Lim Jamin tenía seis años cuando su madre se marchó de casa. Mientras sus manos temblaban y las lágrimas rodaban sin control por sus mejillas, ella se colocaba de cuclillas para que sus miradas quedasen a la misma altura. La caricia en su cabello se sentía como una brisa ligera de verano.
—Regresaré pronto, solo estaré en Taiwán por un tiempo.
Jamin no entendió que esas palabras fueron realmente una mentira y que ese “regresaré pronto” se transformó en meses y luego años. Su madre, Sarabi, nunca regresó a vivir con él. Las veces que la vio desde su partida se podían contar con los dedos de la mano. Asistió a su séptimo y octavo cumpleaños, al noveno cumpleaños, se la quedó esperando hasta que la vela de su pastel se consumió por completo.
Una década tras ese mal recuerdo, nuevamente se encontraba sentado en la cama de su habitación donde esperaba a su madre por horas. Y a pesar de ser un joven de veintidós años, no lograba procesar por completo la situación que vivió hace años. La esperanza de que su madre apareciese por la puerta y lo abrazara, persistía en él. Se sintió, otra vez, como el Lim Jamin de nueve años que observaba la vela de su pastel apagarse: pequeño e insignificante, el monstruo de inseguridades se aferraba a su espalda a la espera de devorarlo.
Sintió una punzada en su corazón. Jamin no podía quitarse del pecho el presentimiento de que, la próxima vez que viera a su madre, ella ya lo haiga olvidado. No quería sentir el dolor y la decepción de que el amor que él cree que Sarabi aún tiene por él, ya no exista, y que esa idea que lo mantenía vivo, se desmorone.
— ¡Jamin!
En lo que duraba un chasquido, la realidad lo envolvió y la imagen de Sarabi desapareció de su mente. Quien había gritado era su padre, Lim Seungmin. Tragó saliva, el miedo y la tristeza invadieron su ser, esparciéndose con una velocidad casi mortal, haciéndolo temblar.
— ¡Maldito inútil! ¡Sal de donde estés!
Con lentitud y un terror inexplicable, giró el pomo de la puerta. Sus piernas flaqueaban al caminar y las lágrimas amenazaban con salir al ver a su padre en la cocina. Sostenía en mano el plato de Japchae que el mismo Jamin había preparado para este.
— ¿M-Me llamaste padre? —balbuceó.
—Acabo de probar esta porquería de comida—dijo su padre mientras lanzaba el plato al suelo, rompiéndose al instante—. Ni siquiera cocinar puedes hacer bien.
Los pequeños pedazos rotos del plato salieron volando por todas partes. Y para mala suerte, esos trozos puntiagudos rosaron la piel blanquecina de Jamin. La sangre salió al instante del brazo derecho del rubio y el ardor de la herida comenzaba a hacerse muy incómoda.
—P-Perdón padre—dijo retrocediendo lentamente.
Seungmin se acercó a él con rapidez y lo agarró del brazo lastimado de Jamin con fuerza, haciendo que el rubio gimiera de dolor. En ese momento, el mayor agarró la tetera que estaba encima de la cocinilla. Los ojos del menor se abrieron de par en par al ver el objeto que sostenía su padre. Trató de soltarse del agarre de Seungmin, pero por más que lo intentó, no tuvo éxito.
—Así aprenderás, Jamin.
Su padre le puso la palma de su mano en la boca de Jamin para silenciar el fuerte grito de dolor que daría su hijo al sentir el agua hirviendo, caer sobre su cuerpo y sus heridas. Así que, poco a poco, roció el agua caliente sobre la blanquecina piel del rubio. La desesperación y el dolor inimaginable que sentía Jamin en ese instante eran totalmente insoportables. Los cortes que tenía por sus brazos descubiertos estaban completamente inflamados, y la sangre que salía de esas heridas formaba charcos enteros. El dolor físico sobrepaso al mental, y eso estaba a punto de hacerle perder la cabeza.
En ese instante, el rubio logró soltarse del agarre de su padre y se alejó rápidamente de él, apoyándose en el marco de la puerta para recuperar el aliento y calmar la ansiedad que comenzaba a formarse en él. Su cuerpo ardía y el dolor de sus brazos hinchados era imposible de explicar. Se cubrió la boca para acallar el sollozo. Las lágrimas rodaban sin control por sus mejillas. El miedo y el dolor formaban un sabor amargo en su boca.
—De esta manera aprenderás a hacer las cosas bien, Jamin. Es por tu bien, para que no seas un inútil.
—No es verdad—contradijo—. Lo que acabas de hacer se llama violencia doméstica—se abrazó a sí mismo—. No está bien, no es la solución.
— ¿Me estás contradiciendo? —dijo el mayor mientras se acercaba con una lentitud
escalofriante—. Parece que mi opinión ya no tiene valor en esta casa.
Jamin retrocedió con velocidad. No podía permitir que su padre lo lastimara, al menos no en ese momento. Entonces, caminó, casi corriendo, hacia la puerta del departamento y salió, ignorando los gritos de su padre. No sabía a donde ir, a donde poder esconderse y desahogarse sin sentir el temor de que alguien lo lastime más de lo que ya estaba. Caminó por los grandes pasillos del edificio departamental donde vivía, buscaba un lugar donde pudiera llorar sin que todo el mundo tuviera que enterarse de su dolor.
En el camino, se encontró con varios de sus vecinos que notaron que algo no andaba bien, sus heridas y las pocas lágrimas que se escapaban de sus ojos lo delataban. Decidió ignorarlos y continuar su camino a pesar de las insistencias de estos. Después de varios minutos de búsqueda sin éxito, se sentó sobre las escaleras del edificio. Era un lugar que casi nadie utilizaba, pues la mayoría de las personas que vivían ahí, preferían utilizar el ascensor que subir cientos de escaleras.