El viaje de regreso para los muchachos fue agotador, no es fácil para un funcionario honesto tener que lidiar con la culpa y ellos debían apoyar a Rubén, que estaba desolado, no dejaba de recordar que por un descuido su primo se suicidó, esa escena lo obligaba a cargar con una culpa de la que probablemente jamás iba a liberarse.
Al llegar a la comisaría, el jefe los mandó a descansar algunos días. El gato no me avisó, la única llamada que me hizo fue para verificar mis movimientos y decirme que pronto estaría de vuelta; noté algo raro en su voz, un tono cargado de excesivo cariño que yo en el momento sentí hipócrita, sin embargo, se lo atribuí a todas las cosas que habían sucedido antes, era necesario que comenzara a confiar en él de nuevo; tampoco era el momento preciso para iniciar una batalla emocional contra la única persona que amaba desesperadamente.
Quería sentirme útil en casa de mi madre y decidí lavar una carga de ropa, por cosas del destino al parecer se averió una tubería, yo necesitaba algunas cosas y aún cuando el gato me dejó claro que debía esperar a su regreso para que nos fuésemos a casa juntos, decidí no molestarlo y sin avisar me dirigí con la maleta llena de ropa a nuestro hogar, no solo para utilizar la lavadora sino, para darle un cariñito a los muebles que deberían estar llenos de polvo para la fecha.
Con maleta en mano, me subí a un taxi en dirección a mi nido de amor, giré la llave en la cerradura y al abrir la puerta flotaba en el ambiente el desagradable olor a cloro mezclado con desinfectante, ¿Quién habrá limpiado? Me pregunté, solo nosotros dos teníamos llaves; me puse en “modo: alerta”, no hice ruido, más bien avancé sigilosamente dejando la puerta entreabierta, esperando encontrar a un delincuente husmeando, no sé porque creí que debía ser un “delincuente” necesariamente, los rateros roban, no hacen el aseo de las viviendas.
En fin, las ventanas tenían las cortinas descorridas, de modo que la luz del sol lo iluminaba todo, la sala estaba vacía, avancé hacia el cuarto de invitados, que por fortuna para mis temblores también se encontraba vacío, en el baño la luz de el bombillo estaba encendida, pero como todo lo demás, no había nadie. Percibí algo extraño, una sensación de que sobraba algo en el lavamanos sin acertar a descubrir “el qué”.
Mi corazón comenzó a acelerarse en la medida que me dirigía hacia la habitación principal, como si el olor me hubiese provocado alergias se me iba cerrando la garganta lentamente, me sequé las manos en los costados de las piernas al llegar a la puerta y aún cuando el clima era fresco yo sentía un calor abrasador.
No encontré a nadie, y aún así, sentía una presencia, mi mente insistía en que algo no encajaba. Mirando en intervalos fugaces hacia la entrada principal observé con atención cada rincón, luego me adentré un poco más, llegué hasta el clóset, todas las prendas estaban ordenadas por orden de tamaño y color como era de esperarse, en el lado izquierdo de la cama, vi la mesita de noche que nos trajimos de casa de su madre, porque aunque tenía una pata rota era de él y continuaba sirviendo de base para el reloj despertador.
Seguí evaluando todo a cada paso, cada espacio; los zapatos seguían colocados en fila de acuerdo al estilo: deportivos, de vestir, playeros, de andar en casa y no menos importantes los que servían para todo. La alfombra, diseñada como una media luna estampada de damero y hasta las cholas de andar estaban en el mismo lugar de siempre.
Mis ojos continuaron recorriendo el lugar hasta que la vi… en el piso, casi debajo de la cama y media abierta… una mochila, una que no conocía. No era nueva, más bien se veía maltratada por el paso del tiempo y del uso, me acerqué para estudiarla, no la levanté, de pronto pensé: no debes dejar rastros de que estuviste aquí, me aproximé como si la mochila horrorosa esa pudiese explotar, la abrí poniendo sumo cuidado en el orden de los trapos en ella para dejarlo todo tal cual.
Primero, miré una franela gris con el emblema de una marca deportiva “Adidas” ubicado en la parte derecha del pecho, que era de él, luego un short playero… de mujer, unos bikinis (sucios) con rastros de fluidos, los fluidos de él me susurró la otra mujer que vivía en mi interior.
Un extraño fuego comenzó a subirme por las piernas que además me temblaban al mismo tiempo que se aceleraban los latidos de mi pecho. Quería huir, sin embargo, no era capaz de dejar de ver el contenido de la mugrosa mochila, todo lo demás era ropa de mujer, ropa que yo no me atrevería a usar nunca por lo vulgar que me parecía; las náuseas me provocaron un par de arqueadas ¡Mierda! ¿Y ahora que hago? Me pregunté sabiendo que no obtendría una respuesta sensata.
Regresé todo a su lugar y volví sobre mis pasos, sin dejar rastros, confundida y con el pecho apretado. Tomé la maleta que estaba en la entrada y salí de casa evitando ser vista por los vecinos, lo más cautelosa posible, con movimientos rápidos, zancadas firmes, sintiendo que algo estaba a punto de suceder, mi intuición nunca fallaba.
Al llegar a la parada, presté especial atención a toda mujer que miraba, mi sexto sentido estaba activado a la máxima potencia, mi otra yo repetía sin cesar: tengo que verte, aparece, necesito saber quién eres… y el cielo la escuchó. Se detuvo un autobús y de el descendió una chica de caderas anchas y pechos pequeños, el escote que usaba me dejó ver la cadena que colgaba en su cuello desnudo, una cadena de hombre, de oro de 24k, no era una cadena cualquiera, era la cadena del gato.
Una linda pecosa de cabellos crespos y ojos achinados, “rubia oxigenada”, bonita. Se dirigía hacia el camino que yo había transitado minutos antes, me escurrí entre las personas que estaban a mi lado y me sitúe en un lugar donde yo podía verla a ella, pero ella a mi no. Caminó con soltura y muy segura de si hasta mi casa ¡Mi casa! A instalarse en mis muebles, cocinar en mi cocina, dormir en mi cama, usar mis cosas, estar con él, que era mío. Dude entre ir hasta allá y hacer un escándalo o irme a pensar que hacer, ¡Matarlos tal vez! ¿Qué tan difícil podría ser conseguir un arma? ¡Mejor vete! me ordené.