Para Emma, la vida siempre se había medido en el grosor de las cajas de cartón y en el olor a cinta de embalar. Sus padres eran profesionales cuyo trabajo exigía un movimiento constante, lo que la había moldeado como una chica reservada, introvertida y experta en el arte de pasar desapercibida. Aunque, en realidad, ocultarse le resultaba casi imposible: Emma era una joven hermosa que se hacía notar a donde quiera que llegara. Sus ojos color café oscuro, su cabello castaño, largo y con ondas naturales, se complementaban con una sonrisa que cautivaba y una personalidad que despertaba curiosidad instantánea. Sin embargo, había construido una coraza. Detrás de ella, Emma poseía un mundo interior enorme y una lealtad inquebrantable que solo mostraba cuando se encontraba en el ambiente ideal y con las personas correctas. Pero esos ambientes eran un lujo que rara vez se podía permitir.
A mediados de ese año escolar, ingresó a una nueva preparatoria en una ciudad calurosa y ruidosa. Como sus padres se retrasaron con la logística de la mudanza, entró tarde, cuando las clases ya habían arrancado y los grupos estaban formados. Debido a esto, le asignaron el turno de la tarde.
Apenas una semana antes de su llegada, el salón que le asignaron había sido el hogar de Cris. Él asistía originalmente por las tardes y se sentaba en esas mismas sillas, pero debido a la alta exigencia de sus prácticas de béisbol, el entrenador había solicitado su transferencia inmediata al turno de la mañana para que pudiera entrenar en las tardes. Por solo siete días de diferencia, no compartieron el aula. Si ella hubiera llegado a tiempo o si él no se hubiese cambiado de turno, tal vez la historia habría tomado un rumbo diferente; tal vez habrían tenido la oportunidad de construir una amistad desde el primer momento. Pero no siempre las cosas salen como se esperan.
Al principio, sus cruces eran meramente visuales durante el cambio de turno: ella entrando a la preparatoria con la mochila al hombro y él saliendo a toda prisa con su bolso de entrenamiento. Cris era el receptor estrella del equipo. Alto, con un cuerpo atlético para su edad debido a su estilo de vida, era de tez blanca, con leves pecas en su rostro y un cabello castaño que, al dejarlo crecer, formaba unas ondas muy bonitas. Carismático y seguro de sí mismo, siempre era el centro de atención. Sin embargo, no hubo un acercamiento inmediato.
A lo largo de esos primeros meses, Emma siempre sintió la mirada de Cris sobre ella. Cada vez que se cruzaban en el pasillo, él la observaba con una fijeza sutil, con una curiosidad profunda, como si intentara descifrar el misterio que se escondía detrás de su timidez. Ella lo sentía, pero él nunca se atrevía a dar el primer paso.
Hasta que un día, por accidente, se tropezaron al salir. Él tumbó algunos de los libros de Emma y ella rápidamente se agachó a recogerlos. Cris de inmediato hizo lo mismo y, por primera vez, la miró fijamente a los ojos mientras pronunciaba un sincero: «Lo siento». Esa mirada tan intensa confundió a Emma. «¿Por qué se siente tan penetrante? ¿Qué debo hacer o decir?», se preguntó. Al final, solo alcanzó a responderle: «No te preocupes». Al tomar el último libro, sus manos se rozaron levemente. Emma sintió arder ese breve contacto, por lo que retiró la mano rápidamente, se puso de pie y se marchó.
El interés se fue construyendo así, en silencio, a base de miradas esquivas. Emma había escuchado hablar de Cris; sabía que era popular y que, además, tenía una novia un tanto asfixiante. Él era territorio prohibido para cualquier chica que quisiera acercarse, y Emma no tenía la más mínima intención de hacerlo. Sin embargo, una tarde cualquiera, recibió sorpresivamente una solicitud de amistad de su parte en Facebook, una acción que haría que, poco a poco, se fueran acercando.
Él empezó a escribirle constantemente por el chat. Emma no sabía realmente cómo tratar con él porque todo resultaba muy confuso; además, él seguía sin acercarse en persona. Era como si a través de la pantalla fuera un chico totalmente diferente al que caminaba por los pasillos.
Pero un día, algo sucedió. El verdadero punto de partida ocurrió durante la feria escolar. Contra todo pronóstico, y a pesar de su personalidad reservada, Emma fue elegida como reina de su curso de octavo grado. El día del evento principal, le tocó participar en un desfile conjunto donde las representantes de ambos turnos debían presentarse ante todo el colegio.
Fue en medio del bullicio de la feria donde Cris finalmente se armó de valor. Se acercó a ella en compañía de su grupo habitual de amigos, usándolos un poco como escudo, y le pidió el favor de que les tomara una fotografía con su teléfono móvil. Emma, asustada y extremadamente nerviosa por verse rodeada de repente por esos chicos tan altos y atléticos, tomó el teléfono con dedos temblorosos. Encuadró la imagen a toda prisa, presionó el botón y le devolvió el dispositivo, deseando que la tierra la tragara para poder volver a su zona de confort.
Fue justo en ese instante, cuando ella se disponía a dar la vuelta, que él pronunció su nombre por primera vez.
—Espera —le dijo Cris, mirándola fijamente mientras una inusual timidez empezaba a filtrarse en su voz—. Tomémonos una foto nosotros dos también, ya que eres la reina de octavo grado.
Ese momento, congelado en la pantalla de un celular, dejó una marca imborrable en ambos. Lo que Cris hizo esa tarde con la fotografía dejó perpleja a Emma; no lo podía creer. No solo había subido la imagen a sus redes, sino que la había etiquetado con una dedicatoria: «Con la reina más bonita de la institución».
A partir de ahí, las personas empezaron a comentar. Emma no sabía qué pensar ni cómo reaccionar. Denisse, la novia de Cris, rápidamente se enteró de lo sucedido y le envió un mensaje directo y amenazante a Emma, donde prácticamente le decía que tuviera mucho cuidado con dónde se metía. Lo cierto era que Emma no se estaba metiendo en nada; ella nunca hizo ni dijo algo que la pusiera en el papel de una quitanovios. Cris era el que, de alguna manera, buscaba excusas para tener contacto con ella. Denisse era una chica de un curso más avanzado que Cris. Al ser mayor, poseía una seguridad imponente y un control absoluto sobre su entorno. Su relación con él era un vínculo tóxico y cíclico, un bucle eterno de rupturas dramáticas y reconciliaciones de las que todo el colegio hablaba.