Jamin se sentía liviano en los brazos de Junghyuk. Pudo palpar sus huesos a través de la camiseta cuando logró afirmarlo por la cintura. El rubio lo abrazaba con una intensidad que el pelinegro no terminó por comprender. Esperó a que el chico lo mirase para hablarle.
—Entonces… ¿Aceptas mi ayuda?
El muchacho asintió, acomodándose detrás de él y colocando sus piernas alrededor de la cadera del mayor, para así, colgarse en su espalda. Esto sorprendió por completo a Junghyuk, no esperaba que el más pequeño actuara de esa manera, pero trato de restarle importancia. Y ahora, con un chico colgado en su espalda, y que se negaba a soltarlo, terminó por subir los peldaños restantes hacia el piso correspondiente de su departamento.
Tan pronto como llegaron e ingresaron al lugar donde se dirigían, el mayor dejó a Jamin sobre el sofá del living para luego buscar algunos implementos que necesitaría para esterilizar las heridas del rubio.
A los pocos minutos, regresó con un botiquín de primeros auxilios, sus movimientos rápidos y precisos. Se sentó en el suelo frente al rubio, abriendo el botiquín con manos firmes.
—Voy a curarte esto. Va arder un poco, pero tienes que dejarme hacer—instruyó suavemente, sacando un antiséptico y unas gasas limpias.
El pelinegro empapaba una de las gasas con el antiséptico. Sus manos se movían con una precisión casi quirúrgica, concentradas únicamente en aliviar la inflamación de las heridas del menor.
En ese momento, el cuerpo de Jamin se estremeció violentamente ante el contacto del antiséptico con su adolorida piel. Él, alejó sus brazos bruscamente, queriendo aliviar la sensación de ardor.
—Hey…—dijo el mayor mientras acariciaba la rodilla del menor—. Sé que duele, pero es necesario para que tus heridas sanen.
Pero el rubio no respondió, prefirió ignorarlo.
— ¿Jamin? Ese es tu nombre. ¿Verdad? —preguntó el pelinegro— ¿Lim Jamin?
El más pequeño asintió. Una pequeña sonrisa se formó en sus labios.
—Bien—susurró—. Jamin, necesito que estires tus brazos—insistió—. Te prometo que seré más cuidadoso.
Con lentitud y algo de inseguridad, el rubio acercó sus brazos hacia Junghyuk. Para que así, el mayor pudiera continuar.
Tras eso, el pelinegro agarró nuevamente la gasa y comenzó a limpiar las heridas con una delicadeza extrema, evitando rosar con las quemaduras más recientes. Sus labios estaban apretados en una línea fina, y un músculo en su mandíbula se tensaba en cada gesto.
—Cuando termine, me vas a decir quién te hizo esto—dijo Junghyuk, su voz grave y decidida—Porque quien lo hizo, intentaba matarte.
—N-No fue nadie—tartamudeó el menor—. Yo, por casualidad me quemé con el agua caliente de la tetera.
— ¿Y los cortes?
—E-Eso fue porque se resbaló una taza de mis manos, y el vidrio saltó por todas partes—empequeñeció la mirada—, llegando a mis brazos.
Una risa incrédula escapó de los labios del pelinegro, sin rastros de humor.
—Fingiré creerte. No quiero pelear contigo.
Dicho eso, continuó limpiando los últimos rastros de polvo y sangre en los brazos de Jamin. Aplicó con suavidad, una pomada antinflamatoria sobre las quemaduras. Cada movimiento mostraba gentiliza y cuidado. Y para finalizar vendó sus brazos hasta que no se vio otro color, más que el blanco de la venda.
— ¿Te sientes mejor? —preguntó el pelinegro, acariciando nuevamente la rodilla del menor
—S-Sí—afirmó mucho más animado que hace unos minutos—. Muchas gracias.
—No tienes nada que agradecer. Es un gusto ayudarte.
Con cuidado, Jamin se levantó del sofá para agacharse y abrazar a Junghyuk. El característico olor a frambuesa del perfume del rubio, inundo las fosas nasales del contrario. Este, lo acercó más hacia él y le devolvió el abrazo con intensidad.
Se sentía bastante cómodo.
Familiar.
Hermoso.
—Bueno—susurró el menor—. Tengo que irme—dijo alejándose.
—Creí que te quedaría más tiempo, tal vez hasta la hora de la cena.
Eso le saco una sonrisa triste a Jamin.
—Me gustaría—confesó—. Pero tengo que irme a casa, no me dejan estar más de una hora fuera del departamento.
—Tu familia debería darte más libertad—comentó—. De todos modos, eres mayor de edad. ¿No?
—Sí lo soy, pero creo que eso no tiene tanta importancia.
Junghyuk no lo contradijo. Su expresión feliz que hace unos minutos mostraba Jamin, ahora estaba triste y sin alegría. Esa carita triste lastimaba al pelinegro por dentro.
Perdido en sus pensamientos, no se dio cuenta de que el menor ya se encontraba en la puerta y que se despedía de el con una pequeña reverencia. El sonido ensordecedor de cuando la puerta se cerró lo hizo reaccionar. Miro en dirección a la puerta, y solo vio el vacío que el rubio había dejado.
Pronto, sintió algo faltante en su corazón. Como si algo no estuviera completo. Era la misma sensación que tenía cuando tenía nueve años y había despertado de una larga operación. El mismo sentimiento de no poder reconocer a nadie. Porque ahora, con Lim Jamin viviendo al lado suyo, le hizo preguntarse: ¿Quién era ese hermoso pelirrubio y por qué sentía un profundo amor hacia él?