You Are me, I am You

14

El dolor no regresó de golpe; se filtró en su conciencia de manera lenta y despiadada.

Lo primero que Lim Jamin registró al abrir los ojos fue la negrura familiar de su techo y el sabor amargo y metálico de la sangre seca en la comisura de sus labios. Intentó tomar una bocanada profunda de aire para llenar sus pulmones, pero un pinchazo agudo en las costillas le obligó a soltar un gemido ahogado que arañó su garganta. Todo su cuerpo se sentía entumecido y sumamente adolorido, como si hubiera sido aplastado por una tonelada de concreto.

Con un esfuerzo sobrehumano, logró apoyar los codos en el suelo de madera para incorporar el torso. Descubrió que se había quedado inconsciente justo al lado de su cama. Su pijama amarilla a rayas ahora estaba arrugado, manchado de polvo y con ´pequeños rastros de sangre.

Miró a su alrededor a través de la penumbra de su habitación, aguzando el oído. El silencio en el departamento era absoluto, denso y sepulcral. Eso solo podía significar una cosa: Lim Seungmin se había marchado a continuar su miseria en otra parte o la bebida lo había dejado tirado en el sofá. El simple pensamiento del nombre de su padre le provocó un escalofrío de terror reprimido, recordando con horror cómo Seungmin lo había acorralado contra la pared para golpearlo con brutalidad hasta apagar sus pensamientos y dejarlo caer en la inconsciencia.

Apoyando la espalda contra la madera de la cama con movimientos milimétricos, Jamin abrazó sus rodillas con debilidad. Fue entonces cuando la marea de recuerdos cambió de rumbo hacia la cocina del departamento 517.

Visualizó con una claridad dolorosa a Ko Junghyuk. Recordó sus nudillos blancos apretados contra la mesa de madera, el vaso de jugo de naranja derramándose por el impacto y, sobre todo, el llanto silencioso y desgarrador del pelinegro. La imagen de Junghyuk completamente destrozado, escondiendo el rostro mientras admitía al borde del llanto que lo había olvidado, le partió el alma. Recordó el eco de su voz suplicando en un hilo de agonía: «¡Vete!... después hablaremos, pero ahora no, por favor». Jamin sintió que la culpa lo ahogaba; había ido buscando un pedazo de su pasado y solo había logrado romper la estabilidad de la persona que más quería proteger.

Para intentar mitigar esa angustia, su mente buscó un refugio, transportándolo a las horas previas en el departamento de su mejor amigo. Recordó la mirada compasiva de Yongmin. Evocó el momento exacto en que le confesó sus miedos y cómo Yongmin lo observó con una genuina preocupación que desbordaba empatía, ofreciéndole su casa para dormir, comida y un abrazo apretado que intentaba infundirle las fuerzas que a Jamin le faltaban. La calidez de esa mirada compasiva se sentía tan lejana ahora, un contraste doloroso con el frío suelo en el que se encontraba.

Una primera lágrima, caliente y pesada, se deslizó por su mejilla golpeada, escociendo con fuerza sobre la piel herida. Después vino otra, y otra más, hasta que el llanto se volvió completamente incontenible.

Jamin escondió el rostro entre sus brazos doblados y lloró desconsoladamente. Era un llanto silencioso, ahogado, el llanto roto de alguien que se ha acostumbrado a sufrir en la absoluta soledad para no hacer ruido. Lloró por el dolor físico que le partía las costillas, por el cansancio de llevar una vida que se sentía como una condena, pero, por sobre todo, lloró por la desgarradora certeza de sentirse atrapado entre tres realidades distintas: el monstruo de su padre que acababa de destrozarle el cuerpo, el alma rota de Junghyuk que lloraba por un pasado borrado, y el cariño impotente de Yongmin que no alcanzaba para salvarlo de su propio infierno.

Había elegido recibir la peor paliza de su vida con tal de mantener a Junghyuk a salvo del radar de Seungmin, pero el precio de ese sacrificio era quedarse allí, solo en la penumbra, desarmado y con el corazón hecho pedazos.

—Cumplí la promesa, Jungkooki... —susurró Jamin en un hilo de voz apenas audible, usando el viejo apodo de la infancia mientras balanceaba su cuerpo de adelante hacia atrás. —Yo nunca te olvidé.

El aroma residual a frambuesa que aún quedaba impregnado en las mangas de su ropa era el único testimonio real de que la calidez de la noche anterior no había sido un sueño, mientras sus lágrimas seguían empapando sus rodillas en la más profunda y desoladora soledad.




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