Yo y Mi Suerte de Perro

Ladridos de Amor y Desengaño

2

Mi vida es tan interesante, que no tengo tiempo para estar hablando de otros cuando tengo tanto para hablar de mi.

¡Ese pequeño y tierno bulldog!

Estaban ese par de almendras pulidas al final del callejón mirándome sin mirar; me tope con ellas al ir de mandado a la bodega, en los bajos barrios no existe el super market ni el mini market, no en aquella época; allí existían únicamente las “bodegas” el local donde se venden chucherías y un poco de cada cosa de lo que se pueda necesitar en el hogar. En los 90 aún la tecnología no era tan avanzada, no habían celulares al alcance de todos, ni esa cantidad de inventos de la generación de cristal; por otro lado en la adolescencia se tiende a maximizar cada emoción y eso ocurre en todas las épocas desde que el mundo es mundo hasta ahora.

El sol ya estaba por meterse y mis largas y torneadas piernas iban danzando mientras repetía sin cesar como una canción:

— ¡Un cubito, un cubito, un cubito!

Frené en seco, se arrebolaron mis mejillas, tímidamente sonreí, mis ojos se achinaron de emoción, las manos me sudaron, se volvió una eternidad aquel instante; todo a mi alrededor estaba paralizado mientras le tatuaba ese momento a mi memoria recreándome en sus gruesos hombros, sus pies cortos, sus piernas y brazos musculosos, su cabeza grande en proporción a su cuerpo adornada por una cresta de cabello azabache, sus ojos almendrados, los labios carnosos y gruesos de los que sobresalían los dientes como un conejo, todo eso me resultaba atractivo; lampiño, blanco, varonil y como nada es perfecto... bajito. Desde lejos era un lindo bulldog.

Ni cuenta se dio de que yo estaba allí, pase por su lado y ni pendiente, mientras tanto llegué y le pedí al bodeguero “un juguito” sí “un juguito” de cualquier sabor.

Mi mente solo podía imaginar como iba a conquistar a ese ser que me ignoró, planificando la estrategia, maquinando, proyectando ¡Ya lo conocía! Era vecino, amigo de la infancia, eso me daba algo de ventaja; llegué a la casa y mi mamá con la mirada extrañada preguntó:

— ¿Y eso?
— ¿No me dijiste que comprara un juguito? Respondí con otra pregunta.
— ¡yo te mandé a comprar un cubito de carne para la sopa cabeza de frito! (con chancleta en mano) Me agarró de los cabellos, me sacudió y con juguito en mano fuimos juntas a la bodega a cambiar el mandado.
Ya él no estaba por allí.

******

Nuestras madres se conocían, de hecho mi madre planchaba para la madre de él, así que decidí acompañarla en adelante y poder acercarme, empecé por manifestar mi admiración por sus trabajos académicos y ofrecerme para ayudarlo a estudiar, surtió efecto, nos hicimos buenos amigos, nos contabamos el dia a día; descubrí que al igual que el bulldog era dócil, voluntarioso, amigable, fiel, leal y cariñoso, sobre todo con quién construía una relación fraternal.

En cualquier circunstancia mostraba un carácter amable, era valiente sin ser vicioso ni agresivo, generalmente arreglaba todo del modo pacifico y digno. A excepción de un día en la cancha de baloncesto donde el zurdo lo empujó y le dijo “enano”, sin decir una palabra se paró frente a él bajo el aro de la cesta y con la mano izquierda le plantó un cachetón que el zurdo se puso virolo. No terminó eso en malos términos, la impresión hizo que todos rompieran en risas.

Mi vecina se enamoro de él, le sudaban las manos y reía sola cada vez que el estaba cerca, brillaba de emoción, el tambor de su pecho era tan fuerte que yo podía sentirlo a un par de pasos de distancia; él lo notó, además era hermosa, flaca, de mediana estatura como yo, morena clara, de cabellos largos, castaños oscuros, abundantes, con proporciones bien distribuidas sin caer en la vulgaridad, algunas pecas decoraban su faz, usaba frenos en los dientes aunque no los necesitaba, la nariz respingada y poseía seductoramente unos ojos de gata, era graciosa tierna, deslumbrada por su encanto. Nació entre ellos algo más.

Crecimos juntas; pudimos ser mejores amigas por un tiempo largo, compartía con ella un diario donde expresaba a corazón abierto mis sentimientos por quien fuese, de mi amigo el gato nunca escribía nada ¿Para qué? Él tenía una novia en cada esquina, nunca un amor verdadero, cuando se cansaba de ellas me pedía que lo sorprendiera y le armara un escándalo para usarme de excusa y romper la relación; formaba parte de su naturaleza ir tras cualquier presa, la vida suele sorprendernos en el momento menos esperado y es por eso que se llaman sorpresas a algunos eventos extraordinarios… una tarde lluviosa mientras iba a su casa fue sorprendido por unos delincuentes que lo hicieron correr por la avenida para robarle los zapatos, corrió lo mas rápido que pudo pero no lo suficiente para evitar ser alcanzado por una bala que lo obligó a saltar un muro y caer de bruces al otro lado, no supe más de él.

Un año más tarde me pregunta mi madre:
— ¿Sabes quién anda por ahí?
— ¿Quién? Con los ojos como dos huevos fritos pregunté.
— ¡EL GATO!
— ¿El gato? Pensé que no volvería nunca más.
— Vino a visitar a su mamá, anoche estuvo dónde la vecina, creo que siguen siendo novios.

La vecina no me había contado nada, aún cuando conversamos con frecuencia para contarle de mi amor colegial, tenía sus propios secretos de mi quizá, de cualquier manera eso ya no era importante. Sin embargo la vida tenía algo reservado para mí. De nuevo como fue costumbre fui a hacer el mandado para la cena en casa, está vez a comprar un plátano maduro, vestida de leggins azules, sudadera blanca, unas chanclas desgastadas y con el cabello recogido en cola de caballo, ya para este tiempo el talle de mi pecho era un 36 copa B y usaba gloss en mis labios pequeños pero carnosos.

— Un plátano maduro, un plátano maduro, un plátano maaaa ¡Ay!

Una mano que salió de una pared oscura tomo mi cola y la halo con fuerza hasta lograr que nuestras caras quedaran frente a frente, sus almendras, sus ojos pulidos miraban mi boca, me miró a mi.




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