Yana

PISO PB

El terror se apoderó de ella como una mano helada cerrándose alrededor de su garganta.

Yana retrocedió arrastrándose sobre el suelo mientras mantenía la vista clavada en la figura que permanecía inmóvil al otro lado del ventanal.

La máscara de conejo parecía observarla, esperarla y entonces ocurrió.

Con una lentitud insoportable, la ventana comenzó a deslizarse.

El chirrido del metal oxidado resonó por toda la escenografía.

Un sonido largo, doloroso como un lamento.

—¡Ailan! —gritó Yana.

Su voz se perdió entre las paredes vacías.

El hombre cruzó el umbral mientras que la cuchilla colgaba de una de sus manos.

Sus pasos fueron lentos al principio, medidos, pesados.

Tac.

Tac.

Tac.

Cada sonido parecía resonar dentro de la cabeza de Yana.

—¿Quién sos? —gritó intentando recuperar el control.

No obtuvo respuesta, ni una palabra, ni un movimiento que indicara humanidad detrás de aquella máscara.

—Si esto es una broma, ya entendí el chiste...

La voz le tembló.

—Dejá de hacerlo.

Pero la figura continuó avanzando, como si ni siquiera la hubiera escuchado.

El corazón de Yana golpeaba con tanta fuerza que podía sentirlo en los oídos.

Se incorporó torpemente y buscó una salida.

Al fondo del estudio divisó el resplandor verdoso del cartel de emergencia.

La única luz real en medio de aquella falsa casa.

Volvió a mirar al hombre y el aire desapareció de sus pulmones.

Ya no estaba donde había estado un segundo atrás, ahora se encontraba a apenas unos centímetros.

La máscara ocupaba todo su campo de visión, la cuchilla apuntaba directamente hacia ella.

Yana soltó un grito desgarrador.

Se giró y echó a correr.

Los decorados pasaban a su lado convertidos en manchas borrosas.

La falsa sala, la falsa cocina, el falso pasillo.

Todo parecía una pesadilla construida especialmente para ella.

Empujó violentamente la puerta de emergencia y apenas atravesó el umbral, unas manos la sujetaron por los hombros.

Yana gritó con todas sus fuerzas.

Se debatió desesperadamente, golpeó, arañó e intentó escapar.

—¡Yana!

La voz consiguió atravesar el pánico.

—¡Yana, soy yo!

Reconoció aquella voz.

—Tranquila... soy Ailan.

La respiración de Yana era errática.

Sus manos temblaban sin control.

Ailan la sostuvo mientras ella intentaba recuperar el aire.

—¿Qué pasó? —preguntó alarmado—. ¿Por qué saliste corriendo así?

Yana observó a su hermano.

Luego miró alrededor.

El pasillo estaba perfectamente iluminado.

Personas de producción caminaban de un lado a otro.

Todo parecía normal, demasiado normal.

Como si lo ocurrido jamás hubiera sucedido.

—¿Dónde está Kay Frago? —preguntó de pronto.

Ailan frunció el ceño.

—¿El actor?

—Sí. ¿Dónde está?

—No lo sé. Escuché que estaba por irse.

Yana sintió un escalofrío, porque una parte de ella ya sabía que la respuesta no iba a tranquilizarla.

Yana se apartó de Ailan antes de que pudiera formular otra pregunta.

Todavía sentía el corazón golpeándole contra las costillas.

—¿Yana?

Pero ella ya se había puesto en movimiento.

Necesitaba encontrar a Kay Frago, necesitaba comprobar que lo que acababa de ver tenía una explicación lógica. Que todo aquello había sido una broma de mal gusto.

Atravesó el pasillo a paso rápido mientras ignoraba las llamadas de su hermano.

Las luces del edificio parecían más tenues que antes, más frías.

El zumbido de los tubos fluorescentes acompañaba cada uno de sus pasos.

Cuando llegó a la recepción, se detuvo en seco.

Al fondo del vestíbulo, las puertas del ascensor comenzaban a cerrarse y justo antes de que desapareciera de su vista, distinguió la inconfundible silueta de la cabeza de conejo.

La máscara blanca, las largas orejas, la sonrisa inmóvil.

Las puertas se cerraron y un instante después, el panel luminoso indicó:

PB

Yana sintió una punzada en el estómago.

Sin pensarlo dos veces, presionó el botón del ascensor contiguo.

Mientras esperaba, observó su reflejo en las puertas metálicas.

Lucía pálida, agotada y por primera vez en mucho tiempo...asustada.

El ascensor llegó con un suave tintineo.

Entró rápidamente y las puertas se cerraron.

—Estacionamiento —murmuró mientras presionaba el botón.

El descenso comenzó.

Durante unos segundos solo escuchó el ronroneo mecánico del ascensor.

Entonces las luces parpadearon, una vez, dos veces.

Yana apretó los labios.

—Perfecto. Justo lo que faltaba.

Las puertas se abrieron.

El estacionamiento subterráneo se extendía frente a ella como un enorme laberinto de cemento.

Filas interminables de vehículos, columnas grises, sombras profundas entre cada sector y, silencio, demasiado silencio.

Yana avanzó algunos pasos mientras observaba alrededor.

No había nadie. ni un solo movimiento, ni una sola voz.

El eco de sus propios zapatos parecía perseguirla.

—¿Kay? —llamó.

Ninguna respuesta.

El sonido de una lámpara defectuosa vibró sobre su cabeza.

Las luces comenzaron a titilar, un destello, oscuridad, luz nuevamente.

—Es un estacionamiento —se dijo a sí misma—. Estas cosas pasan.

Intentó convencerse, pero su propia voz sonó extraña.

Entonces lo vio, a varios metros de distancia.

Entre dos columnas, la figura del conejo, inmóvil, observándola.

Yana tragó saliva.

—¿Kay Frago?

La figura no respondió, parecía una estatua abandonada en medio del estacionamiento.

Yana respiró profundamente, obligándose a recuperar la compostura.

Comenzó a caminar hacia él paso a paso.

La distancia era considerable, podía hacerlo, podía comprobar quién era.

Las luces volvieron a apagarse y todo quedó sumergido en la oscuridad durante apenas un segundo.




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