Yo era la emperatriz

♚ Capítulo XIX: ¿Costo pero a qué trofeo? ♚

 

 

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C A P Í T U L O 19:

¿COSTO PERO A QUÉ TROFEO?

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Pronto, a casi nada, en un raudo flechazo ese día llegará. Amalaya y estés preparada.

 

 

【♔】

 

 

 

Aún adormecida me revuelvo entre las sábanas despabilando mis neuronas de poco a poco, gracias al cielo es fin de semana lo que me da el chance de quedarme en la cama por un buen rato, ya ni importa si duermo o no, el simple hecho de poder descansar como Dios manda luego del entrenamiento maratónico para el concurso me sabe a gloria.  

 

Viendo que el sueño huyó, paso mi mano debajo de la almohada para agarrar mi celular, atraigo la pantalla a mi rostro, lo desbloqueo y me encuentro con el fondo de pantalla distorsionado. 

 

La foto de mi madre, papá y yo en mi cumple es reemplazada por los padres de Isolde y ella, es curioso verlos con ropas de mi mundo y no ataviados sin los elegantes y pomposos trajes.

 

¿Qué rayos?  

 

Un escalofrío recorre la columna vertebral, esta sensación la conozco.

 

—Isolde… —musito.

 

—Hola querida —doy un respingo cuando se manifiesta encima de mí estando todavía acostada.

 

—¡¿Por qué no puedes aparecer a mi lado de forma normal?! —exclamó acongojada. 

 

Se ríe con gracia y se posiciona a mi lado en lo que me siento recargando mi espalda en la cabecera.

 

—Tu casa espantada es muy bonita —suelta natural y mis orejas sufren los estragos de sus palabras tornándose rubicundas. 

 

—Callate —volteó el rostro tratando de huir.

 

—No te ¿cómo se dice aquí? ¿chivees? —medita un momento—. Exacto. No te chivees(1), que tu belleza es obvia, por algo compartimos alma.

 

Frunzo los labios incrédula, esas palabras endulzan el oído pero se oye tan lindo que da ñañaras(2).

 

Carraspeó leve y prosigo: 

 

—¿Qué fue eso en la fiesta?

 

Esa pregunta rondaba en mi cabeza desde el silencio incómodo que surgió luego de aquel acto.  

 

Sus joyas violetas se afilaron hacia mí, sujetó mi muñeca donde tengo la pulsera de flores y entrelaza nuestros dedos.

 

—¿Cuál es el problema? —inquiere inocente moviendo ligeramente su cabeza a un lado.

 

—No te hagas —repongo algo descolocada—, sabes de qué hablo.

 

—Ah, sí —forma una mueca de certeza levantando el dedo índice de su otra mano—. Te refieres a ese fulano.

 

Habla despectiva aunque de una forma elegante que hasta da gusto que te insulte.

 

—Ajá —la incité a continuar.

 

—El problema era él.

 

—¿Qué?

 

—Sí —da una pausa—, él no es Archi.

 

—Lo sé, por poco me rompes los tímpanos al decimelo  —entre cierro los ojos—. ¿Y eso qué tiene?

 

Suspiro frustrada formando un puchero.

 

—¿De verdad, querida? —inquiere—. Me vas a hacer dudar de que seas mi reencarnación.

 

Auch, eso sí dolió.

 

—O sea, se me hace tonto que no me advirtiras sobre Rubén que es la reencarnación de tu archienemigo pero sí de un desconocido —explico intentando recoger un poco de mi honor.

 

—Oh, sabía que eras brillante, querida —pronuncia pellizcando mi nariz cariñosamente.

 

—¡Cálmate, por favor! —me alejé sobando la zona, en serio que Rodolfo el reno me hace los mandados en mi estado. 

 

—Es que eres muy linda —reitera abrazándome fuerte de lado restregando su mejilla con la mía.

 

—Ya, basta —masculló entre dientes por el apretón—. Mejor quitame la duda. 

 

—De acuerdo, de acuerdo —me libera empero continúa con su agarré de manos—. Yo estoy en otro nivel de realidad, lo que significa que comprendo las cosas con un panorama amplio y con base a ello puedo aconsejarte lo que te conviene y no.

 

Oh, ya entiendo. 

 

Sigo en las mismas. 

 

Supongo que mi rostro denotaba confusión ya que agregó más palabras.

 

—¿Sabes qué es la fe?

 

—¿Eh?

 

Esta Isolde, ¿en serio está mujer fue la que se convirtió en una de las mejores emperatrices de su mundo?

 

—Sí, creo que aquí se define como: La certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve.

 

—Okey… —hago un puchero, la misma burra pero revolcada.

 

—Si lo razonas es ilógico y carece de sentido, mas se trata únicamente de confianza —indica llevando uno de mis mechones sueltos detrás de mi oreja—. Confía en mí, Neri.

 

Me detengo al terminar de escucharla.

 

Un mono silbido brota de mi boca. 

 

—Nunca haría nada para lastimarte —declara.

 

Me rodea con sus brazos de nuevo, me invade su aura cándida, y otra cuestión aflora en mi mente. 

 

—¿Qué pretendías con el sueño del funeral? —farfullé aun en la unión.

 

—Fortalecerte —admite—. Necesitas descubrir tu fuerza interior.




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