La escuela ya no parecía la misma.
Luces naranjas y moradas colgaban de los pasillos, calabazas de cartón sonreían desde las ventanas y figuras recortadas proyectaban sombras torcidas contra las paredes. El aire olía a dulces, a plástico nuevo y a esa emoción eléctrica que solo aparece cuando algo fuera de lo normal está a punto de ocurrir.
Oliver cruzó la entrada junto a Lucas y Ethan, sintiéndose ligeramente fuera de lugar.
Iba vestido completamente de negro: sudadera oscura, pantalones del mismo tono y una máscara blanca ladeada que cubría solo la mitad de su rostro. No tenía detalles, ni colores, ni adornos. Era simple. Demasiado simple.
Lucas, en cambio, parecía haber esperado toda su vida para ese momento.
Llevaba un disfraz de cazador de monstruos: abrigo largo, botas viejas, guantes sin dedos y un sombrero inclinado con una pluma falsa. Incluso había pintado pequeñas cicatrices en su rostro.
—Dime que no me veo increíble —dijo, girando sobre sí mismo—. Porque mentirías.
Ethan caminaba a su lado vestido de científico loco: bata blanca manchada con pintura verde, lentes grandes y el cabello alborotado a propósito. En su mano llevaba un frasco de plástico con algo burbujeante dentro.
—Te ves ridículo —dijo con total seriedad—. Pero supongo que ese es el punto.
Lucas sonrió, satisfecho.
—¿Y tú? —preguntó de pronto, mirando a Oliver de arriba abajo—. ¿Eso es todo?
Oliver bajó un poco la mirada y se acomodó la máscara.
—No quería algo muy… llamativo.
Lucas lo observó unos segundos, inclinando la cabeza.
—O sea… no está mal —dijo—, pero parece más que olvidaste disfrazarte y te pusiste una máscara para disimular.
—Es minimalista —intervino Ethan—. Aunque sí, es bastante simple.
Oliver se encogió de hombros.
—Me gusta así.
Lucas abrió la boca para responder, pero se detuvo al escuchar la música que empezaba a sonar desde el gimnasio. Una canción animada, con risas y gritos mezclándose en el ruido.
—Bueno, señor misterio —dijo finalmente—. Supongo que alguien tiene que equilibrar tanta grandeza.
Entraron al gimnasio, ahora convertido en el corazón de la fiesta. Telarañas falsas cubrían las esquinas, un enorme esqueleto colgaba del techo y una bola de luces giraba lentamente, pintando a los estudiantes de colores cambiantes.
Oliver avanzó despacio, observando los disfraces: brujas, vampiros, zombis, criaturas imposibles. Todos parecían felices, despreocupados. Por un momento, casi logró sentirse igual.
Pero entonces, sin darse cuenta, sus ojos se desviaron hacia una de las puertas laterales del gimnasio. Desde allí se veía, a lo lejos, la silueta oscura del bosque detrás de la escuela.
Sintió un leve escalofrío recorrerle la espalda.
—Eh —dijo Lucas, dándole un leve codazo—. Esta noche es para divertirse, no para pensar demasiado.
Oliver asintió, aunque no apartó la mirada de inmediato.
La música subió de volumen, las risas se hicieron más fuertes y, entre luces y máscaras, la noche de Halloween apenas comenzaba.
Oliver no supo en qué momento exacto se había separado de Lucas y Ethan.
Primero fue un empujón involuntario, luego una risa demasiado fuerte, después una canción distinta… y de pronto estaba solo, apoyado cerca de la pared del gimnasio, observando cómo las luces giraban sobre los disfraces. Sentía esa presión conocida en el pecho, como si algo lo estuviera esperando fuera de allí.
Entonces la vio.
Al otro lado del salón, entre máscaras y sombras, una silueta que no pertenecía a nadie más. No llevaba un disfraz exagerado ni colores chillones. Era delgada, quieta. Familiar.
El corazón le dio un salto.
—No puede ser… —murmuró.
La figura se movió, deslizándose entre la gente, siempre a una distancia justa para no perderla de vista. Oliver dio un paso, luego otro. La música quedó atrás, amortiguada, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo.
—¿Lily…? —susurró, aunque sabía que no podía oírlo.
La silueta salió por una de las puertas laterales. Oliver dudó apenas un segundo antes de seguirla.
El aire frío de la noche lo golpeó de inmediato. Las luces de la escuela quedaron atrás y, sin darse cuenta, sus pies lo guiaron hacia el sendero que bordeaba el bosque. La figura avanzaba con calma, como si supiera que él la seguiría.
—Oye, espera —dijo en voz baja, acelerando el paso.
Entró al bosque sin pensarlo.
Las ramas crujían bajo sus zapatos, las sombras se alargaban y la música de la fiesta desapareció por completo. Oliver siguió caminando, demasiado concentrado en no perderla de vista como para notar lo profundo que se estaba adentrando.
Hasta que el bosque se abrió ante él.
El lago apareció de pronto, silencioso, inmóvil. La luna llena se reflejaba en su superficie, haciendo que el agua pareciera de plata líquida. Todo era inquietantemente hermoso.
Y allí estaba ella.
Sentada cerca de la orilla, con las piernas recogidas, mirando el reflejo de la luna como si el resto del mundo no existiera. Lily.
Llevaba un vestido blanco que contrastaba con la oscuridad del bosque. La luz lunar la envolvía de tal forma que parecía irreal, casi como si no perteneciera a ese lugar.
Oliver se quedó quieto, sin saber si avanzar o retroceder. El corazón le latía con fuerza.
Dio un paso.
—Lily… —empezó a decir.
—¿Sabes que es un poco perturbador que me estés espiando así? —dijo ella sin girarse del todo, lanzándole una mirada de reojo y una sonrisa ladeada.
Oliver se quedó paralizado.
—Y-yo no estaba… yo pensé que… —balbuceó, sintiendo cómo el calor le subía al rostro—. Perdón, no quería…
Lily se giró finalmente hacia él. Sus ojos celestes brillaban bajo la luna, divertidos.
—Relájate —dijo—. Solo estaba molestando.
Oliver se rascó la nuca, completamente rojo, sin saber dónde poner la mirada.
Editado: 03.01.2026