El frío del suelo de madera pareció intensificarse, recordándole a Jamin que el dolor no era algo nuevo en su vida. Mientras abrazaba sus piernas, sintiendo el roce áspero de la tela de su pijama sobre las heridas, su mente cansada se desconectó del presente y lo arrastró muchos años atrás, a un recuerdo que compartía exactamente la misma esencia de su miseria actual.
Tenía apenas ocho años. Recordó el olor a tierra mojada del parque de su antiguo barrio y el dolor agudo en su pierna izquierda. Un niño más grande lo había empujado a propósito durante un juego, haciéndolo caer de bruces contra el pavimento. El impacto le había raspado la rodilla por completo, dejando la piel viva, ensangrentada y cubierta de suciedad.
Jamin había llegado a casa temblando, no por la herida, sino por el miedo a la reacción de Lim Seungmin. Y no se equivocó.
Al ver la sangre y el llanto de su hijo, la reacción de su padre no fue buscar un botiquín, sino llenarse de una furia ciega. Lo había tomado bruscamente de los hombros, sacudiéndolo mientras sus ojos inyectados en sangre lo miraban con desprecio.
—¿Quién fue? —le había gritado Seungmin, con la voz ronca retumbando en las paredes de la casa—. ¡Dime el nombre del maldito niño que te hizo esto! ¡Habla de una vez, Jamin!
Pero el pequeño Jamin, incluso a esa corta edad, ya conocía el monstruo que habitaba en su padre. Sabía que si daba un nombre, Seungmin iría a buscar a ese niño o a su familia, desatando una violencia incontrolable. Sabía que cualquiera que entrara en el radar de su padre terminaría siendo arrastrado a su propio infierno. Así que, tragándose el pánico, apretó los dientes y se quedó en silencio, sacudiendo la cabeza una y otra vez.
Ese silencio le costó caro. Furioso por la sumisión de su hijo, Seungmin maldijo con fuerza y levantó la mano, propinándole una bofetada tan fuerte que lo hizo caer al suelo, seguida de varios golpes que marcaron su espalda para siempre. «Si no vas a defenderte ni a darme un nombre, entonces aprenderás a golpes a no ser un débil», le había rugido antes de dejarlo solo en la cocina.
Ese día, tirado en el piso mientras la sangre de su rodilla se mezclaba con las lágrimas de su rostro, Jamin aprendió la lección que regiría el resto de su vida. Aprendió a cargar con la culpa de todo lo malo que le pasaba. Entendió que la única forma de proteger a las personas que le importaban —o incluso a desconocidos— era callar, absorber el castigo y convertirse en un escudo humano. Por eso nunca decía quién le hacía daño, y por eso prefería mil veces que su cuerpo fuera destruido antes que permitir que alguien tocara a quienes amaba.
De vuelta en la penumbra del presente, Jamin soltó un suspiro tembloroso, abriendo los ojos lentamente. La cicatriz de aquella rodilla raspada aún existía, oculta bajo su ropa, pero la cicatriz en su alma era idéntica.
Había hecho exactamente lo mismo con Junghyuk. Había preferido guardar silencio ante Seungmin, aceptando cada puñetazo y cada insulto con tal de que su padre jamás supiera que el pelinegro del 517 era el mismo niño de su infancia, el mismo que ahora intentaba protegerlo.
Limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano herida, Jamin entendió con amargura que su destino siempre había sido ese: sufrir en silencio para mantener la oscuridad encerrada dentro de sus propias cuatro paredes.