rumores sobre alianzas familiares... especialmente las relacionadas con la familia Park.

​—¡Min-Ho oppa! —canturreó Seo-Ah con una sonrisa impecable—. Te traje matcha orgánico. Sé que odias el café mediocre de la cafetería de abajo.

​Min-Ho levantó la vista y, en el instante en que nos vio, su expresión cambió de una resignación pesada a un alivio evidente. Se puso de pie inmediatamente.

​—Ha-Eun, So-Mang. Llegaron justo a tiempo. Íbamos a empezar con los modelos macroeconómicos.

​Seo-Ah nos observó de arriba abajo. Su mirada se detuvo apenas un segundo en nuestras mochilas, nuestros vasos reutilizables y nuestras zapatillas sencillas: suficiente para evaluarlo todo.

​—¿Ustedes son las chicas del... blog espiritual? —preguntó con una sonrisa elegante y afilada—. Interesante. No sabía que Yonsei ahora incluía rock cristiano y cámaras de vlog como metodología terapéutica.

​Sentí a So-Mang tensarse a mi lado. Pero antes de que pudiera responder, ocurrió algo inesperado.

Si-Woo se quitó lentamente los audífonos, los dejó sobre la mesa y miró a Seo-Ah sin la menor emoción.

​—Seo-Ah. El té está frío.

​Ella parpadeó.

​—¿Perdón?

​—Y el proyecto es de cuatro personas. Tú no estás en este grupo.

​—Solo intentaba ayudar a Min-Ho.

​—No necesita ayuda —respondió Si-Woo con tranquilidad mortal—. Y yo estoy ocupado intentando entender por qué una canción llamada Sucker lleva tres días arruinando mi algoritmo musical.

​Los ojos de So-Mang se abrieron como platos. Seo-Ah, en cambio, se puso roja.

​—Increíble —recogió su bolso con movimientos tensos—. Disfruten... su grupo de estudio.

​Se marchó dejando tras de sí un perfume caro y una nube de dignidad herida.

​—Gracias, Si-Woo —dijo So-Mang sentándose con una sonrisa victoriosa—. Nick Jonas estaría orgulloso de ti.

​—No lo hice por Nick —gruñó él, poniéndose otra vez los audífonos. Sus orejas, sin embargo, estaban ligeramente rojas.

​Min-Ho se acercó mientras abríamos los libros.

​—Perdón por eso, Ha-Eun. Seo-Ah es... persistente. —Hizo una pausa—. Pero no escuches lo que dijo sobre el blog. Mi madre vio el video del orfanato anoche.

​Mi corazón se detuvo.

​—¿Tu madre?

​Min-Ho asintió.

​—Dijo que nunca había visto a Ji-Hoon tranquilizarse así. Quiere conocerlas. Quiere que vayan a cenar a casa el próximo domingo.

​Miré automáticamente a So-Mang. Una cena con la familia Park no era parte de la «Operación Romeo y Julieta». Eso era entrar directamente a territorio desconocido... o a la antesala de una bendición imposible.

​Y entonces, como si el universo hubiera decidido que la tensión aún era insuficiente, apareció Hye-Ri: perfectamente peinada, perfectamente vestida y perfectamente peligrosa. Hija del socio principal del padre de Si-Woo; la clase de chica que las familias tradicionales adoran porque viene con apellido, contactos y cero sorpresas.

​—Vaya —dijo acercándose a la mesa—. Si-Woo, no sabía que habías cambiado tus baquetas por compañías tan... expresivas. —Su mirada cayó sobre So-Mang—. Sus padres están preocupados. Ese video del orfanato circulando por todas partes... no favorece mucho la imagen de ciertas familias. Seamos sinceros: Seúl ya está lleno de gente que convierte la religión, la compasión y las redes sociales en estrategias de posicionamiento. Sería una pena que dos herederos brillantes terminaran siendo utilizados como escalón hacia la fama digital... o una residencia permanente.

​El golpe fue limpio y preciso. Veneno envuelto en modales caros. Sentí un frío extraño atravesarme el pecho: estaban cuestionando nuestra integridad, nuestra fe y nuestras intenciones.

​So-Mang se puso de pie lentamente, sin drama ni gritos.

​—Hye-Ri, ¿verdad? —dijo con una calma peligrosa—. Qué curioso que hables de usar personas. Nosotras usamos nuestro tiempo para acompañar a un niño roto; tú usas el tuyo para vigilar vidas ajenas. Dime... ¿cuál de las dos agendas te parece más oscura?

​—¿Cómo te atreves? —espetó Seo-Ah, que había reaparecido como refuerzo táctico.

​—Basta —la voz de Min-Ho cortó el aire, firme, fría y autoritaria—. Nadie está usando a nadie. Ha-Eun y So-Mang son mis compañeras y mis invitadas. Si tienen problemas con decisiones familiares, discútanlas con sus padres. No aquí.

​Hye-Ri soltó una sonrisa mínima.

​—Disfruten sus aventuras. Pero recuerden algo: en Seúl, las luces se apagan rápido... y al final, lo único que queda es el apellido.

​Las dos se marcharon y la biblioteca, de pronto, se sintió demasiado silenciosa.

​La biblioteca empezó a vaciarse lentamente hasta dejar una calma extrañamente pesada. Min-Ho y yo terminamos solos en una de las mesas del fondo. Tenía el libro abierto frente a él, pero llevaba minutos mirando la misma gráfica.



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En el texto hay: romance, cristiana, coreana

Editado: 01.09.2026

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