Lim Jamin despertó horas más tarde por el fuerte olor a miel que provenía desde de la cocina. Con cuidado, el rubio se apoyó en la cabecilla de la cama. Parpadeó un par de veces para darse cuenta de que se encontraba en el departamento de Junghyuk. Recordó con una ligera sonrisa, todo lo que había sucedido la noche anterior y la razón por la que se encontraba allí.
Aún atontado por el sueño, caminó por los pasillos, guiándose por el olor de la miel que inundaba sus fosas nasales. Se encontró con el pelinegro en la cocina; sobre la mesa había dos platos de pancakes bañados en miel y dos vasos de jugo de naranja. Al rubio se le abrió con solo ver tal deliciosa comida.
—Buenos días—musitó mientras se restregaba el ojo. Parecía un niño pequeño.
—Ven, siéntate—dijo el mayor al palmear la silla que estaba a su lado.
Con timidez, el menor se sentó sobre donde Junghyuk le había indicado. Empezó a comer con lentitud, saboreando la miel y lo perfecto que estaban los pancakes.
El mayor no despegaba la vista del rubio.
—Jamin… quisiera preguntarte algo que me ha tenido pensativo—susurró—. Por favor.
—Está bien.
—Y-Yo… —tartamudeó—… es complicado decirlo.
—No te preocupes, puedes preguntarme lo que sea.
Creyó que esas palabras tranquilizarían al pelinegro. Pero no. Fue todo lo contrario. Su expresión se volvió más tensa y sus labios temblaban al hablar.
—Tu yo… ¿Nos conocimos cuando fuimos niños?
La pregunta lo tomó por sorpresa. Abrió la boca ligeramente al escuchar esas palabras. Una sonrisa tímida se formó en su rostro y sus mejillas se tornaron en un rojo intenso. Avergonzado, agachó la cabeza, y sintiendo su corazón latir con fuerza, respondió lo siguiente:
—Sí, tu yo nos conocimos hace dieciséis años, cuando éramos unos niños. Vivíamos en el mismo vecindario, y todas las tardes nos encontrábamos para jugar antes de que te fueras a Daegu.
— ¿Por qué no me lo dijiste antes? —dijo Junghyuk, su voz firme y algo desesperada.
—Pensé que me habías olvidado—musitó con tristeza—. Nosotros hicimos una promesa antes de que te mudaras a Daegu. Prometimos que ninguno olvidaría al otro por más que pasara el tiempo.
Una lágrima rodó por la mejilla del rubio. Esa vulnerabilidad que tanto odiaba tener Jamin, nuevamente lo traicionaba y lo hacía llorar.
—Además, el único que cumplió con esa maldita promesa fui yo. Y cuando volviste a Busan no me reconociste; simplemente no quise abrumarte con el peso del pasado.
Un golpe, duro y certero cayó sobre la mesa. El jugo de naranja que estaba en el vaso se derramo. El pelinegro tenía los nudillos blancos, tenía los puños apretados sobre la madera.
Esos hermosos ojitos que adoraba el menor, ahora no mostraban ningún brillo y solo expresaban un enojo y tristeza inexplicables.
—P-Perdóname, Jamin—dijo el mayor al borde del llanto—Debí recordarte, y no lo hice. Todo este tiempo, fuiste una parte importante de mi pasado y no logró entender por qué el destino tuvo que reencontrarnos. Solo que pasaron tantas cosas que, yo terminé por olvidarte. Y eso me mata por dentro.
El rubio se acercó instintivamente al notar el estado en el que se encontraba Junghyuk. Pero se detuvo en seco al sentir sus manos temblar. Recordó cuando su padre lo golpeaba hasta sangrar, o cuando lo insultaba hasta dejar su autoestima por el suelo. Nadie lo había ayudado, nadie lo había consolado cuando sentía que era mejor dejar este mundo y dejar a todos en paz.
No supo que hacer al ver al pelinegro así. Tan triste. Tan roto.
¿Sería útil un abrazo?
Una caricia en el cabello como lo hacía su madre.
O tal vez simplemente quedarse callado.
Él no podía ofrecerle el consuelo que nunca pudo recibir.
—Vete, por favor—dijo Junghyuk.
El pelinegro lloraba en silencio, apoyado sobre la mesa para que Jamin no lo viera así de vulnerable. Y al verlo así, el rubio no logró evitar sentir culpa, ese sentimiento lo invadió con una rapidez devastadora.
— ¡Vete!... después hablaremos, pero ahora no, por favor.
El menor caminó rápidamente hacia la puerta. Y antes de irse, le hecho una última mirada a aquel chico. Y llegó a la conclusión de que efectivamente, Junghyuk lo había olvidado.