El silencio en el departamento de Yongmin se sintió más denso después de soltar aquella dolorosa confesión. Jamin se limpió la rezagada lágrima de la mejilla con el dorso de la mano, forzando una pequeña sonrisa para tranquilizar a su amigo. No quería arruinarles la tarde, ni transformarse en una carga más pesada de lo que ya sentía que era.
—Me tengo que ir, hyung—anunció Jamin, levantándose del sofá con movimientos un tanto rígidos por el dolor oculto en sus brazos
—Jamin-ah... —Yongmin lo miró con genuina preocupación, la diversión de hace unos minutos completamente extinta—. Quédate un rato más. Podemos pedir algo de cenar, o si quieres... te puedes quedar a dormir aquí hoy. Sabes que no hay problema.
La tentación de aceptar fue enorme. Deseaba con todo su ser quedarse en ese espacio seguro, lejos de las miradas de desprecio y los gritos. Sin embargo, el miedo a las represalias de Seungmin si pasaba demasiado tiempo fuera era mucho mayor. El monstruo de sus inseguridades ya estaba despierto, susurrándole al oído las consecuencias de su rebeldía.
—No puedo, mi padre se enojará si no me encuentra al llegar. Prometo volver pronto, ¿sí? Gracias por los mochis.
Tras una despedida un poco apresurada y un abrazo apretado de Yongmin que intentó transmitirle todas las fuerzas que a él le faltaban, Jamin abandonó el edificio.
El viaje de regreso en el transporte público fue una tortura mental. Su mente iba y venía entre la frustración de sentir su talento estancado, el recuerdo horrible con Seungmin en la noche anterior y la silueta tatuada de Ko Junghyuk. Cuando finalmente cruzó las puertas del complejo residencial y subió las escaleras hacia el quinto piso, su corazón ya latía desbocado, anticipando el dolor que le esperaba tras la puerta del 516.
Pero el destino tenía otros planes para su llegada.
Justo cuando salía del cubo de la escalera hacia el pasillo principal, vio la puerta del departamento 517 abrirse. De ella salió Junghyuk, vistiendo ropa cómoda y con esa cabellera negra saludablemente desordenada que Jamin tanto recordaba de su niñez.
Al escuchar los pasos, Junghyuk levantó la mirada oscura e imponente, pero que se suavizó en el milisegundo en que reconoció los ojos avellana del rubio.
— ¡Hey! Vecino —saludó Junghyuk con una calidez tan natural que desarmó por completo a Jamin—. Iba bajando a comprar algo de cenar. ¿Cómo siguen tus brazos? Espero que no te hayas saltado la pomada.
Jamin se congeló a mitad del pasillo, sintiendo un vuelco violento en el pecho. Verlo ahí, tan real, tan cerca y tan ajeno a toda la historia que compartían en el pasado, le generaba una mezcla de felicidad y una punzada de profunda amargura. Junghyuk le hablaba con amabilidad, sí, pero con la distancia de alguien que acaba de conocer a un extraño en su edificio. Jamin se preguntó en silencio qué habría pasado con su alegre amigo de la infancia para que se volviera un hombre tan serio y misterioso.
—Están... están mucho mejor, gracias a ti, Jungkooki —respondió Jamin, bajando la mirada tímidamente y apretando los dedos contra el dobladillo de sus mangas para ocultar las vendas.
—Me alegra escuchar eso, Lim Jamin —el pelinegro sonrió de lado, pronunciando su nombre con una madurez que le erizó la piel—. Si necesitas que vuelva a revisarte los cortes, no dudes en tocar mi puerta, ¿de acuerdo? No dejes que se infecten.
—Lo tendré en cuenta... Gracias —susurró el menor con una reverencia corta.
Junghyuk asintió con la cabeza, le dio una última mirada larga que Jamin no logró descifrar, y caminó hacia el ascensor, dejándolo solo en el pasillo con el aroma a frambuesa de su propio perfume flotando en el aire.
Jamin suspiró, sintiendo que un pedazo de su alma se iba con el pelinegro, y caminó los pocos pasos restantes hacia su infierno personal. Sacó las llaves con manos temblorosas, introdujo el metal en la cerradura y giró el pomo con una lentitud milimétrica, rogando internamente por un milagro.
Al abrir la puerta, el denso y desagradable olor a alcohol puro mezclado con comida rancia le golpeó el rostro, haciéndole arrugar la nariz. Las luces del living estaban apagadas, salvo por la titilante claridad que entraba por el ventanal del pasillo. Jamin contuvo el aliento cuando sus ojos se adaptaron a la penumbra.
Ahí, tirado cuan largo era sobre el sofá, estaba Lim Seungmin. Tenía la boca entreabierta, un brazo colgando hacia el suelo y varias botellas vacías de soju rodando por la alfombra. Un ronquido ronco y pesado rompió el tenso silencio del departamento, confirmando que estaba completamente inconsciente por la borrachera.
El alivio golpeó a Jamin tan fuerte que casi le hizo flaquear las piernas.
Caminó de puntillas, pegando la espalda a la pared opuesta para mantenerse lo más lejos posible del sofá. Cada pequeño crujido del suelo de madera se sentía como una bomba en sus oídos. Ignoró la figura de su padre con una mezcla de asco y terror reprimido, avanzando directo hacia el pasillo del fondo.
Abrió la puerta de su habitación, entró y la cerró detrás de sí con un click casi imperceptible. Solo cuando le echó el pestillo, se permitió soltar el aire que tenía atrapado en los pulmones. Se apoyó contra la madera, dejándose resbalar lentamente hasta el suelo, tal como lo había hecho esa misma mañana.