Tras meses de mensajes interminables y del coqueteo constante de Cris, acordaron verse en persona aprovechando un viaje de él a la nueva ciudad de Emma. Era el momento de hablar con sinceridad de lo que sentían, lejos de las pantallas.
Cris fijó la hora en un lugar neutro. Aquel día, Emma llegó un poco antes de la cita, directa desde sus clases. Su tiempo era milimétrico debido a las estrictas reglas de su casa. Esperó, mirando el reloj de su teléfono con los nervios de punta, pero los minutos pasaron y Cris no apareció. Temiendo ser descubierta por sus padres, no pudo esperar más tiempo; se dio la vuelta y se marchó con el corazón roto, pensando que tal vez él nunca había tenido la intención de ir.
El destino les jugó una mala pasada. Cris sí había ido, e incluso su madre lo había llevado en auto hasta el lugar. Pero debido a un retraso, llegó minutos después de que ella se fuera. Al no verla, la humillación cayó sobre él: frente a su propia madre, había quedado plantado. Su orgullo herido se transformó en resentimiento, asumiendo que Emma le había mentido y que nunca estuvo allí.
Cuando retomaron el chat, la distancia era evidente. Cris, avergonzado, nunca confesó lo de su madre ni confrontó la situación; prefirió refugiarse en el coqueteo superficial de siempre. Estaban atrapados en un "casi algo" que dolía, pero el sentimiento en la boca del estómago seguía siendo tan fuerte que los mantenía unidos por un hilo invisible, deseando verse aunque fuera por un minuto.
Fue entonces cuando llegó la noticia definitiva: los padres de Emma anunciaron que se iban del país.
La frustración y el enojo despertaron en Emma. Por una vez, quería tener una vida normal, amistades sólidas y una relación real. Como el viaje era un hecho, le hizo una petición firme a sus padres: celebrar sus dulces dieciséis. No había celebrado sus quince años debido a las constantes mudanzas y a que sus lazos siempre habían sido superficiales, así que veía esta fiesta como un anclaje, una despedida inolvidable del lugar y de la gente que dejaba atrás.
Su madre la apoyó por completo. Pasaron semanas escogiendo la decoración y el vestido, cuidando cada detalle para que esa noche fuera mágica.
El día llegó. El salón brillaba con una luz cálida y elegante, pero nada se comparaba con ella. Cuando las puertas principales se abrieron de par en par para su gran entrada de la mano de su padre, un murmullo de admiración recorrió el lugar. Emma se veía sencillamente espectacular; llevaba una hermosa pieza color champagne de estilo sirena que abrazaba su silueta con una elegancia impecable, abriéndose en la parte baja en una impresionante cascada con muchas capas de tela que flotaban a cada paso. Para complementar, su cabello castaño había sido estilizado con una delicada trenza ligeramente recogida a un costado, permitiendo que su larga melena luciera de lado con ondas perfectas que caían sobre su hombro. Con sus tacones a juego y una seguridad que le iluminaba el rostro, todo en ella era perfecto esa noche; no parecía la típica princesa de cuento de hadas tradicional, sino algo mucho mejor: una versión radiante, madura y hermosa de sí misma.
Lo primero que sus ojos enfocaron al fondo del salón fue a él. Cris estaba allí.
Al cruzarse sus miradas, la fachada carismática de Cris desapareció. Se quedó estático, ruborizado y completamente embobado con la visión color champagne que avanzaba por el pasillo. Después de cumplir con el protocolo familiar bajo la mirada analítica de sus padres, Emma caminó hacia él.
—Hola —dijo con una sonrisa tímida—. Gracias por venir a mi fiesta.
Cris parpadeó, aclarándose la garganta con evidente nerviosismo, atrapado por esa timidez que solo ella despertaba.
—Te ves... eh, yo... creo que te ves demasiado hermosa.
Emma sintió que un cálido rubor le subía por el cuello, pero sostuvo la mirada. Los meses de mensajes evasivos, el dolor de la cita fallida y la distancia parecieron congelarse bajo las luces del salón.
—Gracias —respondió ella en voz baja, entrelazando sus dedos con nerviosismo—. De verdad no estaba segura de si vendrías. Pensé que la distancia... o que tal vez estabas demasiado ocupado.
Cris desvió los ojos un segundo, y la sombra de aquella tarde en la que se sintió plantado frente a su madre nubló su expresión por un instante. Sin embargo, al volver a enfocar a Emma, su postura defensiva se desmoronó.
—Te dije que vendría, Emma —dijo, dando un paso casi imperceptible hacia ella, bajando el tono de voz para que no se perdiera en la música de fondo—. Aunque a veces parezca que no cumplo... esta vez tenía que estar aquí. No podía dejar pasar la oportunidad de verte. No otra vez.
Ese "no otra vez" flotó entre los dos como una acusación silenciosa, un recordatorio directo del día en que se desencajaron las agujas del reloj y terminaron buscándose en un lugar vacío. Emma apretó los labios, sintiendo el impulso de gritarle que ella sí había ido, que lo había esperado hasta el último segundo que sus padres le permitieron. Pero el ambiente de la fiesta y la fragilidad del momento la hicieron contenerse.
—Ha pasado mucho tiempo —se limitó a decir ella, con una pizca de melancolía—. Ya casi olvidaba cómo era hablar contigo sin tener una pantalla de por medio.
Cris sonrió de lado, recuperando un destello del chico carismático de octavo grado, aunque sus ojos seguían fijos en ella, embobados.
—Sí, la verdad es que el chat no le hace justicia a cómo te ves esta noche —admitió, rascándose la nuca—. Oye... tus papás me están mirando como si quisieran sacarme con el equipo de seguridad. ¿Está permitido que te pida una pieza de baile o voy a causar un problema?
Emma miró de reojo la mesa principal. Su padre lo observaba con una seriedad imperturbable y su madre disimulaba una mirada curiosa. Sabía que bailar con él frente a todos era un acto de rebeldía en su estricto hogar, pero también sabía que su tiempo en ese país se estaba agotando. Ya no tenía nada que perder.