Un mundo ordinario, un mundo donde prácticamente no importa nada. No hay nada relevante; de no ser por las atrocidades de la humanidad, sería un mundo sin propósito.
¿A qué me refiero con esto?
Este mundo es, en realidad, un reflejo de cómo las personas no desean vivir en paz.
Pero, por otro lado, existen quienes anhelan algo diferente. Personas que sueñan con un mundo de fantasía, con aventuras, con la posibilidad de vivir la vida al máximo. Sin embargo, se limitan a vivirla de una forma ordinaria. Y a veces, los deseos pueden ser peligrosos... tan peligrosos, que pueden hacerse realidad. Aunque no siempre de la manera que uno imagina
El torneo de Kioto
—¡Atención a todos! Damos inicio al último combate de la temporada —anunció el réferi con voz enérgica.
El estadio de las Artes Combatientes de Kioto estalló en gritos y aplausos. Miles de espectadores aguardaban expectantes el enfrentamiento final del torneo.
—¡En un lado tenemos al cinco veces campeón, con tan solo veinte años de edad! —dijo el réferi, generando suspenso entre el público—. ¡Recibamos a... Aoi Aoki!
Aoi Aoki era un joven prodigio de las artes marciales. Practicaba desde los cuatro años y había ganado todos los torneos en los que había participado. A los catorce, ya era campeón del prestigioso Torneo de Kioto, y desde entonces mantenía el título por cinco temporadas consecutivas.
—¡Y del otro lado tenemos al dos veces campeón del torneo adolescente, quien debuta hoy en las ligas mayores del Torneo de las Artes Combatientes de Kioto! ¡Recibamos a Hiroshi Itō!
El público rugió con entusiasmo ante la aparición del joven contrincante.
Hiroshi Itō, un muchacho de dieciséis años, había aprendido todo tipo de artes marciales desde los doce. En poco tiempo fue catalogado como un verdadero prodigio: campeón en dos torneos juveniles y elegido por un juez internacional para participar en este evento que podría cambiar su vida para siempre.
Los combatientes subieron al escenario entre vítores y aplausos. La tensión en el aire era palpable.
—Wow, hay mucha gente mirándome... ¡debo dar lo mejor de mí! —murmuró Hiroshi, emocionado.
—No puedo creer que me pongan con ese mocoso engreído. No pienso contenerme —gruñó Aoi, mirando a su oponente con desdén.
El réferi levantó la mano.
—¡Comiencen!
Aoi fue el primero en moverse, lanzando un ataque rápido, pero Hiroshi lo esquivó con una agilidad sorprendente.
—¿Qué...? ¿Cómo lo esquivó tan fácilmente? —pensó Aoi, incrédulo.
—Creí que pelearías en serio —replicó Hiroshi, con una mirada seria.
—Solo estaba calentando. Ahora sí iré en serio... pero tú también, quiero ver de lo que eres capaz.
—Entonces haz que valga la pena —respondió Hiroshi con confianza.
—Eres un tonto... y esa es tu debilidad —dijo Aoi, preparándose para atacar con furia.
Comenzó una ráfaga de golpes. Aoi atacaba sin cesar, pero Hiroshi esquivaba con precisión impecable. Eso solo enfureció más al campeón.
—¡No puede ser! ¡No puedo tocarlo! —gritó Aoi, desesperado—. ¡Eso me molesta demasiado!
Desesperado, cargó su golpe más fuerte, un ataque capaz de noquear —o incluso matar— a un hombre tres veces más robusto que él. El puño iba directo al rostro de Hiroshi, pero este permaneció inmóvil, sereno, observando con frialdad.
En la mente de Aoi, el tiempo se detuvo. Los gritos del público se desvanecieron. Solo quedaba su respiración agitada, su frustración, su necesidad de no ser humillado.
Y entonces, en un abrir y cerrar de ojos, Hiroshi desapareció de su vista.
Un instante después, Aoi yacía en el suelo.
Hiroshi había esperado el momento exacto. En lugar de esquivar sin sentido, retrocedía y analizaba. Cuando Aoi lanzó su golpe final, Hiroshi contraatacó con precisión quirúrgica: un golpe vital que definió el combate en un minuto y treinta y siete segundos. La pelea profesional más corta de la historia.
Pero esa victoria pronto dejaría de tener importancia.
—¡El ganador es Hiroshi Itō! —gritó el réferi, levantando su brazo ante el público.
—Jeje... gracias por los aplausos —dijo Hiroshi, sonriendo con modestia mientras la multitud lo ovacionaba.
—Tienes mucho potencial, muchacho —le dijo el réferi.
Esas palabras resonaron en su mente mientras regresaba a casa.
Una noche tranquila
—Ya vine —dijo Hiroshi al entrar—. Espero que no hayas hecho travesuras mientras estuve fuera.
Un pequeño gato salió de una habitación maullando.
—Oh, ahí estás, pequeño. Debes tener hambre —dijo Hiroshi, agachándose para acariciarlo.
Preparó su comida y sirvió al gato un plato de leche y atún.
—Hoy fue un gran día. Gané el torneo regional, me pagaron bien... y me dijeron que el próximo torneo será internacional. ¡Una gran oportunidad para ganar más dinero y comprar más comida! ¿Qué opinas?
El gato lo observó en silencio.
—Mañana te compraré un salmón grande, pequeño...—sonrió. —Es cierto, aún no te pongo un nombre. Bueno, ya pensaré en uno.
De pronto, un golpe fuerte resonó en el edificio.
—¿Qué fue eso? —Hiroshi se levantó, intrigado.
Salió a revisar. No se veía nada, pero el estruendo había sido intenso.
—Me sorprende que ningún vecino lo haya notado...
Fue a tirar la basura, frunciendo el ceño por el olor.
—Apesta más de lo usual...
Entonces lo vio: la pared del departamento vecino estaba destruida.
—¿Eso causó el ruido?... Me pregunto por qué nadie revisó.
Se acercó lentamente. Aunque intentaba mantener la calma, una sensación inquietante comenzó a recorrerle el cuerpo.
—¿Hola?... ¿Todo en orden? —preguntó con voz temblorosa.
Esa sensación crecía, hasta que finalmente lo dominó por completo.
—¿Qué... qué es eso...?
Sus ojos se abrieron con horror: un perro devoraba a su dueño.
Hiroshi quedó paralizado, sudando, sin poder moverse.