Estaba mirando el bombillo en el techo de la habitación, me preguntaba: ¿Por qué todo en la sala principal era tan lujoso y ese cuartico era simplemente blanco, sin un cuadro, sin una mesa de noche y sin una lámpara decente? Un perchero de madera en una esquina cerca de la puerta, un box individual sin almohadas y una sábana transparente, en el piso una alfombra barata; nada más.
Me levanté sin remordimientos un par de horas después que Paolo salió de la habitación. Era incómodo hasta cierto punto seguir allí, quería bañarme y cambiarme de ropa, me sentía desnuda y algo débil, me asaltaron unos temores ¿Alguien lo sabe? Vacile un poco y salí, recorriendo el pasillo medio oscuro iluminado por unas luces cálidas buscaba entre los asistentes algún atisbo de sospecha relacionada con el suceso, nada. Todos estaban concentrados en sus conversaciones, en detalles del salón, en recordar anécdotas vividas junto al policía que ahora ya estaba en el otro mundo.
Una vez más contemple al par de policías silenciosos con sus uniformes impecables, uno a cada lado del féretro, en posición firme, ya era como la cuarta pareja que ocupada el lugar, otros dos custodiaban la entrada principal; recorrí con la mirada las luces tenues de unas lámparas que debían de estar colgadas desde hace muchos años dándole al salón un aire de antigüedad, unas lágrimas enormes que cubrían los bombillos modernos.
Las llamas de los cirios se minimizaban hasta casi extinguirse y volvían a brillar inmediatamente, el porta sirios estaba cubierto de cera dando la impresión de que velas estaban llorando, una alfombra color oro, de dibujos incomprensibles para mí en ese momento servía como base debajo del caballete del féretro, ¿Por qué las sillas eran color vino tinto? Pensé, deberían ser negras, o marrones, todo alrededor estaba impecable, deambulaban de un lado a otro un par de personas vestidas de blanco y negro para recoger los vasos y ofrecer té o café.
Dentro del salón solo murmullos y gemidos disimulados de los dolientes, la novia de Irving sentada al lado de su madre con la mirada perdida, sus hermanas unas recostadas de otras, otras personas conocidas quedándose dormidas con la cabeza echadas hacia atrás, sobre las sillas. Fuera, en distintos lugares y rincones grupos reducidos de asistentes. Sus caras dejaban colar una variedad de emociones, la mayoría estaba tranquila, resignada.
Escuché que algunos vecinos se iban y me fui a casa con ellos, el trayecto de hizo corto, miraba por la ventana las calles vacías iluminadas por el reflejo de las estrellas, la brisa fría me adormilaban, al llegar mi madre aún estaba despierta, ella no podía conciliar el sueño, algo la inquietaba —¿Te pasa algo? —me preguntó— como si pudiera leer en mi rostro algo trascendente; no respondí nada, le hice una señal con las manos de que hablábamos después y me fui a mi cuarto.
Intenté repasar cada segundo de mi atrevimiento, el calor de las manos de Paolo en mi cuello, sus de dedos recorriendo mi espalda con velocidad, el brillo esos ojos al mirarme, sus besos apresurados, la forma tosca de desabrochar mi blusa, el olor de su perfume que aún seguía presente, su aliento. Nada de eso significaba algo para mí.
No descansé mucho, me quedé dormida mientras recordaba y al despertar no sentía vergüenza, ni culpa, más bien sentía una ligera satisfacción. ¿Que hay de malo en hacer a otros lo que ellos nos hacen a nosotros? Me dije, mientras me sentaba en la orilla del la cama; después pensaba en eso como si no fuese yo quien lo vivió, mientras desayunaba oyendo a mi madre sin escucharla, como si otra persona me lo hubiese contado, de imagen en imagen las escenas aparecían en mi mente, el beso que yo busqué, lo fácil que fue acercarme a Paolo y que él no pusiera resistencia suficiente.
¡Ja! Todos son iguales pensé, imaginé cuántas veces el gato viviría esa experiencia. Algo dentro de mi se rompió, ¿culpable… por qué iba a sentirme culpable yo? Lo que es igual no es trampa. No iba a lamentarme, no obligué a nadie a hacer algo que no quería. ¿Y ahora que? Solo me quedaba seguir y esperar a ver qué pasaba después, no sentía miedo. Y no tenía intenciones de volverlo a hacer.
Teníamos que alistarnos para volver. Mientras lo hacíamos mí mamá preguntó por el gato. No tenía idea de dónde estaba y tampoco me importaba, lo más seguro era que estaba con la pecosa de porquería; por otro lado había en mi una sensación agridulce, una ligera antipatía dirigida a Paolo, lo pensaba, recordaba la noche anterior. Pudo dejarme sola, pudo despreciarme, no obstante, en ese momento se olvidó de quién era yo, se olvidó de donde estábamos; él nunca debió acceder a mis deseos, pudo irse y no se fue, él quería estar conmigo, creo que incluso más que yo. Fue su oportunidad y no la perdió. Me dio asco.
Todos los que nos habíamos ido volvimos al funeral, el cadáver de el bachaco aún seguía allí como si solo estuviese dormido. Luego llegó más gente, por un lado los agentes vestidos con sus trajes de gala, por otro, en distintos lugares apartados al igual que antes habían diseminados pequeños grupos, los que los conformaban estaban vestidos menos formales, unos miraban de un lado a otro evitando llamar la atención, escurriéndose por todas partes, probablemente eran soplones, otros posiblemente estaban allí para constatar que el muerto era quien habían dicho que era, y tal vez algunos curiosos que solo fueron a comer pan y tomar café o chocolate.
El ataúd, seguía rodeado de personas vestidas de negro, cabizbajas, sentadas en las sillas, recostadas unas sobre los hombros de otras, eran sus familiares y su novia actual que daba la impresión de estar en el Limbo, sin hablar, sin comer, apagada como un bombillo que pierde intensidad.