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capítulo 9

El pueblo amaneció cubierto por una neblina baja, de esas que no parecen naturales, como si alguien la hubiera extendido a propósito durante la madrugada. Oliver la observó desde la ventana de su habitación mientras se abrochaba la sudadera. Las calles apenas se distinguían, y los postes de luz seguían encendidos aunque ya era de día.

No había dormido bien.

Cada vez que cerraba los ojos, veía el árbol. El claro. La forma en que el bosque se había cerrado detrás de ellos como una boca paciente.

—Oliver, baja a desayunar —llamó su madre desde la cocina—. Ya son casi las diez.

Diez.
Vacaciones.
Antes, esa palabra significaba libertad. Ahora solo significaba más tiempo para pensar.

Bajó las escaleras arrastrando los pies. Su padre estaba sentado a la mesa, leyendo el periódico con el ceño fruncido. No levantó la vista cuando Oliver entró.

—Hoy vuelve a salir la noticia —dijo, golpeando el papel con el dedo—. Otro reportaje sobre los chicos desaparecidos. Otra vez.

Oliver se tensó.

—¿Otra vez? —preguntó su madre—. ¿No habían cerrado ya ese caso?

—Nunca lo cerraron del todo —respondió él—. Solo dejaron de hablar de eso.

Oliver se sirvió jugo. El vaso tembló un poco en su mano.

—Dicen que fue un accidente —continuó su padre—. Que se perdieron en el bosque. Pero nadie se pierde así nada más.

Oliver pensó en Lily.
En lo fácil que se movía entre los árboles.
En cómo parecía conocer atajos que no existían.

—¿Puedo salir un rato? —preguntó, demasiado rápido.

Su madre lo miró con atención.

—¿Salir a dónde?

—A caminar… con los chicos.

No era exactamente una mentira.

—No al bosque —dijo ella, firme—. Oliver, prométeme que no vas a ir al bosque.

El silencio que siguió fue incómodo.

—Lo prometo —mintió.

Más tarde, se encontró con Lucas y los demás en la esquina de siempre. Lucas llevaba una chaqueta abierta y las manos en los bolsillos. Tenía esa expresión que usaba cuando estaba molesto pero no quería decirlo directamente.

—¿Dormiste algo? —le preguntó.

—Lo suficiente.

—Eso no es una respuesta.

Caminaron sin rumbo fijo, bordeando el pueblo. Nadie propuso ir al bosque, pero todos parecían evitar mirar en esa dirección.

—Oye —dijo uno de los chicos—, ¿ustedes recuerdan a la chica?

Oliver se detuvo en seco.

—¿Qué chica?

—La que decían que desapareció con los otros. La quinta.

Lucas frunció el ceño.

—Nunca hubo una quinta.

Oliver sintió que algo se le desprendía por dentro, como una cuerda que se corta.

—Sí la hubo —dijo—. Todos lo sabemos.

—No —respondió Lucas, con una seguridad que le erizó la piel—. Eran cuatro. Siempre fueron cuatro.

Oliver miró a sus amigos uno por uno. Ninguno evitó su mirada. Ninguno dudó.

—Olvídalo —añadió Lucas, bajando la voz—. Ya estás otra vez con eso.

Oliver no dijo nada más. Se despidió poco después y tomó el camino contrario, sin explicar nada.

El bosque lo esperaba.

No con sonidos. No con movimientos.
Con quietud.

Cruzó el límite de los árboles y el aire cambió de inmediato. Más denso. Más frío. Cada paso parecía hundirse un poco más en la tierra.

—Sabía que vendrías.

La voz de Lily surgió detrás de él.

No se sobresaltó.

—Todos dicen que estoy equivocado —dijo Oliver—. Que recuerdo cosas que no pasaron.

Lily apareció entre los árboles, caminando como si el suelo le resultara familiar desde siempre.

—Los recuerdos no mienten —respondió—. Solo se esconden.

—Entonces dime —dijo él, girándose hacia ella—. Dime cuántos eran.

Lily se detuvo frente a él. Por primera vez, no sonreía.

—Éramos cinco.

El bosque suspiró.

Oliver sintió que el mundo encajaba de golpe… y al mismo tiempo, que algo estaba terriblemente mal.

Oliver tragó saliva.

—Entonces… ¿no me estoy inventando cosas? —preguntó en voz baja, como si temiera que el bosque pudiera oírlo.

Lily ladeó la cabeza, observándolo con atención, como si esa pregunta le resultara curiosa.

—¿Inventarte qué? —respondió—. Solo estás pensando demasiado. Eso se te da bien.

El bosque crujía a su alrededor. No había viento, pero las hojas se movían igual, rozándose entre sí con un murmullo constante que ponía la piel de gallina. Oliver se metió las manos en los bolsillos de la sudadera.

—Mis amigos dicen que exagero —dijo—. Que siempre estoy en otro lado… dibujando cosas raras, pensando cosas raras.

—Lucas exagera más —comentó Lily con una sonrisa ladeada—. Y aun así nadie le dice nada.

Eso hizo que Oliver soltara una pequeña risa, breve, nerviosa.

—Supongo.

Caminaron unos pasos más. El sendero se volvía menos claro cuanto más avanzaban, como si el suelo no quisiera ser pisado. Oliver tuvo la sensación de que ya había estado ahí antes, aunque no recordaba cuándo.

—¿Vienes mucho por aquí? —preguntó.

—A veces —respondió Lily—. Cuando quiero estar tranquila.

—¿No te da miedo?

Ella lo miró de reojo.

—¿A ti sí?

Oliver dudó.

—No… —mintió—. Bueno, un poco.

Lily se detuvo. Oliver también. Durante un segundo, solo existieron los sonidos del bosque: ramas lejanas, hojas húmedas, algo que cayó al suelo con un golpe seco.

—El miedo no siempre es malo —dijo ella—. A veces solo significa que estás prestando atención.

Oliver sintió un escalofrío recorrerle la espalda, aunque no supo por qué.

—Mis padres dicen que necesito distraerme más —comentó—. Que deje de pensar tanto.

—Los adultos dicen muchas cosas —respondió Lily—. Casi siempre para convencerse a sí mismos.

Siguieron caminando hasta que, sin darse cuenta, el bosque empezó a abrirse un poco. La luz se filtraba mejor entre los árboles, tiñéndolo todo de un tono dorado apagado.

Oliver frunció el ceño.

—Este lugar… —murmuró—. Se siente raro.



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En el texto hay: terror, suspence, suspense y drama

Editado: 03.01.2026

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