¿Qué esperaba que sucediera en la primera semana? ¿Más drama? Tal vez. Pero la realidad es otra. No ha sucedido nada. De hecho, entre las horas de ensayos —sin mencionar las extras que Nicolas prometió—, desempacar, vaciar cajas y el trabajo en la cafetería, apenas he tenido tiempo de llegar a casa y dormir.
He visto a Angelo un total de tres veces. Nos cruzamos por uno de los pasillos —no hubo interacción—, luego por la mañana mientras desayunaba, super temprano, claro, y hace dos días, cuando lo vi en el sofá bebiendo café y tecleando en su laptop.
Tampoco nos hemos dirigido la palabra. No me interesa hacerlo. Aunque admito que, si paso todo el año sin hablar con nadie mientras viva en esta casa, me volveré loca. En los límites estaba estipulado algo muy preciso: no traer amigas a casa.
Aunque no sé si me consideran una, desearía poder invitar a Noelia y Dario. Nos hemos hecho cada día más unidos. Me hacen reír siempre que pelean o se insultan con formas ingeniosas que ni yo tengo con Enzo. Alivian un poco el estrés y la presión de la obra, tanto como los cambios en mi vida.
El fin de semana vinieron papá y mamá como habían prometido. Angelo seguía en LuceNova pero, cuando llegó, tenía el ceño fruncido y nada de hambre, según él. Estaba claro que no deseaba cenar con nosotros. Por suerte.
Giulia viene los martes y jueves a limpiar la casa en las mañanas. Se suponía que era por mí, para que me sintiera menos sola. Acompañada en este nuevo hogar. Solo he podido saludarla con abrazos rápidos y agradecidos antes de correr hacia mi bicicleta.
—Sí, tenía unos nueve años tal vez. Y no cualquiera a esa edad está tan seguro de sus decisiones como lo estaba yo —infla el pecho. Leo no ha parado de contarme toda su vida. Literalmente, desde que supo a qué deseaba dedicarse por siempre, hasta que hoy estacionó su auto afuera del teatro.
—¿Y tú? ¿Cuando lo supiste?
Sonrío, feliz al hablar sobre mi tema favorito.
—No hubo un momento ni una situación, en realidad. O al menos no que recuerde —hago una pausa. Es complicado ponerlo en palabras—. Yo… siempre lo he sabido. Nunca hubo algo más. En absoluto.
Asiente comprensivo.
—Eso es muy profundo. Naciste para esto, Camilla.
—Ambos lo hicimos.
En serio, es muy bueno en lo que hace, y cuando estoy a punto de alagarlo, Nicolas exclama:
—¡Intentamos ensayar por aquí!
Nos sobresaltamos.
—¡Silencio!
Balbuceamos unas disculpas hacia el escenario.
Estamos sentados abajo, esperando nuestro turno. Tendríamos que practicar el guión. El tema es que lo he hecho toda la noche de ayer, no necesito repasar. Y Leo… bueno, él nunca puede dejar de hablar.
—Cuando llegue a casa, dormiré como un muerto —continúa a los minutos en medio de murmullos, robándome otra sonrisa. Hoy por la mañana se canceló el ensayo por problemas técnicos del teatro. No funcionaban las luces y, a pesar de que la iluminación matutina por las ventanas hubieran servido, era complicado practicar con escaleras en medio o electricistas hablando entre ellos. Por lo tanto, una vez solucionado el problema, nos tocó ensayar de noche.
—Yo igual. Espero que el autobús no tarde una eternidad en llegar —me quejo.
—Habría jurado que te vi llegar en una bicicleta el otro día.
—Y no te equivocas —río—. La uso para todo, pero ayer volviendo del trabajo se me pinchó con un tornillo enorme.
Me dolió. La uso para todo y esto nunca me había pasado. Bueno, solo hace meses se desinfló la misma rueda y papá lo solucionó de inmediato. Me niego a solicitar su ayuda ahora. Vivo con un chico —sin importar las circunstancias—, en un hogar, yo sola, y estoy esforzándome por ahorrar dinero y no utilizar las incontables tarjetas de crédito que él me dejó a disposición.
No voy a pedirle auxilio por una simple bicicleta. Ni por nada, si puedo evitarlo.
Esto es lo que he estado buscando. Independencia. Ser funcional. Solucionar mis problemas sola. Libertad. El falso matrimonio tiene más ventajas de lo esperado.
—Vaya. Que mala suerte.
—Lo sé. Pero no importa. Intentaré tenerlo solucionado esta misma semana.
—Pues, mientras tanto, yo puedo llevarte si quieres.
—¿Qué? ¿En serio?
—Claro que sí. No es problema —afirma tranquilo con la espalda contra el respaldo.
—Yo… no, no lo sé, no quisiera molestar.
Sus ojos se abren.
—¿Molestar? Claro que no. Despreocúpate. Muero por presumir mi nuevo Toyota con alguien —bromea. Aligerada por evitar la oscura y desértica parada, acepto su oferta.
—Genial. Durante el viaje te enseñaré mi canción favorita de…
—¡¿Qué les dije?! —grita Nicolas.
—Lo sentimos —hablamos de inmediato cabizbajos mientras Cecilia nos fulmina con la mirada desde el escenario.
—Ya te he dicho que pares.
—En serio, te lo agradezco mucho —repito de nuevo y rueda los ojos—. El autobús es de lo peor.
—Y peligroso en estas horas, Camilla. Deberías pedirle de favor a tu esposo que te busque.
—¿Qué?
—Digo, no conozco sus horarios de trabajo o lo que sea pero, en su lugar, no te dejaría a la suerte de ese mo…
—¿Cómo sabes que me casé? —lo interrumpo incómoda. Eleva una ceja y señala mi mano.
—Pues, ¿por la brillante y nueva alianza en tu mano izquierda? ¿Por el diamante en la derecha? Sé sumar dos más dos.
Ríe pero me mantengo seria. No quería que nadie en la obra lo supiera, pero ¿cómo olvidé sacarme la sortija? Soy tan tonta.