Camilla:
«Nada de abrazos» Pero su mano estuvo en mi cintura primero. «Nada de besos» Pero él empezó, al darme uno en la cabeza. Lo sé, había que disimular, teníamos que cumplir con nuestros respectivos papeles. No hubo opción. Solo quisiera dejar de removerme tanto ante el recuerdo.
Suelto un suspiro entrecortado. Se precipita una tormenta. No una real, pero todo a mi alrededor avanza como cuando te preparas y mentalizas para recibir a una.
Convivencia. Vivir bajo el mismo techo. Saber la ubicación exacta en el momento exacto. Verlo al menos diez horas de los siete días de la semana.
Tal vez estoy exagerando.
He imaginado y solucionado estas cuestiones cientos de veces en mi cabeza. Pero la inquietud no se desvanece.
Anoche volvimos al hotel en el autobús, medité todo lo que pude para el año que se viene. No ha funcionado de mucho. Tampoco hemos hablado durante el vuelo, mamá y Bianca nos aguardan en el aeropuerto.
Esperamos nuestro equipaje en la cinta hace como diez minutos. Estas cosas siempre tardan una eternidad. Parados, estirando el cuello para ver las maletas uno junto al otro, el silencio me sabe asfixiante, así que aprovecho para soltarlo:
—No olvides los límites.
Se sobresalta antes de procesar lo que he dicho.
—Tranquila Camilla, traspasar alguna de nuestras barreras nunca estaría en mis planes.
La prepotencia me irrita. Pero no permito que lo note.
—Perfecto.
Murmura algo ininteligible entre dientes.
—¿Qué dices?
—Que está tardando mucho en llegar el equipaje.
Asiento. Cinco minutos después, por fin lo tenemos y bajamos por las escaleras mecanicas. Mamá y Bianca sostienen un cartel gigante entre las dos, más que nada, humillante: ¡Abran paso a los recién casados!
Con las orejas rojas, llegamos hasta ellas.
—Mamá, ¿qué haces?
—¡Oh, Camilla!
—Baja eso —susurro.
—¡Te he extrañado tanto!
Tiene lágrimas en los ojos y solo niego en un suspiro mientras recibo su abrazo. Han pasado tres días y nunca ha dejado de enviarme mensajes, pero eso no me impide admitir que:
—Yo también te extrañaba, mamá.
Su cabello oscuro huele como siempre. A casa. A mi hogar. Ojalá y fuese allí a donde me dirijo. Bianca es menos intensa con su hijo. Lo abraza, acaricia su espalda con una sonrisa entre palabras cariñosas.
Subimos al auto, charlamos sobre el viaje, la playa, el surf, los bares y omitimos las partes feas.
Como al simpático profesor, el tequila, los retos raros, las innumerables discusiones o el trasero de Angelo…
¡Sace eso de tu cabeza, Camilla!
—Bruno sigue manteniendo la boca cerrada. Comienzo a perder la paciencia.
Tal vez heredé lo de ser entrometida de mamá.
—Si papá no lo ha buscado todavía, es porque la cosa está delicada —opino—. Deja que lo procese. El tío no necesita que lo socorran.
Por el contrario, lo detesta. Está para todos siempre, pero cuando tiene un problema, se aleja y se aísla un tiempo. Por eso no he vuelto a enviarle mensajes.
—Ella tiene razón, Alessia. Solo han pasado unos días. Sé cuanto te preocupa el muchacho, pero ya aparecerá cuando lo decida él. Tú tranquila.
Las palabras de Bianca conforman a mamá, que deja el tema. Aprecia mucho a mi tío que, básicamente, lo ha visto crecer junto a papá. Me sorprende que no se haya plantado en su casa para escuchar lo que tenga para decir. Antes le he dicho entrometida pero, viéndolo desde un lado positivo, se preocupa mucho por los que ama. Tanto como para sacarlos de su propio agujero aunque tenga a todos en contra.
Con Angelo vamos sentados atrás con un bolso de por medio, ignorándonos todo lo humanamente posible. Bianca conduce tamborileando los dedos en el volante por la música en la radio. Al menos no comenten nada sobre lo tensos que nos vemos. La conversación se apaga y enciende los pensamientos en bucle de mi cerebro.
Inhalo y exhalo todo el viaje hasta llegar a la colina. Reconozco los arbustos floreados, las calles angostas, los arboles altos, el aroma a comida casera saliendo de los hogares, el bullicio de las personas, risas compartidas. Una sonrisa se extiende en mi rostro.
Extrañaba la casa de verano.
El auto se eleva ligeramente hasta estacionar frente al portón del garage. Bajo sin medir palabras, están todas atoradas en mi garganta. Llego a la parte delantera. Es tal y como recuerdo. Dos pisos, techo de tejas, tantas ventanas que nunca acabas de contarlas, entrada con escalones, una galería que envuelve todo menos la parte de atrás. Incluso la alfombra de bienvenida en el suelo.
—Vaya casa —se le escapa a Angelo que, en algún momento, llegó a mi lado. Asiente, como si, por ahora, aprobara lo que ve. Siento algo frío en mi mano y miro a mamá frente a mí.
—Ya todas sus cosas están dentro —nos informa a ambos—. Pasen.
Es la llave. Se oyó como una sentencia en lugar de la cálidas felicitaciones por la nueva vida que nos aguarda del otro lado. Tomando fuerzas, subo los escalones, pongo la llave en la cerradora, le lanzo una mirada a Angelo, quien está tan nervioso como yo, y abro.
Enseguida veo dos espacios divididos por una pared. El comedor con un sofá y dos sillones reclinables, y la cocina, con sus muebles repletos de utensilios. Avanzo revisando todo con vacilación pero alegría ante los recuerdos que alberga cada rincón.
En la esquina de la mesa, Enzo se golpeó la barbilla cuando intentaba robarle un pastelito casero a la nona, en la repisa aprendí a cocinar fideos y amasar sin llenarme la cara de harina. El tío Bruno me ayudó a saltar la cuerda en la sala de estar cuando me largué a llorar porque Enzo se burlaba de mis caídas.
Angelo pasa el dedo sobre un mueble, evaluando el estado de la casa en silencio. Me percato de lo que hay en el comedor. Aletita está en su acuario rectangular. Me acerco de un salto.
—Hola pequeña, ¿me extrañaste?