Yana

EL HOSPITAL

Una única maleta descansaba en el asiento trasero del automóvil.

El amanecer apenas comenzaba a teñir el horizonte cuando Yana y Ailan abandonaron la ciudad en dirección a Córdoba. Frente a ellos se extendían kilómetros de ruta y, al final del viaje, un lugar que llevaba semanas ocupando los pensamientos de la escritora.

El antiguo Hospital Psiquiátrico Santa María de Punilla.

La locación que serviría de inspiración para su próximo filme de terror.

La Familia Masaru.

Mientras el paisaje urbano desaparecía lentamente por el espejo retrovisor, Yana observaba distraídamente los campos que se extendían a ambos lados de la carretera.

A diferencia de otras ocasiones, no llevaba consigo una montaña de apuntes ni borradores.

Solo un cuaderno vacío; quería que aquel lugar hablara por sí mismo.

—La señora Cristinziani nos va a estar esperando cuando lleguemos —comentó Ailan mientras conducía—. Nos va a mostrar cada rincón del hospital.

Yana emitió un leve sonido de aprobación.

—Parece bastante entusiasmada con nuestra visita.

Una sonrisa apareció en el rostro de Ailan.

—Su hija es admiradora tuya.

Yana dejó escapar un suspiro resignado.

—Ya me imagino lo que sigue.

—Le dije que estarías muy feliz de conocerla.

—Claro que lo hiciste.

—Porque sos una persona extremadamente buena con sus fanáticos.

—O porque vos hablás antes de pensar.

Ailan soltó una carcajada.

El sonido rompió momentáneamente el silencio del vehículo.

—No entiendo por qué te incomoda tanto.

—¿Qué cosa?

—Que la gente sea fanática de tus historias.

Yana apoyó la cabeza contra la ventanilla.

—Porque odio esa palabra.

Los campos verdes comenzaron a transformarse lentamente en colinas y elevaciones rocosas.

—"Fanáticos" hace que todo sea más superficial —continuó—. Como si existiera una pared entre ellos y yo.

—Pero existe.

—No debería.

—Yana...

—Ya sé que no puedo conocer personalmente a miles de personas. No es eso.

Guardó silencio unos segundos.

—Solo me molesta reducirlos a una palabra; sabes cuánto odio lo superficial.

Ailan sonrió.

—Seguís pensando demasiado.

—Y vos seguís pensando demasiado poco.

La respuesta arrancó otra risa del conductor. Durante varios kilómetros no hablaron. La ruta comenzó a serpentear entre las sierras. El cielo permanecía cubierto por una gruesa capa de nubes grises.

Fue entonces cuando Ailan recordó algo.

—Me olvidé de decirte.

Yana apartó la vista de la ventanilla.

—¿Qué?

—La seguridad de la productora identificó al hombre disfrazado de Tokki.

Los dedos de Yana se tensaron sobre el cuaderno.

—¿Y?

—Era un fanático.

La respuesta llegó demasiado rápido.

Demasiado fácil.

—Lo encontraron gracias a las cámaras.

—¿Y qué hacía exactamente?

—Mirarlas.

Yana frunció el ceño.

—¿Mirarlas?

—Sí.

Ailan soltó una pequeña risa nerviosa.

—Según el guardia, se quedó inmóvil durante varios minutos observando directamente los monitores. Como en la película.

Un escalofrío recorrió la espalda de Yana.

—La gente puede llegar a ser muy rara.

—Eso es una forma elegante de decirlo.

La conversación murió allí, pero la sensación desagradable permaneció instalada en algún rincón de su mente.

Las sierras comenzaron a elevarse frente a ellos.

Gigantes silenciosos cubiertos de vegetación oscura. El camino se volvió cada vez más solitario. Las señales de civilización fueron desapareciendo poco a poco. Menos vehículos, menos construcciones, menos personas, hasta que finalmente lo vieron.

El hospital.

Yana sintió que el aire abandonaba lentamente sus pulmones.

La enorme construcción emergía entre la vegetación como una herida abierta sobre la montaña. Vieja, abandonada, olvidada.

Incluso desde la distancia parecía equivocada. Las paredes ennegrecidas por el tiempo se extendían como los restos de una fortaleza en ruinas. Las ventanas vacías parecían cientos de ojos observando desde la oscuridad y detrás de ellas se elevaban las sierras, aislándolo del resto del mundo.

Ailan disminuyó la velocidad.

—No me sorprende que la gente diga que este lugar está embrujado.

Yana no respondió.

Sus ojos recorrían cada detalle del edificio. Cada grieta, cada sombra, cada ventana. Intentando absorberlo todo, porque podía verlo, podía imaginar perfectamente una historia desarrollándose allí.

Un hospital olvidado, familias destruidas, secretos enterrados, personas desapareciendo entre aquellos pasillos interminables.

—Ya te atrapó, ¿no?

La voz de Ailan la sacó de sus pensamientos.

Yana sonrió.

—Completamente.

—Era una pregunta retórica.

El automóvil finalmente se detuvo. Durante unos segundos ninguno de los dos descendió.

El hospital se alzaba ante ellos.

Yana tuvo la extraña sensación de que el edificio los observaba. Como si hubiera estado esperando su llegada, como si supiera exactamente quién era ella y por alguna razón, aquella sensación no le desagradó. La inspiró, porque por primera vez desde que llegó a Córdoba, sintió que estaba exactamente donde debía estar.

Yana descendió del vehículo sin apartar la vista del hospital.

El viento que descendía de las sierras agitó algunos mechones de su cabello mientras contemplaba la enorme construcción abandonada. Había visto cientos de fotografías antes de viajar, leído artículos, informes y testimonios, pero ninguna imagen lograba transmitir la presencia que tenía el edificio frente a ella.

Era como observar el esqueleto de algo gigantesco.

Ailan cerró la puerta del automóvil y se acomodó la campera.

—Definitivamente este lugar tiene cara de estar embrujado.

—Tiene cara de ser perfecto —corrigió Yana sin ocultar la emoción.




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