Angelo:
Soy el esposo de Camilla Zanetti. Ahora Camilla Lombardo.
Nunca me ha gustado la tradición. ¿Por qué cambiar tu apellido como si le pertenecieras, ahora, a otro hombre? Estamos en el siglo XXI, pero me fascinaría poder modificar algunas costumbres. Aunque admito que nunca me lo había replanteado hasta, bueno, todo esto.
La boda fue tal como imaginé. Un inicio incómodo y un final desastroso. Pero no puedo quejarme en voz alta. Nicole, mi prima, rompió el sanitario consecuencia de sus heridas emocionales provocadas hace años por el idiota de su ex, Ruggero. No hablamos de Ruggero el abandónico. Aun cuando, durante la boda, en medio de mi mal humor, sí estuve a punto de nombrarlo.
Por primera vez, agradecí la presencia de Camilla. Sin ella, me hubiera ganado una magulladura en la mejilla hecha por las filosas uñas acrílicas de Nicole. Merecidamente, lo acepto. Pero mi reciente mujer lo impidió con agilidad. De lo contrario, sé que después, la culpa me hubiera orillado a disculparme.
Al llegar a Campania, Camilla no perdió el tiempo y me puso en mi lugar como si fuese un niño caprichoso. No se sintió bien; a pesar de la razón que llevaba. Por lo tanto, mientras se dormía plácida en la cama, no pude soportarlo más y salí a correr por toda la costa. Ni siquiera recordé llevarme los auriculares. Me lancé a un lugar desconocido con nada más que mi necesidad y mi ahogo. Estuve horas, demasiadas como para contarlas. Volví para ducharme, exploré el hotel y, cuando me aburrí lo suficiente, los cigarros en la maleta me llamaron.
Al salir al balcón, ella estaba tirada en el piso, siendo extraña. No obstante, algo más extraño pasó. Luego de un día infernal —sin mencionar todos los anteriores—, me senté a contemplar la vista y llegó el silencio. Mucha paz. Una serenidad cargada en el aire que alivió el peso en mis hombros. El sueño me invadió como nunca; en serio, jamás lo hace. Volví al cuarto para ponerme el pijama.
Juré nunca volver a pensar en la parte bochornosa que le siguió a eso.
Luego la playa, tonta playa ventosa que casi arruina todo por un tipo de metro setenta y sonrisa falsa. No dejo de pensarlo: ¿y si yo no llegaba? ¿Ella estaría ahora en el bar con él? ¿Arriesgaría todo el sacrificio que hemos hecho por una cita improvisada? Nunca he visto a Camilla con un chico, eso no significa que no haya salido con ninguno. Puedo admitirlo, no soy tan hipócrita. Es linda. Más que eso, Camilla podría considerarse una chica demasiado atrayente como para mirarla, pasar junto a ella y solo seguir de largo. Claro que yo conozco todo el resto, pero el punto es que sería algo ridículo pensar que nunca ha hecho planes con ningún muchacho.
Y estoy seguro de que este le gusta. Habría salido con Lucio en secreto bajo excusas como “solo será una noche y estoy muy lejos de casa”, “Angelo nunca lo sabría”. Es irresponsable. Cada vez tengo más dudas sobre cuán comprometida está con la causa, a pesar de que asegura estarlo mucho más que yo.
¿En serio puedo confiar en ella?
Una cosa tengo clara: haría lo que sea por contentar a Emanuele.
Eso deberá bastarme.
Cansado de ganarle y retarla a hacer cientos de cosas humillantes, tanto como ella a mí, intento ir al baño antes de regresar al hotel.
—¿Qué haces?
—Debo orinar.
—¡No finjas! Regresa aquí —me apunta con un dedo acusador—. Intentarás ponerte bien los pantalones.
Atrapado.
Camilla me retó a ponerme los pantalones del revés y dejarlos así hasta volver al hotel. Si no estuviera ebrio, nunca lo hubiera soportado o siquiera aceptado. También me hizo arrojar mis zapatos de diseñador por la ventana. Está loca. No fue divertido. Fue estúpido. Pero ¿qué importa? Estábamos riendo.
Luego, la reté a bailar ballet alrededor de la mesa un par de veces. No sabe bailar ballet, eso es seguro. Aunque en su defensa, ¿quién, además de los profesionales, puede hacerlo de forma decente?
—Eres demasiado excesiva con los desafíos.
Menciono mientras abro la puerta de salida.
—No hay que tener piedad. Sin importar quién sea el rival.
Sonrío inocente.
—¿Ni aunque el rival sea tu pobre esposo?
Arruga la nariz, sé cuanto detesta que le recuerde nuestra forzada unión.
—Eso solo intensifica el reto humillante.
—Eres retorjida.
—Retorcida, Angelo.
—No te burles —me quejo cuando carcajea—. No estoy en condiciones de pelear ahora. Extraño a Antonio.
—¿En serio ahora estás pensando en tu mascota?
—¿Es que existe un momento adecuado para pensarlo? No es mi culpa que tú no tengas sentimientos —la vacilo.
—¡Oye! Si los tengo, ¡yo también extraño a Aletita!
—De acuerdo, ya entendí. No me grites en el oído —reprendo con una risa que imita luego de empujarme por el hombro.
Tiene los tacones en una mano. No me sorprende que sea el tipo de persona a la que le importa un carajo si pisa mugre o algún vidrio, solo lo hace sin pensárselo tanto. Caminamos por el asfalto, a la izquierda, el mar descansa luego de un agitado día.
—Pensé que tú serías el primero en caer —susurra para sí misma.
—¿Qué dices?
—Creo que voy a vomitar.
Eso me pone alerta y me detengo.
—Amm, deberíamos a ir a un costado entonces —no puedo pensar bien, pero intento apartarla. Se suelta de mi agarre.
—No. Déjalo. Dije: creo.
—Pues, en esta parte pasan muchas personas. Yo no me arriesgaría a devolver el tequila encima de alguien.
—Estoy bien. Fue un reflejo. Un poco de nauseas nada más.
No me convence, la sigo inspeccionando y me mira con evidente molestia.
—¿Estás segura?
—Muy segura.
—Mmh, bien, pero la próxima vez no usemos el alcohol para hacer que nuestro…vínculo progrese.
Sacude la cabeza.
—Me sorprende cómo a veces puedes decir con tanta facilidad que estamos casados y en otras ocasiones te supone un mundo.