El grito resonó una vez más a través del hospital.
Esta vez fue más claro, más cercano.
Yana sintió cómo el corazón le daba un vuelco.
—¡Ailan! —gritó de inmediato.
Sin esperar respuesta, comenzó a correr por el corredor acompañada por Luiza. Sus pasos resonaban sobre el viejo suelo mientras atravesaban aquella ala del edificio que parecía haber sido olvidada incluso por el tiempo. La luz que ingresaba por algunas ventanas rotas apenas alcanzaba para iluminar los primeros metros del pasillo. Más adelante solo existía oscuridad.
Una oscuridad espesa,pesada, como si estuviera viva.
—¡Ailan! —volvió a llamar.
No obtuvo respuesta. Únicamente el eco deformado de su propia voz regresó desde algún lugar imposible de identificar y continuaron avanzando. Las paredes se encontraban cubiertas de humedad. Algunas puertas permanecían abiertas mientras otras colgaban apenas de sus bisagras. El aire era frío y estaba impregnado de un fuerte olor a encierro.
De pronto, algo interrumpió el silencio.
Tac.
Tac.
Tac.
Ambas se detuvieron. Los pasos volvieron a escucharse, lentos, arrastrados, como si alguien caminara descalzo por el corredor.
Yana alumbró hacia adelante con el teléfono, pero no había nadie. Los sonidos continuaron durante unos segundos más, luego desaparecieron.
—¿Escuchó eso? —preguntó.
No hubo respuesta. Frunció el ceño.
—¿Luiza?
Giró la cabeza. La mujer se encontraba inmóvil, completamente inmóvil. Su expresión había desaparecido y permanecía observando un punto fijo al final del corredor.
—¿Luiza?
La mujer dio un paso hacia adelante, después otro y otro más. No parecía estar reaccionando a nada de lo que ocurría a su alrededor.
—¿Se encuentra bien?
Nuevamente no hubo respuesta y una sensación desagradable comenzó a extenderse por el cuerpo de Yana.
—Luiza...
La mujer continuó caminando. Su figura se alejaba lentamente, como si estuviera siguiendo a alguien.
—¡Luiza!
Yana aceleró el paso para alcanzarla, pero cuanto más avanzaba, más lejos parecía encontrarse la mujer. La distancia entre ambas nunca disminuía; aquello no tenía sentido.
Yana estaba prácticamente corriendo y, sin embargo, Luiza continuaba alejándose.
La oscuridad terminó envolviendo su silueta; primero desaparecieron sus piernas, luego su torso y finalmente su rostro, hasta que no quedó nada. Solo el corredor vacío.
Yana frenó abruptamente. Su respiración comenzaba a acelerarse.
—Esto no tiene gracia...
Su voz sonó pequeña, insignificante. Por primera vez desde que había llegado al hospital, sintió verdadero miedo. No el miedo divertido que sentía al escribir una historia, no la emoción de una buena idea, era miedo real, instintivo. El miedo que aparece cuando algo no puede explicarse.
—¿Ailan? —llamó con menos convicción.
Silencio y sacó el teléfono de su bolsillo y encendió la linterna.
La luz atravesó la oscuridad. El corredor parecía distinto, más largo, más deteriorado.
Las manchas de humedad cubrían gran parte de las paredes y entonces vio una frase escrita con grandes letras negras.
"No hay salida una vez que entras."
Yana tragó saliva. Intentó convencerse de que alguien simplemente estaba jugando con ella.
Un visitante, un bromista, cualquier cosa era mejor que aceptar la sensación que comenzaba a crecer dentro de ella.
Tomó aire y después abrió la lista de contactos. Presionó el nombre de Ailan; el tono de llamada resonó por el hospital.
Una vez, dos veces, tres veces y entonces escuchó algo más.
Otro teléfono sonando, muy lejos. En algún punto delante de ella.
Los ojos de Yana se abrieron de inmediato.
—Ailan.
Comenzó a avanzar. El sonido se repitió, más cerca.
Yana aceleró el paso, luego comenzó a trotar. La esperanza de encontrarlo hacía que ignorara todo lo demás.
El tono seguía escuchándose cada vez más fuerte, hasta que finalmente llegó al final del corredor y allí lo vio. El teléfono de Ailan descansaba sobre el suelo cubierto de polvo.
La pantalla permanecía iluminada, la llamada seguía activa, pero Ailan no estaba.
Yana se quedó inmóvil observando el teléfono. La pantalla continuaba iluminada.
El tono de llamada seguía sonando, pero Ailan no aparecía por ninguna parte.
Una sensación desagradable comenzó a instalarse en su estómago.
Se agachó lentamente y tomó el aparato del suelo.
—¿Ailan? —llamó una vez más.
El eco de su propia voz se perdió entre los corredores vacíos. De pronto, un golpe seco resonó a sus espaldas.
Yana se sobresaltó y giró rápidamente la linterna hacia el origen del sonido.
Nada, otro golpe. Esta vez más cerca, luego un tercero.
La luz terminó deteniéndose sobre una vieja puerta metálica ubicada al final del corredor.
El rechinar de los goznes le erizó la piel. La puerta se estaba abriendo sola, centímetro a centímetro, como si alguien acabara de empujarla desde el otro lado.
—¿Luiza? —preguntó con inseguridad.
La abertura reveló una oscuridad absoluta; no podía distinguir qué había detrás.
El corazón comenzó a golpearle con fuerza dentro del pecho. Entonces escuchó una voz, lejana, ahogada.
—Yana...
Era Ailan, no había duda.
Reconocería la voz de su hermano en cualquier lugar.
—¡Ailan!
La respuesta pareció llegar desde las profundidades del edificio. Desde algún punto bajo sus pies.
Yana avanzó hacia la puerta. La luz de la linterna iluminó una escalera que descendía hacia un sótano. Un escalofrío recorrió toda su espalda; algo dentro de ella le gritaba que no bajara. Que diera media vuelta. Que abandonara aquel lugar, pero si Ailan estaba allí abajo...
No podía dejarlo solo, por lo que comenzó a descender. Cada escalón producía un crujido que resonaba por todo el subsuelo. El aire se volvió más frío y las paredes estaban cubiertas de moho.