El despertador suena como siempre, pero hoy ni siquiera intento levantarme de inmediato. Me quedo acostado, mirando el techo con los ojos secos. Afuera, el ruido de los autos ya comienza a llenar el aire, una mezcla de motores y cláxones que siempre me hace sentir pequeño, insignificante. Me pregunto cómo sería si todo esto dejara de existir por un segundo.
Eventualmente, mi cuerpo se mueve porque debe hacerlo. Me lavo la cara, pero ni siquiera el agua fría me hace sentir algo. Me miro en el espejo. Ojeras, piel apagada, una expresión vacía. Me digo que debo seguir. No por mí, sino porque no quiero que alguien se dé cuenta. Si alguien lo nota, será un problema más, y nadie tiene tiempo para lidiar con eso.
A media mañana, el teléfono de mi mamá suena. Estoy terminando de desayunar cuando escucho su voz cambiar de tono.
—¿Qué pasó? ¿Dónde está?
Levanto la vista y la veo con la mano en la frente, el teléfono apretado contra la oreja.
—Voy para allá.
Cuelga, y me mira por un segundo antes de hablar.
—Es tu hermana. Se cayó en la escuela. Se rompió un brazo.
Asiento en silencio. Ella agarra su bolsa y sale apresurada. Yo me quedo en la mesa, con mi taza de café entre las manos. El líquido está frío, pero no me importa. La noticia debería hacerme sentir algo, ¿no? Preocupación, miedo, algo. Pero no. Solo vacío.
Por la tarde, llegan con Dani al departamento. Su brazo está enyesado, y aunque tiene los ojos hinchados de llorar, parece tranquila. Mi mamá la trata como si fuera una porcelana. Le acomoda un cojín, le pregunta cada cinco minutos si necesita algo.
—¿Te duele mucho? —pregunto por cortesía.
—Ya no tanto —responde Dani, sin mirarme.
La observo mientras mi mamá le sirve un plato de sopa y le pone una cobija sobre las piernas. Dani tiene toda la atención del mundo, y por un instante, mi mente da un giro oscuro: Si yo me rompo algo, ¿también me cuidarían así? ¿Y si... si yo dejo de estar aquí? ¿Me verían, me notarían?
La idea se queda, como un eco. Me levanto del sillón y me encierro en mi cuarto, sintiendo que algo está mal, pero sin saber cómo detenerlo.
Por la noche, el silencio en mi habitación se siente más pesado que nunca. Estoy acostado, pero no puedo dormir. Los pensamientos intrusivos llegan en oleadas, cada vez más fuertes.
¿Y si todo esto se acaba? ¿Quién lo notaría? ¿Quién me lloraría? ¿Qué pasaría si mañana no despierto? Tal vez, solo tal vez, alguien diría: "Era un buen chico". O tal vez no. Tal vez ni eso.
Me levanto de la cama y camino en círculos. Mi pecho está apretado, como si una mano invisible estuviera intentando estrujarme. Respiro hondo, pero no sirve. Me miro las manos temblorosas y cierro los ojos.
“No puedo pensar así. No puedo hacerle esto a ellos. A Dani, a mi mamá. No puedo ser un problema más.”
Pero la idea sigue ahí, latiendo en el fondo, como un veneno que no puedo sacar de mi cuerpo. Me siento en el piso, con las rodillas contra el pecho, y dejo que las lágrimas caigan en silencio. No quiero que nadie me escuche. Esto es mío. Mis problemas.
No pasa nada. Todo está bien.
Lo digo una y otra vez, como si fuera un conjuro que pudiera salvarme. Pero esta noche, esas palabras suenan más vacías que nunca.