Yo y Mi Suerte de Perro

Nuestro Amor

3

“Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?”
Jeremías 17:9

Estábamos dejando atrás nuestra adolescencia; él en sus entrenamientos para detective de la policía técnica judicial (PTJ) y yo a punto de entrar a la universidad a prepararme como profesional de publicidad y mercadeo, nuestros encuentros se redujeron un poco, el gato pasaba la mayor parte del tiempo en el comando, haciendo prácticas de tiro al blanco, planificando estrategias, embebido en lo que sería su más grande amor; por el contrario yo luchaba con los horarios para abrir espacios que nos permitieran estar juntos, algunas veces al coincidir en la parada del bus en el centro de la ciudad se me acercaba:

— ¡Buenas noches! -decía con gallardía-
— Buenas noches. -le respondía a secas-
— ¿Esperas a alguien?
— Si, espero a mi novio pero, si no llega en veinte segundos me iré con el primero que conozca y seré de él.

Guardaba silencio y pasado veinte segundos volvía:

— ¡Mucho gusto, mi nombre es Richard! – extendiendo la mano derecha para presentarse—.

Una mano impecable, pequeña, blanca, con manicure, una mínima cicatriz sobre el dorso; recuerdo de una caída en la niñez, un ojo de gato azul empotrado en un sencillo anillo de oro decorando el anular.

— Me llamo Adriana. – entre risas-
— Iré contigo donde tú me lleves. Siempre y cuando seas mi amuleto de la buena suerte.
— ¡Lo seré!

Subíamos al autobús y fingíamos ser unos desconocidos, nos mirábamos detallando nuestros rostros, miraba mis labios mientras yo le hablaba de lo rico que es la lasaña con tajadas, me sorprendía robándome un beso que me hacía desternillar de risa un instante y al otro concentrarme en el sabor de sus labios.

Las luces de la noche a través de las ventanas del autobús eran las estrellas más bonitas que podían existir, llegábamos al barrio, bajábamos del bus mientras me susurraba:

— Hay un lugar al que seguro te gustaría acompañarme hay comida deliciosa y hay amor.

Asentía con la cabeza y le tomaba de la mano, aquella mano de la que tantas veces me aferre jugando al escondido.

En una esquina un teléfono público, de los que funcionaban con monedas era el enlace con una voz masculina que le decía:

— ¡Buenas noches! ¡Aló!
— Hola hermano soy yo ¿Cómo está todo por allá?
— ¡Todo bien! ¡Hey! ¿por qué me hablas así?
— ¿Así como?
— Como si fueses otro.
— Soy yo. No te preocupes ¿puedes poner tu llave donde sabes? Que iré para allá con alguien.
— ¡Aaaaah ya entiendo! Tranquilo, cuenta con eso.

Colgaba y apretaba el paso conmigo al lado, caminábamos por un callejón y bajo una lámpara tenue entrábamos a una habitación cálida, no muy grande pero amoblada con una cama matrimonial, un clóset de imitación de madera, una nevera ejecutiva, un televisor grande con VHS incorporado, una estufa sin horno y un baño pequeño y lindo, de fondo una melodía de salsa "un amor como el nuestro no debe morir jamás”… el olor a flores silvestres de un aromatizante inundaba el ambiente y con arrebatos de pasión nos desvestíamos para poseernos, no como los novios que éramos si no como dos extraños que tal vez no volverían a verse.

Era un buen trato aquello de “si nos enojamos dejaremos de ser novios, pero seremos amantes, si no queremos, entonces seremos amigos y si eso no funciona encontraremos alguna forma de engañar al enojo para seguir estando juntos”

Pasado un corto tiempo salíamos a las carreras para llegar a nuestras casas cada uno por su lado y enfrentar las cantaletas de nuestras madres por el retraso.




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