La mañana llegó envuelta en una neblina ligera.
Ravenbrook despertaba despacio, como si el pueblo entero se resistiera a abandonar el sueño. Oliver abrió los ojos antes de que sonara el despertador. Durante unos segundos se quedó inmóvil, observando el techo de su habitación, intentando convencerse de que el bosque, el lago y la voz pertenecían únicamente a su mente.
No lo logró del todo.
Se levantó, se vistió y tomó su cuaderno de dibujos antes de bajar a desayunar. El sonido de la radio llenaba la cocina con noticias sin importancia. Su madre revolvía algo en una sartén; su padre leía el periódico.
—Buenos días —dijo Oliver.
—Buenos días, campeón —respondió su padre—. ¿Dormiste mejor?
Oliver dudó.
—Más o menos.
Su madre lo miró con atención.
—Sigues pensando en ese sueño, ¿verdad?
Oliver asintió.
—Volví a soñar con el bosque… y con el lago.
Su madre sonrió con suavidad.
—Oliver, tu imaginación siempre ha sido muy viva. Con Halloween tan cerca, es normal que todo eso se mezcle.
—Además —añadió su padre—, no todos los sueños significan algo.
Oliver bajó la mirada hacia su cuaderno, apoyado junto a su plato.
Él no estaba tan seguro.
El timbre sonó pocos minutos después.
Lucas estaba en la puerta, como siempre, con esa energía que parecía no agotarse nunca. Ethan lo acompañaba, más serio de lo habitual.
—¡Buenos días! —saludó Lucas—. Hoy sí dormí fatal.
—¿Pesadillas? —preguntó Oliver, sin pensarlo.
Lucas negó con la cabeza.
—No, pero seguí buscando mi muñeco y no aparece. Es rarísimo.
Ethan cruzó los brazos.
—Tal vez alguien lo movió.
—O tal vez —dijo Lucas, bajando la voz— no fue alguien.
Oliver sintió un escalofrío.
—¿Otra vez con eso? —murmuró Ethan.
Lucas rió.
—Era broma… creo.
Caminaron hacia la escuela mientras el sol comenzaba a abrirse paso entre la neblina. El bosque, al fondo, parecía más oscuro de lo normal, como si no hubiera despertado aún.
En la escuela, el ambiente estaba más agitado que el día anterior. Nuevas decoraciones habían aparecido durante la noche: una figura de espantapájaros cerca del patio, carteles anunciando la fiesta de Halloween, música suave saliendo de algún parlante en los pasillos.
—Esto se está poniendo serio —comentó Lucas.
Las clases avanzaron sin mayores sobresaltos. Oliver intentó concentrarse, pero cada vez que apoyaba el lápiz sobre el papel, su mano parecía moverse sola. Dibujó árboles. Agua. Sombras.
Y, sin darse cuenta, volvió a dibujar la figura.
Esta vez no la borró.
Durante el recreo, Ethan se acercó a ellos con expresión pensativa.
—Oigan —dijo—, ¿recuerdan a la niña que desapareció el año pasado?
Lucas dejó de masticar.
—Claro que la recuerdo.
—Mi hermana dijo que anoche vio a la policía hablando con el sheriff —continuó Ethan—. Cerca del bosque.
Oliver levantó la cabeza de golpe.
—¿Cuándo?
—No sé. Tarde.
Lucas frunció el ceño.
—Tal vez solo están siendo precavidos por Halloween.
—Tal vez —dijo Ethan—. Pero nunca hacen eso.
El silencio se instaló entre los tres por unos segundos.
Oliver volvió a mirar hacia el bosque, visible a lo lejos desde el patio.
Por un instante, creyó ver un reflejo extraño entre los árboles. Como luz sobre agua.
Parpadeó.
Nada.
Al finalizar las clases, los tres caminaron juntos, pero esta vez ninguno sugirió volver al bosque. El recuerdo del lago seguía fresco, demasiado presente.
—Mañana hay ensayo para la fiesta —dijo Lucas, intentando animar el ambiente—. Seguro será divertido.
—Sí —respondió Ethan—. Supongo.
Se despidieron como siempre, aunque Oliver notó que ninguno de los tres se alejó sin mirar antes hacia los árboles.
Esa noche, Oliver se sentó en su cama con el cuaderno abierto. Observó el dibujo terminado.
El bosque. El lago. La figura.
Cerró el cuaderno con rapidez y apagó la luz.
Cuando el sueño llegó, lo hizo sin aviso.
Oliver volvió a estar frente al lago. La luna se reflejaba con claridad en el agua. Esta vez, no tenía miedo.
La voz habló de nuevo.
—Estás cerca…
Oliver dio un paso adelante.
—¿Cerca de qué? —preguntó.
La figura, al otro lado del lago, se movió.
—De mí.
Oliver despertó sobresaltado, con el corazón acelerado y una certeza inquietante clavada en la mente:
Algo había cambiado.
El bosque ya no solo lo llamaba.
Ahora sabía que él lo estaba escuchando.
Los días siguientes comenzaron a girar en torno a una sola cosa: la fiesta de Halloween de la escuela.
Los pasillos se llenaron de carteles hechos a mano, mesas con telas naranjas y negras, y profesores que caminaban de un lado a otro organizando actividades. En clase de arte, algunos alumnos pintaban calabazas de cartón; en música, ensayaban canciones “temáticas” que nadie se tomaba demasiado en serio.
Oliver observaba todo desde su asiento.
No era invisible, pero tampoco era alguien a quien muchos se acercaran. Algunos compañeros lo miraban de reojo cuando sacaba su cuaderno y empezaba a dibujar, como si no entendieran por qué siempre estaba más interesado en el papel que en las conversaciones. Otros simplemente lo evitaban.
—Ahí va otra vez —susurró una chica a su amiga cuando Oliver pasó por el pasillo, con el cuaderno apretado contra el pecho.
—Siempre dibujando cosas raras —respondió la otra.
Lucas fingía no escuchar y Ethan caminaba un poco más cerca de Oliver, como si su sola presencia fuera una forma de protección silenciosa.
En la cafetería, el ambiente estaba más ruidoso que de costumbre. Las mesas estaban casi llenas y el murmullo constante de voces se mezclaba con risas y el ruido de las bandejas.
Oliver estaba dibujando otra vez.
No el bosque esta vez, sino una calabaza con una expresión extraña, como si estuviera a medio camino entre una sonrisa y un grito. Lucas hablaba sobre disfraces; Ethan escuchaba distraído.
Editado: 03.01.2026