Yaras

M

Si alguna vez en la vida iba a soñar con seres realmente terribles, esta era la oportunidad perfecta para llenar su mente con algo tan grande.

Una mujer. Sí, era una mujer.

Cuando Yaras abrió los ojos, recordó perfectamente cómo esa mujer se había parado justo delante de ella. En el sueño, Yaras intentaba adivinar qué decía solo mirando el movimiento de sus labios, tratando de entender de qué se trataba todo aquello.

El lugar estaba lleno de mujeres exactamente iguales, del mismo tamaño y contextura. Todas llevaban el rostro cubierto con una capa de seda y, encima, otra capa hecha de flores amarillas. Parecían simples aderezos puestos sobre una mesa, tanto por la ropa extravagante que vestían como por la postura tan rígida en la que se quedaban quietas.

Sus manos... eran idénticas a las pezuñas de un puerco. Yaras intentó mover las suyas entre las sábanas, tratando de imitar esa postura para ver si así la pesadilla —o la ilusión, o lo que sea que fuera— cobraba un poco de sentido.

Más que parte de su cuerpo, parecían llevar una especie de guantes que les apretaban los cuatro dedos —el índice, el corazón, el anular y el meñique— de una forma tan aplastante que los convertía casi en un solo bloque. Una cinta hecha de la misma tela los unía al pulgar, manteniéndolo sujeto.

De lejos daba la impresión de ser un guante de látex cualquiera, pero al acercarse y tocarlo, la cosa cambiaba. Yaras cerró los ojos e intentó recordar la sensación táctil: era suave al tacto, pero extremadamente liso. El pulgar, por su parte, dejaba ver debajo del guante una uña larguísima y puntiaguda.

La pose era lo segundo más extraño, dejando de lado el velo y las flores en la cara. Se entrelazaban las manos únicamente por los pulgares, imitando esas patas de cerdo. Los cuatro dedos apretados quedaban sobre el dorso de la mano contraria, bien alineados. Por más vueltas que Yaras le diera al asunto, no entendía por qué las manos terminaban viéndose tan mecánicas, como las de un robot.

Siguió intentando recordar las palabras exactas de la mujer que la miraba fijamente en el sueño. Sin embargo, se dio cuenta de que iba a ser muy difícil concentrarse mientras sintiera el roce del algodón suave de las mantas sobre su piel. La sensación de su propio cuerpo se le hacía rara, casi extravagante.

Cerró los ojos y movió la boca despacio al sentir que su cerebro recuperaba el sentido del habla, como si apenas estuviera recordando cómo pronunciar cada sílaba.

Silencio. Las mujeres no deben hablar —susurró aquella mujer en su mente.




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