Yaras

C

No era que los padres de Yaras hubieran decidido abandonarla; en realidad, había sido ella quien los abandonó a ellos. En cuanto se enteró de que los hombres del señor Bum les habían arrebatado absolutamente todo el dinero que tenían, no lo pensó dos veces.

Pasar de la riqueza a lo que ella más odiaba en este mundo —ser pobre— era algo que no estaba dispuesta a tolerar. Por eso mismo se encontraba ahora en un avión rumbo a Las Vegas, con la firme intención de instalarse una temporada en casa de sus tíos millonarios.

Yaras era la definición perfecta de la superficialidad: ropa de diseñador, bolsos de marca y calzado hecho exclusivamente a su medida. ¿Qué otra opción le quedaba más que seguir buscando la vida ostentosa que tanto amaba?

Al aterrizar en Las Vegas, vio a sus tíos esperándola con enormes sonrisas. Además de ser sus tíos, eran sus padrinos y la adoraban con locura. Sabía de sobra que todos sus caprichos iban a ser bien recibidos y complacidos sin dudarlo.

Horas después, ya acomodados, salió a tema la conversación inevitable: qué haría Yaras ahora que sus padres lo habían perdido todo y que ella, tras su paso por el hospital, probablemente no volvería a montar a caballo jamás.

Aquello la inquietó por un instante, pero pronto le restó importancia. Su única meta en la vida era ser la mejor en todo, aunque ahora, con la cadera torcida, tuviera que buscar otros caminos.

—Al menos todo está bien ahora que estás con nosotros —dijo su tía mientras se tomaba fotografías con ella. Yaras posó frente a la cámara guiñando un ojo y colocando dos dedos cerca de su rostro.

Ambas compartían la misma pasión por las joyas de categoría, los autos de lujo y los deportes extravagantes. Lucían siempre la mejor moda y, además, eran mujeres sumamente astutas.

Su tía, de hecho, había construido un negocio muy próspero fabricando réplicas de bolsos de alta gama; lo irónico del asunto era que lo hacía únicamente para costearse sus propios accesorios originales y mantenerse al último grito de la tendencia.

—En esa salí fea, repítela, tía —pidió Yaras, negando con la cabeza y mirando con amargura la pantalla solo por una sombra que no le favorecía.

Su tía obedeció sin chistar y volvieron a posar. A un lado, su tío las esperaba con una sonrisa paciente, aunque el estómago le rugía de forma vergonzosa por el hambre que tenía.

Habían planeado llevar a Yaras a un restaurante exquisito y sumamente lujoso. El chef del lugar era una celebridad internacional, y no podían dejar de mostrarle semejante sitio.

Se decía que, cuando el chef era joven, Italia e Hungría se habían disputado encarnizadamente su talento. Por su fisonomía y su espectacular melena rubia de espaldas, le apodaban "El Dorado", y a diario recibía halagos por sus manos finas y delicadas como las de una muñeca.

No se podía esperar menos de alguien que hacía verdadera magia al cocinar.

Un chofer les abrió las puertas del coche una a una. En el trayecto, Yaras y su tía continuaron tomándose fotos y charlando de nimiedades hasta llegar al exclusivo establecimiento.

Al instalarse en la mesa, el mismísimo Chef fue a tomarles la orden junto con una mesera. La tía de Yaras gozaba de la influencia suficiente para que en cualquier restaurante le dieran prioridad absoluta, siendo además una socia clave del conglomerado.

La presencia del chef, con su cabello dorado y unos ojos brillantes que parecían iluminar la cara de Yaras, la dejó cautivada al instante. É, sin embargo, ni la notó.

—¿Se ha recuperado su esposa? —preguntó la tía al chef.

Él simplemente asintió.

—Ser padre por tercera vez debe de ser todo un reto —agregó el tío con su habitual tono pausado.

El chef volvió a asentir en silencio.

Yaras había dado por sentado que aquel hombre era mucho más joven y, por supuesto, soltero. La decepción la invadió al descubrir que ya tenía esposa e hijos.

Sus tíos ordenaron la cena especial secreta, el plato estrella de la noche que casi todas las mesas pedían. Yaras, por su parte, comenzó a hojear la carta buscando algo que se le pudiera antojar.

Al no decidirse, prefirió pedir una sugerencia. El chef se acercó al menú, buscó con la mirada y señaló con el dedo un platillo llamado “Rusha de Carm”. No dijo una sola palabra, a pesar de que Yaras esperaba una explicación ostentosa, una presunción extravagante sobre el sabor o algo que terminara de convencerla.

No hubo nada de eso. Sus tíos la observaron en silencio. El tío posó con cariño una mano sobre el dorso de la mano de su esposa antes de que esta hablara.

—Yaras, si no se te antoja nada, pide el especial; él sabrá qué te puede gustar. O bien, selecciona ese que te acaba de recomendar —sugirió el tío, inclinando la cabeza para persuadirla.

Yaras apretó los labios y terminó aceptando la propuesta. La mesera retiró la carta y un camarero les sirvió vino tinto a los tres.

La comida resultó tener un sabor extrañamente delicioso para el exigente paladar de Yaras. Les agradeció a sus tíos la velada e intentó buscar con la mirada al magnifico Chef para felicitarlo, pero no lo volvió a ver en toda la noche.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.