La oscuridad cayó de golpe sobre el set, espesa y absoluta. Durante un segundo no existió nada más que el zumbido eléctrico de los focos apagados y el olor metálico de la sangre falsa impregnando el aire.
—¡Corte! —tronó una voz masculina desde algún rincón invisible—. Buen trabajo.
Las luces regresaron lentamente, parpadeando antes de estabilizarse. La escenografía parecía distinta bajo aquella iluminación enferma; las paredes falsas lucían más deterioradas, las sombras más largas, más vivas. El hombre con la cabeza de conejo avanzó entre los charcos de sangre artificial con pasos lentos y pesados hasta detenerse frente a la actriz tendida en el suelo.
La mujer soltó una pequeña risa agotada mientras él le ofrecía la mano enguantada para ayudarla a levantarse. El enorme rostro inmóvil del conejo permanecía inclinado sobre ella, inexpresivo, perturbador.
—¿Qué opinas, Yana? —preguntó un joven de cabello castaño y ojos color topacio.
Yana, mejor conocida bajo el seudónimo de Nambi, permaneció observando la escena unos segundos antes de responder. La tenue iluminación del estudio se reflejaba en sus oscuros ojos almendrados.
—Opino que, si no hubieran cambiado de productora a último momento, probablemente estaría un poco más emocionada con esta adaptación.
Su tono arrastraba esa irritación seca que parecía formar parte natural de ella.
Era baja, delgada y de apariencia frágil, aunque había algo en su forma de mirar que volvía incómodo sostenerle la vista demasiado tiempo. El éxito no había suavizado nada de su personalidad. Seguía siendo igual de huraña, perfeccionista y obsesiva con cada detalle de sus historias.
—Pero... —murmuró finalmente— Puede que quede bien.
Un hombre robusto apareció junto a ella con una sonrisa demasiado amplia para aquel ambiente cargado.
—¿Y bien, escritora? —preguntó el director de la adaptación—. ¿Qué opina hasta el momento?
Yana dibujó una sonrisa forzada, casi automática.
—Sí. Buen trabajo.
La falta de convicción era evidente.
—Estoy realmente agradecido de poder trabajar con usted. Jikki fue un fenómeno increíble. Hasta hoy sigo sintiendo escalofríos cuando pienso en esa muñeca de porcelana... Espero que Tokki logre provocar lo mismo. Pero, sobre todo, espero que sea de su agrado.
Yana mantuvo aquella sonrisa inmóvil hasta que el hombre finalmente se alejó. Apenas estuvo lo suficientemente lejos, la expresión desapareció de su rostro como una máscara cayendo al suelo.
—Jikki fue un éxito porque la productora anterior entendió cómo debía sentirse el terror —murmura con molestia.
—¿Creés que Tokki pueda tener el mismo éxito? —preguntó Ailan, incapaz de ocultar la emoción—. ¿Te acordás? Todo el mundo disfrazándose de Jikki, el merchandising agotado en días...
Yana soltó una breve risa nasal.
—Cualquiera diría que vos escribiste la historia.
—Soy el manager de la autora y el hermano. Eso me da derechos parciales, ¿no?
—Te gusta creer eso. No voy a arruinarte la fantasía.
Ailan rió suavemente y ambos dirigieron la mirada hacia la escenografía de Tokki: El hombre de la cabeza de conejo.
El decorado imitaba una vieja casa abandonada. Papel tapiz descascarado. Muebles cubiertos de polvo falso. Ventanas ennegrecidas. Y, en medio de todo, la figura del conejo permanecía inmóvil bajo los focos.
Demasiado inmóvil.
—Es solo que sobrepienso demasiado estas cosas —admitió Yana en voz baja—. Especialmente cuando se trata de mis historias porque...
—No son solo historias —completó Ailan imitando exactamente el tono que ella solía usar.
Yana resopló.
—Ya lo sé.
—Y también sé que esto va a ser un éxito. Como todo lo que escribís.
Ella no respondió enseguida.
—¿Y si no lo es?
—Entonces el mundo está roto.
Una pequeña sonrisa apareció en los labios de Yana... hasta que la figura del conejo comenzó a acercarse.
Los pasos resonaron pesadamente sobre el suelo del set.
Tokki se detuvo frente a ella.
La enorme cabeza de conejo la observaba en silencio.
Sin moverse.
Sin pestañear.
Yana sostuvo la mirada unos segundos, pero una sensación extraña empezó a retorcerle el estómago. No era miedo exactamente. Era algo peor. Una incomodidad viscosa, instintiva.
—¿Necesitás algo? —intervino Ailan al notar la tensión.
El hombre permaneció callado antes de finalmente quitarse la máscara.
Debajo apareció un joven de facciones suaves y ojos cansados.
—Lo siento —dijo con una sonrisa nerviosa—. Soy un gran admirador de Nambi. Soy Kay Frago, interpreto a Tokki... como probablemente ya notaron.
Sus ojos brillaban con genuina emoción.
—Estoy muy feliz de poder darle vida a uno de sus personajes.
Pero Yana apenas podía concentrarse en sus palabras.
Su mirada seguía fija en la máscara.
La cabeza de conejo descansaba entre las manos del actor y, aun así, había algo insoportablemente incorrecto en ella. La sonrisa cosida. Los ojos negros y vacíos. La textura envejecida de la tela.
Como si no fuera un objeto.
Como si hubiera alguien todavía mirándola desde adentro.
—Entonces sí va a funcionar... —susurró Yana casi para sí misma.
Había algo curioso en ella: pese a escribir horror desde hacía años, pocas cosas lograban inquietarla de verdad. Podía sobresaltarse, impresionarse incluso... pero cuando una de sus propias historias conseguía provocarle esa incomodidad profunda, ese nudo helado bajo la piel, significaba una sola cosa.
Iba a convertirse en un éxito.
—¿Dijiste algo? —preguntó Ailan.
Yana parpadeó.
—No. Perdón. Me distraigo fácil.
Extendió la mano hacia Kay y el actor la estrechó rápidamente.
—Yo soy la agradecida. Confío en que va a ser un éxito.
—¡Preparados para la siguiente escena! —rugió el director desde el altavoz, distorsionado por la estática.