Los párpados le pesaban cuando Lim Jamin abrió los ojos. Se quedó contemplando el techo de la habitación, el cielo afuera de la ventana comenzaba a tornarse rosa. Notó que se encontraba recostado en la cama de su padre, y en ese momento recordó lo que había sucedido la noche anterior. Pero no había rastro de Seungmin en el lugar.
El rubio logró salir de la cama, encontrando ropa suya esparcida por el suelo. Agarró las prendas y se vistió tan rápido como pudo. Sus pies desnudos avanzaron por el pasillo. Se cubrió la boca para acallar el sollozo. Al cerrar la puerta del baño, apoyó la espalda contra la madera y se deslizó hasta quedar sentado sobre el frío piso. Afirmó sus piernas contra su pecho y apoyó la frente entre sus rodillas.
Los recuerdos de su padre ultrajándolo, torturaron su mente. El dolor de solo pensar en esos momentos tan horribles donde su padre se adueñaba de su cuerpo, lo mataba por dentro. Era estúpido intentar negarse, porque Seungmin siempre terminaba ganando. Aunque era mucho más estúpido pensar que, alguna vez sería libre de las garras de su padre.
Se sentía un tonto.
Idiota.
Cobarde.
Pero, sobre todo, se sentía un inútil.
El amor que el menor sentía que le brindaba Junghyuk, comenzaba a desaparecer en su interior. Ese bonito sentimiento parecía debilitarse cuando se daba cuenta de que su miserable vida no iba a cambiar. De que su madre nunca volvería por él. De su padre no dejaría de maltratarlo hasta el resto de sus días. De que probablemente Junghyuk no volvería a recordarlo.
Porque Jamin no sentía amado, para nada amado.
Anudando su cintura con los brazos, lloró en silencio.