Shin Yongmin era el nombre del mejor amigo de Lim Jamin. Su amistad se originó hace algunos años, cuando los dos habían participado en una competencia de canto representando a su escuela en la secundaria. Yongmin había quedado en segundo lugar al competir contra el rubio, pero el menor, en vez de ignorar lo triste que se sentía su rival por perder, lo consoló. A partir de ese momento, se volvieron amigos. Su amistad creció con los años y maduró con el tiempo. Porque en vez de que esa linda conexión se desvaneciese, solo se fortificó con el pasar de los años.
Y ahora, volviendo a la realidad, el rubio se dirigía hacia el edificio donde Yongmin hyung. Saludó al conserje quien autorizó su ingreso. Subió las escaleras corriendo, ilusionado con algo tan insignificante y cotidiano. Visitar a su mejor amigo no era algo extraordinario, o eso era lo que quería pensar Jamin.
Así que tocó el timbre.
Lo hizo una vez.
Dos.
Tres.
La puerta se abrió de golpe. Apareció Yongmin alterado y furioso. Al notar que el rubio permanecía con el dedo en el timbre, su expresión cambió a una sonrisa.
—Jamin-ah, cuánto tiempo sin verte—dijo con euforia mientras abrazaba al más pequeño—Entra, siéntete como en casa.
Se quitó los zapatos en la entrada. El menor se puso nervioso. Había tantas cosas que tenía que contarle a su amigo. Él era el único quien lo entendía, o así era en la mayoría de veces.
Jamin se acomodó en el sofá lleno de almohadas mientras que el contrario se dirigió a la cocina.
— ¡¿Cómo has estado?! —gritó Yongmin desde la cocina.
— ¡Bien!
— ¡¿Y con tu padre?!
Esa pregunta lo tomó por sorpresa y prefirió fingir que no lo escuchó, prefirió ignorarlo. Pero de igual manera, cuando su amigo volvió a los minutos con una bandeja llena de Mochis, volvió a hacerle la misma pregunta.
— ¿Cómo vas con tu padre? —dijo mientras dejaba la bandeja en la mesita de vidrio y se sentaba en el sofá, frente al rubio.
—No quiero hablar de el—susurró.
La expresión del mayor cambió rápidamente y le brindó una mirada desaprobación. Jamin odiaba cuando Yongmin tenía esas actitudes.
—Dime que te hizo el hijo de puta—dijo con su tono de voz ahora grave—. Y no me mientas, te conozco muy bien Lim Jamin.
—Ay, Yongmin-ah. No es nada que tengas que preocuparte.
—Soy tu mejor amigo, es obvio que tengo que preocuparme de ti cuando sé que vives con un maldito psicópata.
El rubio bajó la mirada, su iris avellana pareció perder su brillo característico cuando el contrario sentenció esas palabras.
—Ayer... las cosas se salieron un poco de control —admitió Jamin en un hilo de voz, conteniendo el temblor de sus manos—. Pero ya estoy bien. Un vecino me ayudó.
Yongmin suspiró con pesadez, pasando una mano por su cabello, visiblemente frustrado por la situación, pero decidió no presionarlo más sobre el maltrato físico al notar lo mucho que Jamin se empequeñecía en su lugar. En cambio, arqueó una ceja al escuchar lo último.
— ¿Un vecino? ¿Desde cuándo hablas con los vecinos?
Jamin sintió un leve calor subir por sus mejillas. El recuerdo de los ojos oscuros y la calidez de Ko Junghyuk lo inundaron por completo, disipando un poco la neblina gris de sus pensamientos.
—Es que... no es un desconocido, Hyung. ¿Te acuerdas de Junghyuk? ¿El chico del parque del que tanto te hablé? ¿Mi amigo de la infancia que se mudó a Daegu?
Yongmin parpadeó un par de veces, procesando la información, hasta que sus ojos se abrieron de par en par.
— ¿El que te prometió amor eterno antes de irse? No me jodas, Jamin. ¿Volvió?
— ¡No me prometió amor eterno! —exclamó Jamin, completamente sonrojado, cubriéndose el rostro con las manos—. Pero sí, volvió. Se mudó justo al departamento 517, al lado del mío. Ayer me encontró en las escaleras y curó mis heridas. Es... es tan lindo, Yongmin. Tiene tatuajes, piercings, y sigue teniendo la misma mirada hermosa de cuando éramos niños.
Yongmin lo observó detenidamente, notando cómo el brillo regresaba a los ojos de su amigo, pero también la ligera sombra de tristeza que apareció de inmediato.
—Pero hay un problema —continuó Jamin, bajando las manos y mirando al suelo con melancolía—. No me recuerda. Fui a su departamento, me vio, incluso me curó con tanta delicadeza, pero para él solo soy el vecino nuevo. Me dolió tanto saber que el único que cumplió la promesa de no olvidar fui yo.
Un silencio se instaló en la sala. Jamin esperaba una palabra de consuelo, pero lo que recibió fue una risita ahogada que rápidamente se transformó en una carcajada escandalosa por parte de Yongmin. El rubio lo miró indignado, inflando las mejillas.
— ¿De qué te ríes? ¡Te estoy contando algo trágico!
—Me río de ti, Lim Jamin —dijo Yongmin entre risas, limpiándose una lágrima falsa—. Es que mírate la cara. Estás totalmente enamorado de ese tal Junghyuk. Te sale corazones por los ojos cada vez que dices su nombre. ¡"Ay, tiene los ojitos más lindos del mundo, ay, curó mis heridas"! Pareces el protagonista de uno de esos K-dramas melosos que tanto te gustan. Aunque el tipo no se acuerde de ti, estás babeando por él.