El columpio chirrió con un sonido cansado, como si también estuviera harto de balancearse sin rumbo. Lucas se impulsó una vez más con la punta del zapato y luego dejó que el movimiento muriera solo. Ethan permanecía de pie, rígido, con los brazos cruzados y la mirada fija en el suelo.
Oliver estaba sentado en el borde del arenero. El cuaderno descansaba cerrado sobre sus piernas. No dibujaba. No hacía nada.
—No podemos seguir fingiendo que todo está bien —dijo Ethan.
Lucas dejó escapar una risa corta, sin humor.
—Sí, porque no lo está.
Oliver alzó la vista, lento.
—¿Desde cuándo son ustedes los expertos en normalidad?
—Desde que empezaste a hablarnos de cosas que no encajan —respondió Lucas—. Desde que te vas solo. Desde que te quedas mirando al bosque como si alguien te estuviera esperando.
Oliver apretó los dedos contra la tapa del cuaderno.
—Ella no es "algo que no encaja".
Ethan frunció el ceño.
—Oliver... llevamos días escuchando lo mismo. Lily aparece, Lily desaparece. Lily esto, Lily aquello.
—Porque está ahí —insistió Oliver—. No es tan difícil.
Lucas se levantó del columpio de golpe.
—¡Sí que lo es! —exclamó—. Porque nunca está cuando nosotros estamos. Nunca.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue pesado. Denso. Como si algo invisible se hubiera metido entre ellos.
—Y lo de los cinco —continuó Lucas, más bajo—. Eso fue lo que terminó de asustarnos.
Oliver tragó saliva.
—Eran cinco.
—No —respondió Ethan—. Él dijo cuatro. Y lo dijo mirándote como si no supiera de qué estabas hablando.
Oliver dio un paso atrás.
—Ustedes no recuerdan bien.
—¿Y tú sí? —preguntó Lucas—. ¿Tú recuerdas mejor que todos?
—No estoy loco —dijo Oliver, con la voz temblándole apenas.
Ethan negó despacio.
—No dijimos eso.
—Pero lo están pensando.
Lucas dio un paso al frente antes de que Ethan pudiera decir algo más.
—No puedes ir por ahí inventándote personas —espetó—. No porque te sientas solo. No cuando se supone que nos tienes a nosotros.
Ethan levantó las manos de inmediato.
—Lucas, basta —dijo, intentando bajar el tono—. No es así como—
—¡Sí lo es! —lo interrumpió—. ¿O qué se supone que pensemos? ¿Que de repente apareció una chica que solo él ve? ¿Que siempre se va cuando alguien más llega? ¿Que casualmente aparece en el bosque, de noche, a días de Halloween?
Oliver sintió cómo algo le ardía en el pecho.
—No es una amiga imaginaria —dijo, con la voz tensa—. No lo es.
—Entonces explícalo —respondió Lucas—. Porque desde afuera parece justo eso.
Ethan se acercó un poco más a Oliver, con cautela.
—Solo queremos entenderte —dijo—. Nos preocupa. A los dos.
Oliver apretó los puños.
—Si de verdad fueran mis amigos —dijo, casi temblando—, no estarían hablando de mí como si estuviera roto.
Lucas abrió la boca, pero Oliver no le dio tiempo.
—No estoy loco. No estoy solo. Y no necesito que decidan por mí lo que es real.
Sin decir nada más, se dio la vuelta y echó a andar. No corrió. No miró atrás. Simplemente se fue.
—
El camino a casa se le hizo más largo de lo habitual. Las sombras de los árboles parecían estirarse sobre la acera, y cada farol encendido proyectaba un círculo de luz demasiado pequeño, insuficiente.
—Tienes cara de haber perdido una guerra.
Oliver se detuvo en seco.
Lily estaba sentada sobre la baranda de una cerca, balanceando los pies como si el mundo no pesara nada. La miró, y el nudo en su pecho se aflojó apenas.
—Discutí con Lucas —admitió—. Dice que… —tragó saliva— que solo te estoy imaginando.
Lily inclinó la cabeza, observándolo con atención.
—¿Y tú qué crees?
Oliver bajó la mirada mientras caminaban juntos.
—Yo sé que eres real.
Ella sonrió, suave, sin burla.
—Eso es lo único que importa, ¿no?
Cuando llegaron frente a la casa, el aspersor estaba apagado y la tarde comenzaba a caer. La madre de Oliver estaba agachada junto a las plantas, con las manos húmedas de tierra. Alzó la vista al escucharlos.
—Hola, cariño —dijo—. Llegas temprano hoy.
Oliver sintió un vuelco en el estómago.
—Mamá… —dijo, y señaló a su lado—. Ella es Lily. Es… mi amiga.
Hubo un segundo. Solo uno.
Su madre miró en la dirección que Oliver señalaba. Sus ojos se suavizaron, como cuando intentaba no incomodarlo.
—Mucho gusto —dijo con una sonrisa amable—. Si quieren, pueden pasar a tomar algo.
Oliver sintió cómo el aire volvía a entrarle en los pulmones.
—¿En serio? —preguntó, incapaz de ocultar la emoción.
—Claro —respondió ella—. Hace fresco afuera.
Mientras caminaban hacia la puerta, Oliver no pudo evitar sonreír.
Por primera vez en días, no se sentía solo.
Oliver se sentó frente a Lily en la mesa del comedor. La silla crujió apenas cuando apoyó el cuaderno contra una de las patas, como si necesitara tenerlo cerca para sentirse completo. Lily observaba el lugar con curiosidad tranquila: el reloj redondo sobre la pared, las fotos familiares ligeramente torcidas, la luz cálida que caía desde la lámpara del techo.
Desde la cocina llegaba el sonido de platos y cubiertos.
—Creo que va a servir algo —murmuró Oliver.
Lily se inclinó hacia él, lo suficiente como para que su voz quedara atrapada solo entre los dos.
—Dile que no tengo hambre.
Oliver parpadeó.
—¿No?
—No —repitió ella, sonriendo—. Hoy solo vine a acompañarte.
Cuando su madre apareció con los platos, Oliver habló antes de pensarlo demasiado.
—Mamá… Lily dice que no tiene hambre.
Ella no se detuvo. No preguntó. Solo asintió con naturalidad.
—Está bien —dijo—. Entonces tú come.
Oliver sintió algo parecido a alivio derramarse por su pecho. Un alivio tibio, lento. Se llevó el tenedor a la boca mientras Lily apoyaba el codo en la mesa y lo miraba comer, comentando cualquier cosa sin importancia: que la casa era acogedora, que el reloj hacía un sonido extraño, que le gustaba cómo se veía la luz al atardecer entrando por la ventana.
Editado: 03.01.2026