Lucas no esperó a que salieran del bosque.
Apenas dejaron atrás los primeros árboles y la luz distante de la escuela volvió a filtrarse entre las ramas, se giró de golpe hacia Oliver.
—No existe.
La frase cayó seca, sin rodeos.
Oliver alzó la vista, todavía con el pulso acelerado.
—Lucas…
—No —lo interrumpió—. No existe, Oliver. Cada vez que dices que está contigo, casualmente no hay nadie más viéndola. Nunca.
Ethan caminaba un poco más atrás. No levantó la voz, pero su tono fue aún más pesado.
—Entraste al bosque solo —dijo—. De noche. ¿Sabes lo que podría haber pasado?
Oliver abrió la boca, pero no respondió de inmediato. El sendero crujía bajo sus pies. Cada paso lo alejaba del lago, pero la imagen seguía ahí, pegada detrás de los ojos.
—Estaba ahí —dijo al fin—. Hablamos.
Lucas soltó una risa breve, sin humor.
—Claro. ¿Y justo cuando llegamos se evapora? Vamos, Oliver.
Se pasó una mano por el cabello, inquieto.
—¿Pensaste siquiera en los peligros? —continuó—. Animales, gente rara, que te caigas, que te pierdas…
—O que alguien te esté siguiendo —añadió Ethan, mirando hacia atrás por un segundo.
Oliver sintió un nudo en el estómago.
—No estaba pensando en eso.
—Ese es el problema —respondió Lucas de inmediato—. Nunca piensas en eso.
Salieron completamente del bosque. El gimnasio iluminado apareció frente a ellos, la música volviendo a filtrarse por las puertas abiertas, como si nada hubiera pasado.
Lucas no soltó el tema.
—¿Sabes lo que dirían nuestros padres si supieran que te metiste ahí? —dijo mientras cruzaban el patio—. En serio, Oli, no es gracioso.
—No estaba bromeando —murmuró Oliver.
—Pues parece que sí —replicó Lucas—. Porque nadie más ve a esa chica. Nadie.
Ethan suspiró, ajustándose la máscara.
—Solo… no lo vuelvas a hacer —dijo—. Al menos no solo.
Oliver no respondió.
Entraron de nuevo a la fiesta. Las luces, la música, las risas los envolvieron de golpe. Todo seguía igual.
Oliver miró hacia la puerta por última vez.
Por un instante, creyó ver una sombra blanca entre los árboles.
Luego la música subió…
y la perdió.
La fiesta siguió como si nada.
Las luces giraban sobre el gimnasio, los disfraces chocaban entre risas y la música se colaba por cada rincón. Lucas volvió a ser el de siempre, exagerando pasos de baile que nadie le había pedido y logrando que incluso Ethan soltara una risa breve, casi involuntaria. Oliver los observaba desde un costado, apoyado contra la pared, sosteniendo un vaso de refresco que ya no recordaba haber probado.
Todo parecía normal.
Aun así, cada tanto, Oliver sentía la necesidad de mirar hacia la puerta. Como si algo —o alguien— pudiera aparecer en cualquier momento entre la multitud.
Cuando la música se apagó y los profesores comenzaron a pedir que todos se retiraran, el murmullo general se transformó en despedidas y pasos apresurados. Afuera, el aire nocturno era frío y limpio, cargado con ese olor particular que solo aparecía cerca de Halloween.
Los tres caminaron juntos por la acera, las mochilas colgando de un solo hombro.
Fue entonces cuando lo vieron.
—Eh… ¿ese no es…? —murmuró Lucas, bajando la voz.
El chico caminaba unos metros delante de ellos. Tenía la capucha puesta, las manos en los bolsillos. Cuando se giró, la luz de un farol iluminó su rostro.
—Sí —dijo Ethan—. Es él.
Oliver sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Era uno de los chicos que había desaparecido el Halloween pasado.
—Hola —dijo Lucas, forzando una sonrisa—. ¿Cómo estás?
El chico los miró un segundo antes de responder.
—Bien —contestó—. Supongo.
Caminaron juntos durante un tramo. Nadie sabía muy bien qué decir, así que hablaron de cosas pequeñas: de la fiesta, de los disfraces, del frío que ya se empezaba a sentir por las noches.
Oliver caminaba en silencio, observándolo de reojo.
—Oye… —dijo de pronto, sin pensar demasiado—. ¿Cómo era la otra chica?
El chico se detuvo.
—¿Qué chica?
—La quinta —respondió Oliver—. La que nunca encontraron.
El silencio cayó de golpe.
Lucas dejó de caminar. Ethan frunció el ceño.
El chico los miró uno por uno, confundido.
—¿De qué estás hablando? —preguntó—. Solo fuimos cuatro los que desaparecimos.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
—No… —murmuró Lucas—. Fueron cinco.
—Había una niña —añadió Ethan, más bajo—. Todos lo sabían.
El chico negó con la cabeza.
—No —repitió—. Siempre fuimos cuatro.
Nadie dijo nada más.
Siguieron caminando hasta que cada uno tomó su rumbo. Cuando se despidieron, el chico levantó la mano en un gesto breve y desapareció entre las sombras de la calle.
Oliver llegó a su casa con el pecho apretado.
—Hola, campeón —dijo su padre desde la sala—. ¿La pasaste bien?
—Sí —respondió Oliver, dejando los zapatos junto a la puerta—. Fue divertida.
Su madre le sonrió desde la cocina.
—Me alegro. Ya es tarde, ve a dormir.
Oliver asintió. Subió a su habitación, cerró la puerta con cuidado y esperó. Escuchó los pasos de sus padres apagarse, el sonido del televisor bajar de volumen, el silencio asentarse en la casa.
Cuando estuvo seguro de que todos dormían, abrió la ventana.
El aire nocturno entró de golpe. Oliver salió con cuidado, apoyando los pies en las ramas del árbol que crecía junto a su habitación. Bajó despacio, conteniendo la respiración, hasta tocar el suelo.
No miró atrás.
Caminó hasta la parte más silenciosa del pueblo, donde las casas se volvían escasas y las luces de los faroles parecían más débiles. Se sentó en el borde de la acera, mirando al cielo.
Las palabras del chico le daban vueltas en la cabeza.
Solo fuimos cuatro.
—No tiene sentido —susurró.
Editado: 03.01.2026