Me sueno la nariz con otra servilleta. A estas alturas me arde. Aunque no tanto como la palma traidora.
—Eso. Sacalo todo, cariño.
Tatiana acaricia mi espalda. Por venir hasta la casa de mi hermano, perderé el autobús y, de paso, llegaré tarde a la obra. Pero no podía descargar todo este llanto en un lugar público. Tampoco planeaba regresar al hogar que Angelo comenzó a manchar.
—Enzo —le advierte— Quieto.
Este vuelve a sentarse sobre el sofá con un resoplido.
—¿No ves cómo está de mal? Le advertí lo que sucedería, pero no escuchó —mi hermano presiona la mandíbula.
—¿Le advertiste? —pregunto— ¿Qué cosa?
—Da igual —suspira Tatiana y se sienta junto a mí— Puedes confiar en nosotros, Cami, ¿lo sabes, verdad?
—Exacto —Enzo pone sus codos en las rodillas. Me mira fijo— Si está pasando algo… malo con Angelo, puedes decirme y yo…
—No. No es lo que piensan —limpio mis lágrimas y arrojo la servilleta dentro del bote de basura que pusieron junto a mí—. Ya saben que siempre nos hemos comunicado a base de ofensas, pero hoy he explotado. No me reconozco.
—¿De qué modo has explotado, hermana?
Me abrazo. Vacilo antes de confesar.
—Le he dado una bofetada.
Abren los ojos.
—Fue un impulso. Lo siento.
Dicen al unísono:
—¿Y él qué hizo?
—Oh, dios —Tati se cubre la boca.
Me acomodo en el lugar un par de veces. Aunque es inútil. La incomodidad por esta culpa no se evapora.
—Nada. Solo se quedó quieto. Luego salí de casa.
Con rememorar la discusión, mis estúpidas acciones, las emociones negativas hacia él que no consigo controlar, me regresa el nudo en la garganta.
—Estoy seguro de que no lo hiciste sin una buena razón —responde contundente.
—Cami, si quieres pasar unos días aquí en casa, puedes hacerlo sin problemas —ofrece mi cuñada compadecida.
—Prepararé el cuarto de invitados.
Limpio otra lágrima antes de que se derrame. Sacudo la cabeza de inmediato.
—No. Claro que no. Se los agradezco. Solo necesitaba salir de allí y despejarme un momento.
—¿Segura?
La expresión de Enzo me dice que irá hasta la colina y encerrará a Angelo en alguna de las habitaciones, bajo diez llaves, para que no me lo cruce de nuevo, si así lo deseo.
—Tranquilo. Estoy segura.
Asiente a regañadientes.
Lo último que me falta para sentirme peor es quedarme en el hogar de mi hermano y su esposa embarazada porque he tenido una pelea con mi falso marido. Tendremos muchas más. No puedo mudarme aquí en cada una de ellas.
—¿Por qué discutían esta vez?
—¿Y cómo escaló a una bofetada?
Apoyo la espalda en el respaldo.
—Bueno. En serio no me gusta victimizarme. Pero no dejaba sus acusaciones sobre serle infiel.
—Es un maldito cabrón. Lo voy a estrangular —maldice.
Tatiana le lanza una mirada para que se relaje.
—Sí que es un idiota, pero no matarás a nadie, amor.
Mi hermano intenta respirar hondo. Su enojo me recuerda a la vez en que golpeó durante una fiesta de negocios a un ex novio de Tatiana que, de hecho, constantemente nos encontramos en esos eventos. Así se conocieron ellos. Nunca supe la razón para tanto salvajismo, era demasiado pequeña como para que me contaran respecto esos cotilleos. Lo que sí es seguro, es lo incrédulo que nos dejó. Enzo era un chico que nunca había golpeado a nadie, menos con tanta zaña. Nunca ha sido alguien problemático. Por otro lado, cuando se trata de proteger o defender a quienes ama, es capaz de todo y más. Aquella fue una época conflictiva para él.
—No puedo creer que tenga la audacia de acusarte sobre semejante cosa.
—Vaya tipo resultó ser ese Angelo —Tatiana niega enfadada.
La calidez se extiende en mi corazón. Ni siquiera me preguntan por qué ha surgido la acusación. No hay duda respecto a mis valores. Sonrío aliviada.
—Ya no sé qué hacer con él. Menos cuando me continúa atacando sin razón alguna.
—Papá estaba equivocado con esto. Debería hablar con él y decirle que sus tontos planes no funcionarán. Nunca debí permitirlo —farfulla con una culpa que no le corresponde.
—No. No vas a hablar con papá. Olvídalo, solo ha sido una pelea.
—Una que terminó con golpes y lágrimas, Camilla —dice firme—. No puedes arriesgarte a que se repita.
—Enzo, tal vez pueda haber otra solución —aporta Tatiana.
—No lo entiendes. Si algo parecido volviera a ocurrir, nada me detendrá. Voy a matarlo y Orazio dejará de considerar a mi padre como su socio, eso es seguro.
Comienzo a dudar de mis decisiones cuando lo escucho. Puede que venir a buscar un escape aquí haya sido mala idea.
—Camilla —Tati me sujeta de la mano y se gira hacia mí— Puede que la solución sea lo más simple.
—¿Encerrarlo en una de las habitaciones durante los próximos doce meses? —me mofo para destensar un poco el ambiente y ríe.
—Puede ser nuestra segunda opción pero, por ahora, solo… hablen.
—¿Hablar, cariño? —se queja Enzo.
—Si. Siéntense y hablen, Camilla. Pero en serio. Sin riñas, comentarios pasivo-agresivos o bofetadas impulsivas.
Sacudo la cabeza.
—¿Crees que no lo he intentado cientos de veces? No tiene caso, él me odia y eso es todo lo que necesita para tratarme como a un saco de patatas.
—Es cierto. Se ha comportado toda la vida como si mi hermana le debiera algo. Como si el mundo entero le debiera algo. Es un idiota.
—No le pongas mas leña al fuego —demanda hacia mi hermano.
—Eso es cierto, Tatiana. Lo siento, pero no creo que una charla con Angelo Lombardo cambie años de rencor entre ambos.
Lo analiza un instante mordiéndose la mejilla. Sus ojos igual de castaños que su cabello, brillan mientras busca en vano una solución para mí. Al final asiente.
—No lo hagas por él, entonces. Ni por remediar algo en esa relación tan desgastada. Hazlo por ti.
Ladeo la cabeza, confundida.
—¿Cómo? ¿Por mí?