Yo y Mi Suerte de Perro

El Menor

8

Todo estaba revuelto en la oficina, ¡hay casos increíbles! <<Se supone que los niños deben estar en la escuela, haciendo tareas en su casa o jugando con los amigos a indios y vaqueros. ¿En que se esta convirtiendo la sociedad?>> Eran los pensamientos del jefe que estaba dando más vueltas que perro con gusanera. Se tocaba la calva sin cesar, se estrujaba la cara.

Mientras tocaba su barbilla cabizbajo, finalmente se detuvo en seco; tomó el teléfono y a alguien le dió instrucciones para convocar una reunión de emergencia en el último minuto, sin importar las cosas que tenían que hacer los subalternos debían estar en la sala de conferencias inmediatamente, todos. “Tenemos un caso un tanto delicado” informó con pesadumbre.

En la sala todos se miraban llenos de incertidumbre, este señor no estaba acostumbrado a dar vueltas para informar de ningún caso. Así que la situación debía ser bien delicada.

— ¿Qué es lo que está pasando jefe? Deje el misterio y díganos sin anestesia que es lo que nos tiene que decir — preguntó uno de los detectives—
— Tenemos a un menor de nueve años azotando un barrio entero.
— ¿Cómo? —exclamaron varios al unísono—
— ¡Como lo oyen! Tiene nueve años, consume y vende estupefacientes, ha liquidado a varias personas y además es sicario y por si fuera poco te da un tiro si lo miras mal. No sabemos quién le dio el arma, no sabemos quiénes son sus familiares, no sabemos si opera solo, únicamente nos informan que lo llaman “Ronita”.
— ¡CARAJO! Esto ya es el fin del mundo —expresó otro—
— Disculpe jefe… ¿Cuál es la orden? —preguntó el gato—
— La orden… es un menor de edad, dañado, asesino, con el cerebro achicharrado por el vicio, en un correccional solo traería más tragedias. La orden es darle de baja.
Silencio sepulcral fue lo único que hubo después de esa concisa explicación. Sabrá Dios cuántos minutos pasaron antes de que alguien más reaccionara. Que espantoso resultaba armar una comisión para ir a enfrentar a un crío de nueve años, probablemente armado hasta los dientes, sin miedo y bien drogado.

******

Recostado de un muro, con los ojos rojos, desorbitados, hablando solo, enrollando un tabaco de vicio estaba aquella criatura. Sus cabellos desordenados lo hacían ver sucio, en su cintura estaba el arma, no es que yo supiera mucho de pistolas, había visto la de el gato alguna vez, y en televisión también se ven, era un 38 cañón corto Smith Wesson Special. Se lo robo a un tío que a su vez se lo había robado a un policía; se despegó del muro y arrastrando los pies, tambaleándose se acercó a la puerta de una vecina y le pidió agua, la mujer se volvió amarilla cuando lo miró, tartamudeo y sin dejar de mirar a la puerta fue a la nevera y sacó la jarra, a pasó veloz alcanzó un vaso sin saber de dónde y se lo ofreció sin mirarlo mucho a la cara.

— ¿Qué pasó?— le dijo arrastrando cada palabra— ¿Me tiene miedo? — disfrutando el terror que vislumbraba en la mirada de la señora— usted me está dando agua y lo está haciendo porque quiere, no tengo que hacerle nada. Quédese quieta y cierre la puerta, yo ya me voy.
— ¡No vale! Nada, todo tranquilo. Cuídate.
— Usted más que yo.
Y se fue.

*****

Una vez más estaba yo a la espera de alguna llamada, mi corazón palpitaba como con un presentimiento, ya no quise esperar, llamé a la oficina una y más veces hasta que logré comunicarme con él.

— ¡Hasta que por fin me atiendes el teléfono!
— Escucha. No es que te esté evadiendo, se presentó algo.
— ¿Algo, algo? Tu y tus “algos” últimamente.
— Oye estoy en la oficina. No hagas esto por teléfono.
— ¡¿Prefieres que vaya personalmente?¡
— No, espérame hoy.

Lo dijo de una manera tan seca y sin ánimos que no me quedo más que guardar silencio. Me preocupe, ¿que pudo haber pasado para que el gato estuviera así? Las horas pasaron rápidamente, mi madre reprochándome que yo no estaba pendiente de mi suerte, que mi mundo giraba únicamente alrededor del gato y que la vida era mucho más que eso. “el amor no lo es todo, la independencia y la autonomía es lo que hacen completo a un ser humano”. Sí la oía, pero no la escuchaba, estaba perdida entre los celos que sentía y el amor.

El llegó puntual, triste, lo abracé fuerte, el olor a gasolina de la moto era más fuerte que de costumbre, desde que la compró olía más a calle que a perfume, me gustaba ese aparato, se veía muy galán en ella, más alto, más aguerrido, más varonil. Apoyo su frente en mi hombro y se quedó en silencio. Esperé. Podía esperar todo el tiempo del mundo si el estaba conmigo.

La gente mayor tiende a pensar con sabiduría la mayor parte del tiempo, por el contrario los jóvenes se dejan arrastrar por la pasión y el arrebato de la juventud.

Cuando el gato se compró la moto la estrenamos juntos, nos pusimos nuestras mejores pintas y la sonrisa no nos cabía en el rostro, pasamos el día entero dando vueltas sin rumbo, corriendo en la autopista, esa sensación de libertad que se siente, como pájaros al vuelo, extendía mis brazos hacia los lados de cuando en cuando y me sostenía a él con las rodillas, ¡Que felicidad! Sin prisas, el aire moviendo mi cabello al viento. Anocheció tan pronto.

El cielo oscureció mientras atravesábamos el elevado con rumbo a la casa, la lluvia nos golpeaba con sus grandes gotas en la cara, ¡que júbilo sentí! no tenía miedo, estaba con quien más amaba en este mundo. Además, mi suerte me esperaba en casa, cada noche. Era nuestro, un mestizo educado, inteligente, capaz de oler el peligro, él tampoco me dejaría, ¿qué más podía pedir?




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