Yo

CAPITULO 5: VIERNES

El viernes siempre tiene algo diferente. Desde que abro los ojos, el aire parece más ligero, y mi pecho no está tan apretado. Es como si, por un breve momento, la vida me diera permiso de respirar. Me visto sin arrastrar los pies, incluso desayuno algo rápido antes de salir.

En el trayecto, el caos cotidiano no me molesta tanto. El metro va igual de lleno, pero no me siento tan atrapado. Hoy parece que puedo soportar el ruido, las miradas indiferentes, la rutina.

Diego se acerca al mediodía, igual que el miércoles.

—¿Qué onda, vienes hoy? —pregunta con una sonrisa.
—Creo que sí.

Su sorpresa es evidente. Me da una palmada en el hombro y se aleja antes de que me arrepienta. Siento una extraña mezcla de emoción y ansiedad. No sé si quiero ir, pero también sé que no quiero quedarme en casa.

Por la tarde, me miro en el espejo antes de salir. No hay mucho que hacer con mi ropa; me pongo lo de siempre, pero limpio. Mis ojeras no desaparecen, pero no importa. "Es una fiesta, no un concurso", pienso.

Cuando llego, la música ya retumba en el edificio. Diego me saluda desde lejos, con un vaso de plástico en la mano. Me da uno igual, y lo acepto sin pensarlo demasiado. El líquido arde al bajar por mi garganta, pero no me importa.

Conforme pasan las horas, las risas y las luces se mezclan en un torbellino que hace que todo parezca menos pesado. Me siento más ligero, menos solo. Entre las caras desconocidas, una me llama la atención. Una chica, cabello oscuro y ojos que parecen esconder algo.

Nos presentamos, aunque no recuerdo su nombre al instante. Empieza a hablar, y yo escucho. Me cuenta de su semana, de sus problemas. Sus palabras son un eco de las mías, pero con otra voz.

—A veces siento que estoy sola, ¿sabes? —dice, con la mirada perdida.
—Sí, lo sé.

Por primera vez en mucho tiempo, no miento.

El alcohol sigue fluyendo, y las palabras se vuelven más fáciles de decir. Ella se acerca más, y en un momento, siento sus labios contra los míos. Es un beso torpe, con el sabor amargo del alcohol, pero es el primero.

Me quedo congelado, sin saber qué hacer. Ella sonríe, como si nada hubiera pasado, y seguimos hablando. Pero yo no puedo sacarme ese momento de la cabeza.

Cuando llego a casa, las luces están apagadas, excepto la de la sala. Mi mamá está ahí, con los brazos cruzados y una expresión que no necesito interpretar.

—¿Dónde estabas? —pregunta, con la voz baja, pero cargada de reproche.
—Con unos amigos.

—¿Sabes que Dani necesitaba que la cuidaras? Tiene el brazo roto, y tú... —Hace una pausa, olfateando el aire—. ¿Estás borracho?

No respondo. No puedo. Solo me encierro en mi cuarto antes de que diga algo más. Mi cuerpo se siente pesado, pero mi mente está en otro lugar. El beso, la risa, el alivio. Todo regresa como flashes.

Me tiro en la cama y cierro los ojos. Entre el mareo y la culpa, aparece un pensamiento.

¿Y si bebo más? ¿Y si esta es la solución? Tal vez... tal vez con un poco más podría ser feliz todo el tiempo.

Con ese pensamiento, el sueño finalmente llega. Pero no me siento en paz.



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En el texto hay: depresion y ansiedad, historiareal, dia a dia

Editado: 14.12.2024

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