Yo y Mi Suerte de Perro

Triángulo Amoroso

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Las fracturas de la tibia y el peroné son frecuentes en los motorizados por lo tanto los especialistas saben bien cómo manejarlas para que sanen de una forma rápida, el sistema inmunológico del gato era fuerte ya que su alimentación se mantenía balanceada aún cuando comía a deshoras, el tiempo de la visita era regulado, la mayor parte del tiempo estaba acompañado por el bachaco, yo solo le llevaba la comida y lo que necesitaba. La decepción me mantenía triste, aún así, en los momentos difíciles como ese no se puede dejar solas a las personas que amamos.

De todas maneras el ir y venir del hospital no me era tan desagradable ya que Paolo era quien me servía de chofer, me alegraba el día con sus ocurrencias, me hacia brillar la vista con su rostro, mejoraba mi olfato con su perfume y de cuando en cuando mi corazón saltaba al verlo llegar. Una de esas tardes no pudo llevarme a entregar el almuerzo, así que me tocó coger el autobús, llegué después de la hora, justo cuando venía saliendo del hospital la mujer con quien el gato había tenido el accidente, la miré marcharse sin hacer ni decir nada al respecto, como si nada estuviera pasando llegué a la habitación y hasta lo besé, quizás fue el beso de Judas, no sentía odio, ni rencor, tal vez un poco de pena. No quería abandonarlo, era una especie de dependencia la que sentía hacia él, el deseo excesivo de que estuviéramos juntos hasta que las horas grises pasaran y de alguna forma él recapacitara y comenzará a comportarse como yo soñaba.

Nuestras conversaciones se limitaban a preguntar el estado en que se encontraba actualmente la fractura, si necesitaba la compra de algún medicamento, si le gustaba el menú que le llevaba o si necesitaba que hiciera algo más. Las charlas se convirtieron en monosílabos. Las diligencias de su trabajo las hacía su mejor amigo y en mi casa todo era aburrido. Yo había perdido las ganas de hablar con mis amigas, de visitar a mi “suerte”, me daba vergüenza hablar con mi mamá, la única persona con la que quería compartir tiempo era con Paolo, porque no me juzgaba, porque hacía que el mundo a mi alrededor fuese tranquilo, me gustaba su compañía porque hacía que me sintiese en paz.

En esas semanas el gato bajó de peso, su físico se encontraba demacrado, verse así provocaba que su autoestima decayera, no volví a encontrarme con aquella mujer Pero estaba al tanto de que existía en su vida, por las circunstancias no podía hacer nada pero inevitablemente era una conversación que iba a darse al regreso de él a la casa. No sabía cómo iba a manejar la situación, lo pensaba continuamente sin consultarlo con ninguna persona, ni siquiera con Paolo que para este momento era un confidente. Ya faltando un par de días para el alta del gato, se me hizo tarde para regresar, Paolo llegó más tarde aún, el vehículo tenía algún desperfecto y en la mitad del camino nos dejó varados, la grúa llegó con retraso, le dio las indicaciones al chofer y antes de seguirla prefirió tomar un taxi y llevarme a casa, yo iba exhausta, triste y con hambre, se sentó a mi lado y miraba por la ventana yo en cambio no tenía ganas ni de hablar, el sueño me estaba ganando, pedí que bajaran los vidrios para sentir la brisa fría de la noche, era un bálsamo en mi rostro que de a poco me fue desmayando hacia el hombro de Paolo, mis ojos se estaban entre cerrando pero logré ver cómo se giró hacia mi cara y suspiro, se quedó mirándome mientras mis ojos se cerraban, me quedé tranquila sintiendo el calor de su respiración y el soplo de su aliento cuando terminó de suspirar.

— ¡Hey despierta! — me decía dándome ligeros toquecitos en el muslo — hemos llegado a tu casa.
— ¿Tan rápido? ¿Qué hora es?
— Es muy tarde. Ya casi de madrugada. Voy a aprovechar el taxi para que me lleve a mi casa, pero voy a verte desde aquí mientras entras.
— ¿Porque mejor no te quedas conmigo?
— No puedo. Es inapropiado.
— Yo no te estoy diciendo que te quedes conmigo, conmigo, ¡conmigo¡ Sino en la casa.
— No. No es buena idea. Mejor apresúrate. Ya mañana es otro día.
— ¿Nos veremos mañana?
— No… no. Ya desde mañana el bachaco hará lo que falta para que traigan al gato la casa así que no creo que nos volvamos a ver con frecuencia.
— Entiendo. — apenas me despedí rozándole la mano.
Sé que me estuvo mirando mientras entraba a la casa, sentí que lo hacía con tristeza, yo también estaba triste, era mi aventura, solamente mía, que me estaba dando fuerza para soportar la pesadilla en la que me encontraba sumergida.

******

Los primeros días fueron de amarguras porque no se adaptaba a estar en la casa, en el hospital podía recibir visitas a diario de todas las personas que él quisiera, no así en la casa, yo estaba algo amargada y además de eso no estaba acostumbrada a atender a ninguna persona, recibir persona era hacer café, preparar comida para más de dos, estar atenta a las necesidades de los visitantes y realmente todos me parecían una serie de traidores que conspiraban para que él pudiera seguir comunicándose con la perra con la que me había engañado, la llamo perra porque era una mujer que tenía marido y hasta era mayor que él. Es cierto que a él nadie lo estaba obligando a hacerlo, pero eso a mí no me importaba. Él se limitaba a recibir las visitas más importantes, por lo menos las necesarias, su jefe, su padre y su hermano, su mamá no fue ni una sola vez, solo lo llamaba por teléfono. Algunos compañeros iban de paso y dejaban pan o alguna cosa para comer, no entraban a la casa, llegaban hasta la puerta y dejaban el mandado.

Vivíamos en un territorio hostil, yo siempre estaba contando los minutos para poder conversar de la única cosa que me importaba, lo que iba a pasar entre nosotros a partir de ahora, él sabía que eso era lo que yo estaba esperando, evadía constantemente cualquier oportunidad. Decidí optar nuevamente por la paz y esperar, busqué un recetario que tenía debajo del colchón y me puse manos a la obra preparando unos ravioles de carne que había comprado en el supermercado, así como si nada una alegría súbita me invadió, hasta me recosté de su pecho sin tener que fingir que me sentía bien. Tocaron la puerta y aunque incómoda decidí abrir de buena gana, para mi sorpresa era Paolo, de pie en el umbral con una gran y hermosa sonrisa, los ojos le brillaban como estrellas, un par de estrellas solitarias en una noche donde el cielo era completamente oscuro, ojalá ese momento hubiese durado mucho más, nos miramos y no necesitábamos hablar para comunicarnos, sé que entendió todo lo que yo estaba sintiendo.




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