El lunes por la mañana, la Universidad de Yonsei bullía con la energía nerviosa típica de la semana de parciales.
So-Mang y yo atravesábamos el campus con cafés en mano, todavía intentando procesar el hecho de que el video de nuestra pijamada y un pequeño clip cantando en el auto —que So-Mang había subido inocentemente a stories— se habían vuelto virales entre los estudiantes de intercambio.
—Ha-Eun, la gente nos mira raro —susurró So-Mang, acomodándose las gafas de sol—. Siento que en cualquier momento alguien me va a pedir que ore por su examen de cálculo... o que le consiga el número de Nick Jonas.
—Es el precio de ser «auténticas» en internet, So-Mang —respondí, aunque yo también sentía la presión creciendo en el pecho.
Llegamos a la biblioteca central, donde habíamos quedado con Min-Ho y Si-Woo para avanzar el proyecto de Economía.
Pero apenas entramos al área de estudio, supe que algo no andaba bien.
En nuestra mesa no estaban solo ellos.
Había una chica: Park Seo-Ah, la famosa «Reina de Yonsei», heredera de una de las cadenas hoteleras más grandes del país y protagonista habitual de los rumores sobre alianzas familiares... especialmente las relacionadas con la familia Park.
—¡Min-Ho oppa! —canturreó Seo-Ah con una sonrisa impecable—. Te traje matcha orgánico. Sé que odias el café mediocre de la cafetería de abajo.
Min-Ho levantó la vista y, en el instante en que nos vio, su expresión cambió de una resignación pesada a un alivio evidente. Se puso de pie inmediatamente.
—Ha-Eun, So-Mang. Llegaron justo a tiempo. Íbamos a empezar con los modelos macroeconómicos.
Seo-Ah nos observó de arriba abajo. Su mirada se detuvo apenas un segundo en nuestras mochilas, nuestros vasos reutilizables y nuestras zapatillas sencillas: suficiente para evaluarlo todo.
—¿Ustedes son las chicas del... blog espiritual? —preguntó con una sonrisa elegante y afilada—. Interesante. No sabía que Yonsei ahora incluía rock cristiano y cámaras de vlog como metodología terapéutica.
Sentí a So-Mang tensarse a mi lado. Pero antes de que pudiera responder, ocurrió algo inesperado.
Si-Woo se quitó lentamente los audífonos, los dejó sobre la mesa y miró a Seo-Ah sin la menor emoción.
—Seo-Ah. El té está frío.
Ella parpadeó.
—¿Perdón?
—Y el proyecto es de cuatro personas. Tú no estás en este grupo.
—Solo intentaba ayudar a Min-Ho.
—No necesita ayuda —respondió Si-Woo con tranquilidad mortal—. Y yo estoy ocupado intentando entender por qué una canción llamada Sucker lleva tres días arruinando mi algoritmo musical.
Los ojos de So-Mang se abrieron como platos. Seo-Ah, en cambio, se puso roja.
—Increíble —recogió su bolso con movimientos tensos—. Disfruten... su grupo de estudio.
Se marchó dejando tras de sí un perfume caro y una nube de dignidad herida.
—Gracias, Si-Woo —dijo So-Mang sentándose con una sonrisa victoriosa—. Nick Jonas estaría orgulloso de ti.
—No lo hice por Nick —gruñó él, poniéndose otra vez los audífonos. Sus orejas, sin embargo, estaban ligeramente rojas.
Min-Ho se acercó mientras abríamos los libros.
—Perdón por eso, Ha-Eun. Seo-Ah es... persistente. —Hizo una pausa—. Pero no escuches lo que dijo sobre el blog. Mi madre vio el video del orfanato anoche.
Mi corazón se detuvo.
—¿Tu madre?
Min-Ho asintió.
—Dijo que nunca había visto a Ji-Hoon tranquilizarse así. Quiere conocerlas. Quiere que vayan a cenar a casa el próximo domingo.
Miré automáticamente a So-Mang. Una cena con la familia Park no era parte de la «Operación Romeo y Julieta». Eso era entrar directamente a territorio desconocido... o a la antesala de una bendición imposible.
Y entonces, como si el universo hubiera decidido que la tensión aún era insuficiente, apareció Hye-Ri: perfectamente peinada, perfectamente vestida y perfectamente peligrosa. Hija del socio principal del padre de Si-Woo; la clase de chica que las familias tradicionales adoran porque viene con apellido, contactos y cero sorpresas.
—Vaya —dijo acercándose a la mesa—. Si-Woo, no sabía que habías cambiado tus baquetas por compañías tan... expresivas. —Su mirada cayó sobre So-Mang—. Sus padres están preocupados. Ese video del orfanato circulando por todas partes... no favorece mucho la imagen de ciertas familias. Seamos sinceros: Seúl ya está lleno de gente que convierte la religión, la compasión y las redes sociales en estrategias de posicionamiento. Sería una pena que dos herederos brillantes terminaran siendo utilizados como escalón hacia la fama digital... o una residencia permanente.
El golpe fue limpio y preciso. Veneno envuelto en modales caros. Sentí un frío extraño atravesarme el pecho: estaban cuestionando nuestra integridad, nuestra fe y nuestras intenciones.
So-Mang se puso de pie lentamente, sin drama ni gritos.
—Hye-Ri, ¿verdad? —dijo con una calma peligrosa—. Qué curioso que hables de usar personas. Nosotras usamos nuestro tiempo para acompañar a un niño roto; tú usas el tuyo para vigilar vidas ajenas. Dime... ¿cuál de las dos agendas te parece más oscura?

—¿Cómo te atreves? —espetó Seo-Ah, que había reaparecido como refuerzo táctico.
—Basta —la voz de Min-Ho cortó el aire, firme, fría y autoritaria—. Nadie está usando a nadie. Ha-Eun y So-Mang son mis compañeras y mis invitadas. Si tienen problemas con decisiones familiares, discútanlas con sus padres. No aquí.
Hye-Ri soltó una sonrisa mínima.
—Disfruten sus aventuras. Pero recuerden algo: en Seúl, las luces se apagan rápido... y al final, lo único que queda es el apellido.
Las dos se marcharon y la biblioteca, de pronto, se sintió demasiado silenciosa.
La biblioteca empezó a vaciarse lentamente hasta dejar una calma extrañamente pesada. Min-Ho y yo terminamos solos en una de las mesas del fondo. Tenía el libro abierto frente a él, pero llevaba minutos mirando la misma gráfica.