You Are me, I am You

9

Días antes de que Ko Junghyuk se mudase a Daegu, se reunió por última vez con su menor amigo, Lim Jamin. Su abuela, triste y melancólica, le entregó una pequeña canastilla llena de frutas y pequeños mochis para que compartiese con el rubio esa tarde.

En una semana se realizaría su operación para extraer el tumor cerebral. Él, junto a su abuela y Jinwoo, tendrían que viajar a Seúl y quedarse allí hasta que el pelinegro sea dado de alta. Luego de su completa recuperación, partirían hacia donde comenzaría su nuevo camino, a Daegu. Esa era la parte que más detestaba del plan de su abuela Jenny, tener que mudarse a una nueva ciudad cuando podrían volver a Busan. No lo entendía, y tampoco quería llegar a comprenderlo. Porque el plan de ella conllevaba en ignorar lo que alguna vez fue importante para él y empezar de cero, aprovechando que no recordaría nada por esa operación.

Trató de calmar esa potente rabia que comenzaba a formarse en él. De todas maneras, esa tarde con su amigo tenía que ser excepcional. Muy excepcional.

Cuando ya se aproximaba al parque del vecindario, buscó con la mirada al rubio. Lo divisó a lo lejos, sentado en una de las tantas bancas de madera. La mirada de Jamin se iluminó en el preciso instante en el que vio a Junghyuk acercarse. Corrió a abrazarlo y se colgó en su espalda como un koala. El pelinegro le devolvió el abrazo con la misma intensidad, inhalando el característico aroma a frutilla del acondicionador.

Con cuidado, bajo al rubio de su espalda para luego voltearse completamente a él.

— ¡Vamos a jugar! —dijo Jamin.

—Primero merendemos, Jaminssi—recomendó—. Traje un poco de fruta y esos mochis que tanto te gustan.

El menor asintió, tomando de la muñeca, al contrario, para llevarlo al césped. Ahí, Junghyuk tendió una manta que había estado dentro de la canastilla, luego sacó lo demás. Cuando estuvieron sentados y Jamin comiendo todos los mochis de mango que encontró, el pelinegro aprovechó el silencio para decir lo que tanto le atormentaba.

—En unos días me mudaré a Daegu…

El rubio se atoró en el momento que escuchó las palabras de Junghyuk. Tomó un poco de agua para luego dirigirse hacia el mayor.

— ¿Qué acabas de decir? —musitó—E-Eso no es posible. ¿Por qué te irías si aquí lo tienes todo?

—Esa no es una decisión mía, Jamin—dijo Junghyuk con voz firme, pero una lágrima involuntaria lo traicionó—. A mi abuela no le gusta mucho Busan. Prefiere las ciudades pequeñas y llenas de campos como Daegu.

Mintió.

No pudo decirle la verdad. Decirle que lo olvidaría. El rubio aún era un niño de seis años. No entendería la situación que él atravesaba. No quería verlo llorar más de lo que ya hacía por culpa de su padre.

El silencio reinó después de eso. Jugaron a las escondidas, a las canicas, todos los juegos que realizaban cada tarde. Pero con una gran tención flotando en el ambiente. Y Junghyuk no supo como manejar esa culpa que comenzaba a formarse en su pecho.

Así pasaron las horas, jugando sin cesar, aprovechando al máximo los últimos momentos que pasarían el uno con el otro. Pero pronto anocheció, y el pelinegro tenía que volver a casa. No quería despedirse, decir el “adiós” con una tristeza que le desgarraba el pecho.

—Hagamos una promesa—dijo el mayor—. Por favor…

—Está bien, Jungkooki.

—Prometamos que ninguno se olvidará de otro—dijo mientras entrelazaba su dedo meñique con el rubio—. Que, a pesar de los años, recordaremos al otro con gran anhelo y alegría de que algún día nos volveremos a encontrar.

—Promesa…

Dicho esa, chocaron sus pulgares sin soltar el meñique del otro. Haciendo el característico pincky promise del dúo. Porque Junghyuk enserio no quería olvidar a Jamin. Y, algo desesperado, abrazó al rubio con todas sus fuerzas. Preguntándose si lograría cumplir la promesa, temiendo nunca hacerlo.




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