Yo y Mi Suerte de Perro

Malicia, La Semilla del Mal

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<<¿Y si conseguía un empleo?>> La idea me seducía, lo consulté con algunas compañeras de la universidad con las que aún me mantenía en contacto y me apoyaron.

Participé en algunos castings para convertirme en promotora de licores, sin embargo, ese tipo de muchachas tenía una clase de actitud y porte distinto al que yo poseía, es algo que salta la superficie, tal vez elegancia, un tipo de belleza natural, algo que no pudiera describir con palabras pero que obviamente existe entre todas las mujeres como entre las razas de los perros, Es como decir que algunos ya vienen con pedigrí. Lo que no era mi caso, cómo expliqué al principio, yo era mestiza.

Terminé rindiéndome con los licores, ya que no hubo manera de que alguna empresa me aceptara. Asistí a otras entrevistas en agencias menos populares y que se dedicaban a otra línea de productos, mi cabello no era nada especial así que con productos de belleza capilar no tuve suerte, el maquillaje no estaba de moda y además lo poco que había de ese mercado estaba acaparado.

Finalmente me conformé con ser promotora de electrodomésticos, dicho sea de paso, de unos productos que se vendían solos, ya que era una de las mejores marcas en el mercado, de esos que tienen garantía para toda la vida; el uniforme: un short de gabardina negro y una chaqueta tipo taller color naranja, además de eso tenía que utilizar tacones y medias panty. Muy dentro de mí estaba decepcionada.

Mi autoestima, que no está de más explicar, era demasiada alta y mi cabeza albergaba suficiente ego, sin embargo el enfrentarme a estos eventos continuamente fueron haciendo mella en mi amor propio, terminé dándome cuenta de que no era tan especial como yo me creía. Lo tomé de la mejor manera y lo hice lo mejor que pude, “si vas a hacer algo es mejor que lo hagas bien hecho y si no, no lo hagas” está ha sido una de las premisas de mi vida, uno de los legados de mi madre. Con esa idea y la certeza de que era efectiva continúe hacia adelante, quizás este no era el momento, pero tarde o temprano yo promocionaría en algún momento algún licor así sea el que menos sirviera en este mundo.

Hice nuevos amigos, reía constantemente y no pensaba únicamente en el amor, tenía mi dinero, del que podía disponer de la forma en que quisiera ya que el gato se ocupaba de los gastos más importantes. Comencé a salir de parranda, él no se oponía en ningún momento, ¿Para qué? Algunas veces no se daba cuenta ni siquiera de que había salido. Conocer personas de distintas clases a nivel académico y cultural me permitió expandir los horizontes en cuanto a mis expectativas del futuro, mis aspiraciones personales mejoraron y aumentaron, deseaba ser una persona de clase, con mejor educación y también aspiraba a ser refinada. No sabía si lo iba a lograr, pero por lo menos lo intentaría, “la peor diligencia es la que no se hace”.

Apareció una mujer muy elegante, una supervisora, la que me evaluaba a mí estaba de permiso y ella le estaba haciendo la suplencia, cuando se acercó al stand que me correspondía, me miró de arriba abajo con asco, lo sentí en su mirada inmediatamente. Fue tan impactante el momento, que después que se fue, me dirigí al baño y me miré en el espejo por un largo rato, percibí que ella tenía la razón, pues calzaba unas sandalias blancas patente de plataforma, con las uñas de los pies esmaltadas de un color rosado escandaloso, la falda qué vestía fue adquirida en una oferta al igual que la blusa. En el momento la vestimenta hablaba por sí sola de la mala calidad de la que estaban fabricada, entonces comprendí, que era necesario mejorar la presencia. Entendí que quién se viste barato termina siendo un ser barato. O eso creía en el momento.
El viernes de esa semana a la representante de smirnoff (el vodka número uno del mundo), promocionado por una chica blanca como la leche con el cabello largo y negro como el azabache (una mujer realmente hermosa), le rompieron el corazón; la representante de las baterías “duracell” ya tenía días viviendo el mismo drama y la de pastas alimenticias que no estaba pasando por ninguna situación sentimental, pero que le gustaba la bebida, nos encompichamos y nos fuimos al restaurante de los chinos que quedaba en la salida de la tienda por departamento donde trabajábamos. Despechadas, desilusionadas, enojadas y con un subidón de adrenalina fuimos dirigidas por nuestros pies hasta la barra, no deseábamos profundizar en nuestros dramas, pero no es extraño que en reunión de mujeres todas terminen en el mismo tema de conversación “relaciones sentimentales fallidas” o algo así.
No era una noche triste, solo contábamos anécdotas relacionadas con los momentos en los que los hombres creían que éramos tontas, sin saber que era un método inteligente para saber hasta dónde llegaban con sus mentiras y sus engaños. La barra era un tanto alta, me di cuenta al notar que mis zapatos aunque eran de tacón no tocaban el suelo, iniciamos bebiendo las muestras del licor que traía la chica del vodka en su bolso y terminamos bebiendo cervezas, ni una sola vez fui a orinar, mis compañeras tampoco, sin darnos cuenta nos dio la hora del cierre del local.

— Disculpen señolitas, ya es hola de celal y no pueden quedalse más tiempo, vuelvan otlo día— nos dijo la chinita.
— Pero yo todavía veo gente aquí alrededor — replicó la promotora de pasta, levantando el índice y señalando el resto del personal que aún no se había retirado.
— Denos la del estribo y nos vamos.— alargando cada sílaba inquirió la promotora de “Duracell”
— Una más y nos vamos. — fue lo que dije yo antes de resbalar de la butaca y caer de largo a largo bajo la barra del establecimiento.

Con dificultad mis compañeras me ayudaron a despegarme del piso. Los chinos insistieron en que no nos podíamos quedar, lo que quedaba de las cervezas nos los dieron en unos vasos para llevar, a duras penas cruzamos la calle. Al día siguiente Solo hubo en mi mente algún flashback de que una de las compañeras se fue en el tren, las otras no tengo idea de cómo lo hicieron, en aquel momento me acerqué a un teléfono público y con lo que me quedaba de monedas llamé al gato para que me fuese a recoger, para sostenerme en pie estuve abrazada a una columna enorme en la estación, ni sé cuántas horas o cuántos minutos pasaron mientras él llegó. Apenas lo vi, sonreí, como quien mira el amor de su vida por primera vez y al mismo tiempo siente algún tipo de melancolía. Se apoderó de mí un enorme deseo de llorar, unas ganas inmensas de que de pronto todo fuese diferente, un “diferente” mejor, no lo sé.




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