Oliver despertó antes de que sonara el despertador. No abrió los ojos de inmediato; se quedó escuchando la casa, como si intentara adivinar si algo había cambiado durante la noche. El crujido lejano de una tubería. El viento golpeando suave contra la ventana. Nada más.
Se incorporó despacio y buscó con la mirada el rincón de la habitación.
—¿Lily? —susurró.
No obtuvo respuesta.
No se alarmó. A veces no estaba cuando despertaba. A veces sí. Era parte de lo normal, pensó, aunque esa palabra empezaba a perder significado. Se levantó, se vistió y tomó el cuaderno antes de bajar.
En la cocina, el olor a café llenaba el aire. Su padre leía el periódico con los lentes en la punta de la nariz; su madre estaba de espaldas, cortando fruta con movimientos lentos y precisos.
—Buenos días —dijo Oliver.
—Buenos días, campeón —respondió su padre sin levantar la vista.
Su madre se giró y le sonrió, pero fue una sonrisa distinta a la de la noche anterior. Más medida. Como si hubiera practicado frente al espejo.
—¿Dormiste bien?
—Sí —respondió Oliver, dudando apenas—. Soñé… raro.
—¿Pesadillas? —preguntó ella, sirviendo el desayuno.
Oliver negó con la cabeza.
—No. Solo… cosas.
Se sentó. Empezó a comer. El silencio se estiró demasiado.
—Hoy pensé que podríamos hacer algo diferente —dijo su madre al fin—. Salir un rato. Tal vez dar una vuelta.
—¿Los tres? —preguntó Oliver.
Ella intercambió una mirada rápida con su esposo.
—Tal vez otro día —dijo—. Hoy me gustaría que habláramos tú y yo.
Oliver sintió un pequeño nudo en el estómago.
—¿Hablar de qué?
—De cómo te has estado sintiendo —respondió ella con suavidad—. De todo.
Él bajó la mirada al plato. Empujó la comida con el tenedor.
—Estoy bien.
—Lo sé —dijo ella—. Pero aun así… a veces hablar ayuda.
Oliver no respondió. Terminó de comer en silencio y subió a su habitación antes de que la conversación pudiera tomar forma.
—
El bosque lo recibió con su olor húmedo y familiar. Las hojas crujían bajo sus zapatillas mientras avanzaba por el sendero estrecho. Sabía que no debía ir solo, que Lucas y Ethan probablemente estarían en casa esperando algún mensaje suyo, pero necesitaba aire. Necesitaba verla.
—Sé que estás aquí —dijo en voz baja.
Nada.
Siguió caminando hasta que el lago apareció entre los árboles, quieto, reflejando el cielo gris. Se sentó en la orilla, abrazando las rodillas.
—Ayer fue diferente —murmuró—. Mi mamá te vio.
Esta vez, una risa suave respondió desde atrás.
—¿Estás seguro de eso?
Oliver se giró. Lily estaba apoyada contra el tronco de un árbol, con los brazos cruzados y esa sonrisa que siempre parecía saber algo más.
—Claro que sí —dijo él—. Me habló. Te habló.
Lily inclinó la cabeza.
—¿Y qué dijo exactamente?
Oliver abrió la boca… y se detuvo. Recordó la sonrisa. El “mucho gusto”. El “pueden pasar a tomar algo”.
—Dijo… —tragó saliva— dijo que pasáramos.
Lily caminó hasta él y se sentó a su lado, mirando el lago.
—A veces los adultos dicen cosas para no hacer daño —comentó—. A veces ven lo que quieren ver.
—No —respondió Oliver con firmeza—. No te estoy imaginando.
Ella lo miró entonces. No con burla. No con dulzura. Con algo más difícil de descifrar.
—Nunca dije eso.
El viento agitó la superficie del lago. Oliver sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Te vas a quedar? —preguntó.
Lily sonrió otra vez.
—Siempre lo hago.
Pero cuando Oliver parpadeó, ella ya no estaba.
Solo el bosque.
Solo el lago.
Y una sensación incómoda creciendo, lenta, como una grieta invisible.
Oliver se puso de pie de golpe. El corazón le latía con fuerza, como si su cuerpo hubiera reaccionado antes que su mente.
—Lily… —murmuró.
—Aquí estoy.
La voz volvió a sonar a su lado.
Oliver giró la cabeza. Lily estaba sentada exactamente donde había estado antes, con las piernas dobladas y las manos apoyadas en la hierba húmeda. La miró, desconcertado. Recordaba con claridad el instante en que había desaparecido. Y ahora estaba ahí otra vez, como si nunca se hubiera ido.
Lily no lo miró. Tenía la vista fija en el lago.
—Halloween está cada vez más cerca —dijo de pronto.
Su voz ya no tenía ese tono juguetón de siempre. Era más baja. Más frágil.
Oliver volvió a sentarse despacio.
—¿Y eso qué tiene de malo? —preguntó—. A todos les gusta Halloween.
Ella negó con la cabeza.
—A todos los niños —corrigió—. Yo no soy como ellos.
El reflejo del cielo tembló en la superficie del agua. Lily apretó los labios, como si dudara si seguir hablando. Una lágrima rodó lentamente por su mejilla y cayó, casi imperceptible, sobre la hierba.
Oliver sintió un nudo en la garganta.
—¿Por qué? —preguntó, acercándose un poco más—. ¿Qué pasa ese día?
Lily giró apenas el rostro hacia él. Sonrió, pero la sonrisa no alcanzó a borrar la tristeza de sus ojos.
—No importa —dijo—. Es algo que no se puede evitar.
Metió la mano en el bolsillo del vestido y sacó dos caramelos envueltos en papel brillante, idénticos a los que Oliver le había dado noches atrás.
—Abrámoslos juntos —añadió.
Oliver tomó uno sin pensarlo. Se miraron un segundo, como si compartieran un secreto, y rompieron los envoltorios al mismo tiempo.
Lily miró el suyo primero.
《Me encontraste》
Sus labios se curvaron apenas, como si el mensaje no la sorprendiera en absoluto.
Oliver desplegó el papel del suyo.
Un mensaje genérico. Algo sobre la suerte y los buenos deseos.
—Vaya —dijo, soltando una risa corta—. El tuyo siempre es más raro.
Lily también rió, y por un momento el sonido se mezcló con el murmullo del viento entre los árboles. Se quedaron mirando el lago, en silencio, dejando que la tarde avanzara sin prisa.
Editado: 03.01.2026