Un hombre regordete permanecía sentado en un cómodo y lujoso sillón, entronizado sobre un enorme lingote de oro de forma extravagante y difícil de hallar, una reliquia legada a través de más de treinta generaciones. Sus fosas nasales se dilataban y contraían con frenesí al inhalar, mientras el dióxido de carbono salía poco a poco. Un mucílago verde y escurridizo descendía hasta las comisuras de su boca para ser absorbido de nuevo tras arrugar la nariz frenéticamente. Elevó la mano derecha para limpiarse, esparciendo la viscosidad por la solapa del costoso saco que llevaba puesto.
Con la mirada fija en la pista, contemplaba a una joven erguida sobre uno de los caballos más hermosos jamás vistos: ella era su preciosa fortuna, por quien había apostado aquel singular lingote. Alzó la mano derecha y, con un ademán, exigió a uno de sus acompañantes que le sirviera más champán. El joven, de porte refinado, le sirvió con una sonrisa cordial; su paga del día sería sustanciosa si complacía al señor gordo y si la amazona ganaba. Necesitaba reunir más de tres mil dólares para comprar las medicinas que les faltaban a sus abuelos.
Bum se llevó la copa a la boca mientras volvía a pasarse la mano para limpiarse los mocos verdes y resbaladizos de su nariz enferma. En la pista, volvió a mirar a la chica, quien se ajustó de inmediato la coleta suelta. Se trataba de Yaras, la pentacampeona del campeonato Lebu Puce, un torneo anual donde señores de gran alcurnia apostaban todo. Bum confiaba ciegamente en ella porque había depositado su fe en el caballo durante los últimos cinco años, tras abandonar a su anterior anfitrión, quien solo había ganado dos de las más de diez veces que había apostado por él.
La melena castaña y lacia de Yaras resplandeció un instante antes de colocarse el casco protector. Ajustó las riendas del corcel, encajó su postura y respiró hondo. Con el corazón batiéndole a mil por hora, miró hacia las alturas donde se encontraba Bum y murmuró:
—Llegó el momento de demostrar de qué estás hecha, Yaras. Seis, la sexta. Confío en mí.
La bandera verde se preparaba para dar la salida. Faltaba tan solo un poco para consagrarse una vez más como la mejor y dar el salto definitivo a las ligas profesionales. La bandera bajó en cámara lenta; cada milisegundo se sentía a flor de piel hasta que el silbato tronó, abriendo paso a los jockeys.
El caballo comenzó a moverse de arriba abajo a toda velocidad. El viento azotaba sus orejas en el pequeño espacio que el casco no alcanzaba a cubrir. El movimiento del animal la embatió fuertemente en los glúteos; apretó con fuerza para no perder el control, tomó las riendas con firmeza y encaró una semivuelta a la par de dos contrincantes.
Un sudor frío la recorrió por un instante dada la cercanía. Al retomar el tramo recto, volvió a aplicar fuerza con las pantorrillas pegadas a las costillas del caballo costeño —nombre que le había puesto porque le recordaba a una lata de chiles mexicanos—. Su brazo se tensó con el acelerado galope recto; estaba a un paso de alcanzar al rival que marchaba a unos cuantos metros. La adrenalina se le instaló en el corazón, haciéndolo latir con violencia, y se pegó al lomo del animal para divisar mejor la curva en U que estaban a punto de dar.
—Vamos, costeñito, vamos. Nosotros somos invencibles —le susurró al oído. El caballo pareció escucharla, pues sus pisadas se volvieron aún más veloces.
En el palco, el señor Bum alzó un catalejo con aspecto pirata o de vikingo noruego. Movió la cabeza en señal de aprobación, complacido por los dólares que pronto ingresarían a su bolsillo. Cogió unas uvas de la mesa lateral y pidió nuevamente al joven que le sirviera champán.
Cerca de él, un individuo de aspecto extraño vestía de negro con la solapa del abrigo reluciendo en plata en pleno verano. Llevaba lentes oscuros que inspiraron desconfianza en Bum; estaba sentado por debajo de la zona VIP, pero no paraba de fijar la mirada en el anciano regordete. El desconocido entreabrió la boca para decir algo, pero la cerró. Luego alzó un dedo e inclinó la cabeza sin apartar los ojos tras sus cristales oscuros.
—No es bueno celebrar antes de tiempo —dijo, acomodando la cabeza antes de volver a prestar atención a la carrera.
Bum escupió una semilla de uva directamente sobre el cabello de aquel señor de cuello morado, hizo una mueca y volvió a pegar el ojo al catalejo. Buscó a Yaras y a Costeño, cuyas patas blancas y castañas portaban herraduras que encandilaban la vista, pero entre más buscaba, no los encontraba.
—Busca, busca a Yaras —le ordenó al joven. —¿A quién, disculpe? —preguntó este, inclinándose para tomar la lente. —Al ocho.
El joven cerró un ojo para enfocar mejor. Recorrió el trazado desde el principio: el tramo recto, la semivuelta y la recta hacia la curva en U. Las manos le comenzaron a sudar al pensar en sus más de tres mil dólares y en la medicina de sus abuelos mientras aumentaba el zoom.
Bum, molesto por la falta de respuesta y con la mucosidad fastidiándole de nuevo, se sirvió el champán él mismo.
Ahí estaba. Yaras yacía al otro lado de la ruta en U, lejos del trazado, como si una fuerza colosal de aire la hubiera expulsado hasta dejarla oculta entre los escombros de las tablillas de madera destruidas. Sangraba y nadie en la megafonía le prestaba atención. El joven tragó saliva con tal fuerza que se le marcó la manzana de la garganta, y miró de reojo a Bum.
El anciano miraba al frente con los ojos perdidos en la nada. El hombre de negro ya no estaba; extrañamente, la posición donde había estado sentado ni siquiera correspondía a ese nivel, sino a uno mucho más abajo. Bum escupió las semillas de uva y notó la mirada del criado.