El sol entró por la ventana sin pedir permiso, dibujando una franja dorada sobre el techo de la habitación. Oliver no recordaba la última vez que había dormido tanto. Cuando abrió los ojos, el silencio le resultó extraño, como si la casa hubiera contenido la respiración junto a él. No había alarma. No había pasos apresurados en el pasillo. Solo el murmullo lejano de la mañana despertando al pueblo.
Se incorporó despacio. El cuaderno de dibujo descansaba abierto sobre el escritorio, donde lo había dejado la noche anterior. El bosque ocupaba la página: troncos altos, sombras alargadas, un claro que no estaba seguro de haber visto despierto. Pasó los dedos por el papel, siguiendo las líneas como si fueran senderos reales.
—Vacaciones —murmuró, y la palabra le supo nueva.
Abajo, la casa volvió a la vida. El tintinear de platos, el aroma del café, la radio encendida en un volumen bajo. Oliver se vistió sin prisa y bajó las escaleras. Su madre estaba en la cocina, con el cabello recogido de cualquier manera y una sonrisa que parecía más descansada que de costumbre.
—Buenos días, dormilón —dijo sin girarse—. Pensé que ibas a quedarte ahí arriba hasta el mediodía.
—No tenía sueño —respondió Oliver, aunque sabía que no era del todo cierto.
Su padre levantó la vista del periódico y le guiñó un ojo.
—Primer día de vacaciones. Hay que honrarlo como se debe.
El desayuno transcurrió con una calma rara. Hablaron del clima, de la fiesta de Halloween que ya había pasado, de cosas pequeñas. Nadie mencionó el bosque. Nadie mencionó sueños ni voces. Oliver escuchaba más de lo que hablaba, masticando despacio, como si el tiempo se hubiera vuelto espeso.
Cuando terminó, tomó su cuaderno y salió al porche. El aire olía a hojas secas y a humo lejano. La calle estaba tranquila; algunas casas ya lucían calabazas en las ventanas, telarañas de mentira colgando de los cercos. Halloween se acercaba con pasos suaves.
—Oliver.
La voz llegó sin sobresalto, como si siempre hubiera estado ahí.
Lily estaba sentada en el borde del porche, balanceando las piernas. No llevaba el vestido blanco. Vestía ropa sencilla, colores apagados, y aun así parecía fuera de lugar, como una mancha de luz en una fotografía antigua.
—Pensé que hoy no vendrías —dijo ella, inclinando la cabeza—. Los primeros días libres siempre se sienten… vacíos.
Oliver tragó saliva. No se sorprendió de verla, pero algo en su pecho se tensó, una cuerda demasiado estirada.
—No sabía qué hacer —admitió—. Es raro no ir a la escuela.
Lily sonrió, una sonrisa pequeña.
—Te acostumbras.
Se sentaron uno junto al otro. Oliver abrió el cuaderno y empezó a dibujar sin pensar demasiado. Líneas sueltas, sombras, la forma del claro. Lily observaba en silencio, tan quieta que por momentos Oliver olvidaba que estaba ahí.
—Ese árbol —dijo ella de pronto— no es así.
Oliver levantó la mirada.
—¿Cómo?
Lily señaló la página.
—Las ramas. Se inclinan un poco más. Como si pesaran.
Oliver frunció el ceño y corrigió el dibujo. Cuando terminó, el árbol parecía distinto, más real. Demasiado real.
—¿Lo has visto? —preguntó, sin saber por qué.
Lily no respondió de inmediato. Miró hacia la calle, hacia las casas alineadas como si nada pudiera ocurrirles.
—A veces —dijo al fin—. Algunas cosas se ven mejor cuando nadie las mira.
El silencio volvió a instalarse entre ellos, cómodo y extraño a la vez. Desde la esquina, el sonido de una bicicleta acercándose rompió la calma.
—¡Oliver!
Lucas frenó frente al porche, una sonrisa enorme pintada en la cara. Ethan venía detrás, caminando, con las manos en los bolsillos.
—Vacaciones, amigo —anunció Lucas—. Eso significa libertad absoluta. Tenemos planes.
Oliver cerró el cuaderno. Cuando levantó la vista, Lily ya no estaba. Ni una sombra, ni un movimiento. Solo el aire quieto y la madera fría del porche.
—¿Con quién hablabas? —preguntó Ethan, siguiendo su mirada.
—Con… nadie —dijo Oliver, demasiado rápido.
Lucas se encogió de hombros.
—Mejor así. Ven, hay que aprovechar el día antes de que oscurezca.
Oliver se levantó, pero antes de bajar los escalones miró una última vez el lugar vacío. Le pareció sentir, muy lejos, como si alguien lo observara desde el borde del bosque.
Lucas no esperó respuesta. Se dio la vuelta y empezó a caminar calle abajo como si el plan ya estuviera decidido desde hacía semanas. Ethan lo siguió con pasos más medidos, lanzando miradas rápidas a Oliver, como si intentara descifrarle el rostro.
—¿Te quedaste dormido de pie o qué? —bromeó Lucas, girándose mientras caminaba hacia atrás—. Te llamé como tres veces.
—Estaba pensando —dijo Oliver, guardando el cuaderno bajo el brazo.
—Eso es peligroso —respondió Lucas con una sonrisa ladeada—. Especialmente en vacaciones.
Ethan soltó una pequeña risa nasal, apenas audible.
—¿En qué pensabas? —preguntó, sin rodeos.
Oliver dudó. Las palabras se le quedaron atrapadas en la garganta, como si nombrarlas fuera a darles demasiado peso.
—En… nada importante.
Ethan lo miró un segundo más de lo necesario, luego apartó la vista.
—Ajá.
Caminaron por la calle que conocían de memoria. Las mismas casas, los mismos jardines, aunque algo había cambiado. Más decoraciones. Más luces naranjas colgadas de los porches. Un espantapájaros torcido frente a la casa de los Miller parecía observarlos pasar.
—Mi mamá dice que este año el pueblo se pasó con Halloween —comentó Lucas—. Que es como si todos quisieran demostrar que no tienen miedo.
—¿Miedo de qué? —preguntó Oliver.
Lucas se encogió de hombros.
—Ya sabes… de lo que pasó.
Ethan carraspeó.
—No empieces.
—¿Qué? Solo digo. Todo el mundo lo piensa.
El silencio cayó entre los tres. Oliver apretó el cuaderno contra el pecho. El papel crujió suavemente.
Editado: 03.01.2026