Yakuza no Hime

Prólogo

—Dime —susurré contra su oído — ¿le temes a la muerte? —reí fascinada y me alejé.

Amaba mi trabajo.
Amaba la expresión de terror en sus rostros.
Al fin y al cabo, lo llevaba en las venas.

Jugueteé con mi navaja favorita en mi mano, la pasé lentamente por su cara y cuello hasta detenerme en su corazón, mi parte favorita. La persona que tenía en mi delante bufaba contra la cinta en su boca.

¿Qué estará diciendo?
¿Me rogaba por su vida? No importaba.

Me levanté para buscar algunos papeles con información útil que habían dejado mis hombres en la mesa metálica, los agarré y volví con mi prisionero.

—Así que… Thompson ¿eh? —me agaché en cuclillas delante suyo—. Ah sí, perdona — solté fingiendo sorpresa y bajé la cinta de su boca para que pudiese hablar.

—¡Le juro que no sé nada! ¡se lo juro! —balbuceó desesperado.

—¡Vaya, vaya! — me lleve una mano a mi boca mientras reía. Thompson se revolvía en el piso intentando soltarse, pobre. Lo agarré de su camisa desgastada y le tiré un puñete en la nariz haciéndolo sangrar. Luego lo volví a agarrar de la camisa y lo acerqué a centímetros de mi rostro.

—¿Sabes? — lo miré profundamente —. Odio cuando envían perros nuevos a olfatear — abrió los ojos como platos. Estaba segura que sabía a lo que me refería.

—Y… yo— gimoteó —. Yo no hice nada ¡se lo juro!

—Palabras incorrectas — lo lance con fuerza hacia los barrotes. Ajusté mis guantes de cuero y caminé hacia él girando la daga en mis dedos—. Quisiera saber — lo miré desde arriba bajando lentamente hasta quedar en cuclillas de nuevo— Como cierta información llegó a la DEA.

Negaba con la cabeza varias veces, ya me estaba empezando a hartar.

—Hay algo curioso en todo esto — dije con la máscara fría y despreocupada que solía usar—, ¿Dónde estaba...? —fingí buscar un nombre en los papeles—. ¡Aquí! —sonreí— Aquí esta. Julieta — lo miré con una fascinación no propia de mí en los ojos —Julieta Thompson, un lindo nombre debo decir.

—¡No! —empezó a revolverse en el suelo — ¡Le juro que no sé nada! ¡Ella no tiene nada que ver en esto!

Por supuesto que lo tenía, odiaba cuando la gente quería verme la cara de idiota. ¿Acaso no lo entendían? Yo siempre iba un paso más allá de ellos.

—¡Basta! — grité cansada.

Se hizo chiquito en la esquina pegado a los barrotes.

—Ya me cansé de esta porquería — solté exasperada y luego volví a ponerme la máscara de tranquilidad que frecuentaba — Perdóname — sonreí acercándome hacia él hasta llegar a su altura —. Dime, querido Thompson. Dime qué archivos les entregaron — susurré con una dulzura aterradora—. Dímelo ahora y quizás deje que tus hijos terminen su cena — se tensó al escuchar la mención no solo de su adorada hija, sino de los otros dos —. Miénteme una vez más, y verás como el carmesí de mi símbolo tiñe todo lo que amas— amenacé.

El hombre empezó a sollozar y no me inmuté, simplemente saqué un pañuelo de seda bordado con un crisantemo y le limpié una lágrima de la cara como si fuera una hermana compasiva.

—Shhh… no llores — dije cerca suyo— Elige bien, porque el Clan Benibara no da segundas oportunidades a sus traidores —sentencié.

(***)

Salí de la sala y boté los guantes en el tacho de basura que estaba a su costado. Mis hombres esperaban impacientes por nuevas órdenes en la entrada de las mazmorras.

—Desháganse del cuerpo —ordené y ellos asintieron.

Estaba apunto de subir a mi coche cuando giré para darles una nueva orden.

—Necesito que encuentren a Julieta Thompson —se miraron entre ellos y endurecí la mirada como me habían enseñado —. Y que sea rápido.




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